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Archive for the ‘14. Ideas y debates’ Category

El investigador británico

KEITH HAYWARD

analiza el papel de los medios en la llamada “inseguridad”

“Lo que se hace es crear miedo

y luego sacar provecho de eso”

Impulsor de la “criminología cultural”, Keith Hayward critica las corrientes teóricas dominantes, que giran en torno de la policía, las cárceles, la vigilancia y las cámaras. Analiza cómo las dinámicas culturales se articulan con las prácticas del delito y su control. Y en ese marco, advierte, los medios juegan un papel fundamental. Las “soluciones” que se importan sin analizar las características de cada caso. El ejemplo paradigmático de las revueltas londinenses y las llamadas “pandillas”.

- Por Natalia Aruguete y Bárbara Schijman 

 

¿De qué se trata la criminología cultural?

–La criminología cultural tiene que ver con cierta sensibilidad, con un estado de ánimo; no se trata de una simple posición teórica. Cómo entender la noción de criminología cultural o cómo abordarla tiene que ver con la posición que uno toma en lo que hace a cuestiones relacionadas con el crimen, el delito, y el castigo, pero también con la situación política –el capitalismo– y, especialmente, el consumismo, la justicia y la moralidad. Creo que gran parte de la criminología de hoy carece de moralidad.

¿En qué sentido?

–En que sólo promueve la justicia criminal. Y creo que el mundo necesita menos de justicia criminal y más de justicia social. Esta idea se contrapone a la organización de formas de justicia penal y a la criminología que las respalda. Se trata de un reto a esas posiciones, que, a menudo, tienen muy poco que ver con la justicia en la forma en que yo la percibo. Es en ese sentido que la criminología cultural se opone a las corrientes teóricas dominantes: la criminología institucional establecida gira en torno de la policía, las cárceles, la vigilancia, las cámaras, el control.

¿Sugiere, entonces, que la distinción entre las nociones dominantes de criminología y la idea de criminología cultural responde a distintas categorías de justicia social?

–Sí, aunque no digo que toda la criminología corriente descarte la justicia, que no se preocupe por ella o que sea inmoral. Creo que el problema es lo limitado de su radio. Por ejemplo, cualquiera puede observar el estado de las cárceles y sostener que es necesario mejorar las condiciones en la prisión. Estoy de acuerdo con la mejora de los regímenes penitenciarios, especialmente en esta parte del mundo, pero la preocupación mayor es estudiar de qué modo promover el cambio social.

Desde una perspectiva teórica, ¿de qué modo se relacionan el crimen y su control, con la representación simbólica y la interpretación cultural?

–En las últimas dos décadas hemos visto lo que podría describirse como criminología sociológica y el surgimiento de estudios enfocados en la justicia criminal. La criminología cultural está muy alineada con las interpretaciones sociológico-culturales del delito. En distintos lugares se capacita a la policía con el propósito de hacerla más eficiente en un sistema que está contento con funcionar en un marco dado por el incremento en la cantidad de cárceles, el aumento de la población carcelaria y un estado policial presente en muchos sitios. Más que criminología, en algunos de mis trabajos describo este cambio como el aumento de la “contrología”.

¿A qué alude el término?

–Que la gente, los sociólogos o criminólogos renuncian a la tarea de buscar las causas que derivan en la ocurrencia de delitos, los fundamentos culturales, sociales y económicos que se esconden detrás de ellos, o aquellas cuestiones que hacen que la delincuencia sea diferente en distintos lugares. La cuestión es tratar de entender las causas del delito en individuos y grupos, y explicar por qué sus niveles son diferentes en diversos lugares, culturas, países y ciudades. Estos son los objetivos originales de la criminología como disciplina. Y creo que en las últimas dos décadas hemos visto que se ha renunciado a ello.

¿Por qué cree que sucede eso?

–Muchos piensan que es demasiado complicado o no están interesados en estas diferencias culturales. Lo que les interesa es controlar el crimen y aceptar el hecho de que tengamos que adjudicar grandes presupuestos para hacer frente a los altos índices de delincuencia, sosteniendo que es parte de vivir en una sociedad capitalista. Esa es la posición oficial, desde la cual se dice: “¿Qué vamos a hacer? No nos vamos a preocupar por las causas del delito o de por qué varía de un lugar a otro. Vamos a controlarlo usando técnicas de vigilancia y prisiones pobladas, ampliando los presupuestos destinados a la prisión, la militarización de la policía, mediante técnicas dirigidas a controlar la situación”. Esta es la razón por la cual marco la distinción entre justicia criminal o penal y criminología. A través de los estudios sobre justicia criminal, podemos observar este aumento en términos de contrología, es decir, el estudio del control.

¿Y en cuanto a la representación simbólica del crimen?

–Creo que la comprensión o la interpretación que la gente tiene de la delincuencia viene dada, en gran medida, por dispositivos culturales simbólicos, historias culturales que se producen en los diarios, aparecen en la televisión e, incluso, en la música. La mayoría de las personas no ha estado nunca dentro de una cárcel, por lo que no tiene idea de cómo es, aunque ahora haya programas de televisión que te llevan dentro de las prisiones, que le dan a la gente una idea sobre cómo es la cosa.

¿Cree que realmente logran “dar a la gente una idea” acerca del sistema carcelario?

–Estos programas son conducidos ideológicamente. Entonces, lo que quieren mostrar es lo peligrosa que es la cárcel o lo deshumanizante de la gente que las habita. Muchos se niegan a escuchar interpretaciones o explicaciones de manos de expertos porque creen que entienden la situación. En el Reino Unido, por lo menos, cantidades de famosos hablan sobre los problemas de la delincuencia, acerca de “volver a instaurar la pena de muerte”. Creen que pueden guiarnos y dar pautas sobre castigos penales. Y esto es muy frustrante. Por lo que uno de nuestros objetivos es desacreditar estereotipos, desafiar esta narrativa mono-ideológica de los medios de comunicación. No es que me interesen sólo los medios, pero la realidad es que los medios son muy importantes, porque cambiar la comprensión de la gente implica atender el modo en que el crimen y su castigo se retratan en los medios de comunicación.

¿Cómo lograrlo?

–Elaborar historias que desafíen la norma y, más importante aún, poner de relieve la hipocresía que existe en los medios de comunicación. El delito vende. Así es que de un lado aparecen estas narrativas que demonizan al delincuente y las percepciones de la derecha, y del otro están los medios que utilizan el delito para vender sus productos.

Algunos autores sostienen que la forma en que los medios cubren estos hechos terminan generando cierto “pánico moral” en la gente.

–La cuestión del pánico moral tiene cuarenta años, es una vieja teoría, pero buena; aún funciona. Cada tanto, cuando surge una nueva droga o alguna cuestión que sorprende, reaparece nuevamente el pánico moral clásico. Yo creo que los medios de comunicación funcionan más sofisticadamente en estos días, hasta el punto en que el pánico moral resulta bueno para los negocios. Así, lo que se hace es crear miedo y luego sacar provecho de eso. Por consiguiente, emergen grandes delitos y se benefician de vuelta del pánico moral en un proceso cíclico al modo de una escalera de caracol que parece hacer referencia a uno y otro constantemente. Hay cientos de reality shows policiales muy populares en televisión que encarnan siempre una misma posición ideológica. Nunca hablan sobre políticas o la situación del delito, sino que se refieren a un particular delito callejero. Entonces, antes teníamos el famoso pánico moral causado por la delincuencia callejera, todavía lo tenemos, pero lo que se estudia ahora es el tipo de miedo que el delito genera en la imaginación.

¿Qué rasgos tiene la lógica narrativa de esos programas de TV?

–Se filma la captura de un individuo, luego estos videos se utilizan como técnicas de promoción para conseguir más fondos para la policía, obtener herramientas de formación y crear nuevos cuerpos policiales. La gente mira programas como SWAT, un show que muestra a una policía altamente militarizada, existente en varias ciudades de los Estados Unidos, y entonces siente el temor que provoca el pánico moral. Luego demanda este tipo de fuerzas policiales militarizadas en su ciudad.

Algunos expertos plantean que el delito y su control son funcionales al sistema político. ¿Cree que la criminología y su abordaje responden a intereses específicos?

–El crimen y el delito se han politizado, sobre todo en el Reino Unido y en los Estados Unidos. Allí –y me imagino que en otras partes del mundo también– pareciera que en tiempos electorales los asuntos relacionados con el delito y el crimen, y su castigo, resurgen con fuerza en las agendas. Aparecen los discursos con frases como “necesitamos más policías”, “tenemos que ser duros”, “hay que implementar nuevas medidas como los ataques en Irak”. La mayoría de estos modelos no ha funcionado, pero se pretende exportarlos a estas partes del mundo. Lo que es sorprendente es que los políticos alegremente importan modelos de sistemas judiciales de lugares donde el sistema de justicia no funciona. Por ejemplo, los disturbios de Londres del año pasado fueron descriptos inicialmente como un problema de pandillas. Por eso, los políticos inmediatamente fueron a los Estados Unidos para buscar a los expertos en bandas norteamericanas y llevarlos a Londres. Pero lo que se hizo en esos lugares empeoró el problema de las pandillas, que se arraigaron en sus culturas como nunca antes. Por tanto, ¿por qué buscar a alguien que sistemáticamente ha fracasado en eliminar el problema en su país y luego tratar de llevarlo al Reino Unido, una cultura sobre la que no sabe nada? Este es el tipo de cosas que surgen en términos de crimen y castigo, nociones absurdas.

¿Cómo cree que deberían encararse esos episodios desde la criminología cultural?

–Se suele tomar la vía más sencilla: “pandillas”, “personas negras marginadas provenientes de zonas pobres causaron los disturbios”. Eso vende votos. Entonces, la criminología cultural trata de poner de relieve este tipo de situaciones y la locura política que las acompaña. Se hacen estas cosas que no siempre han funcionado, aunque es muy difícil hacer otra cosa. ¿Alguien puede imaginar a un político en los Estados Unidos decir: “aquí está mi programa electoral para el problema de la delincuencia: voy a reducir el número de cárceles, voy a tratar de cambiar las clasificaciones de los delitos por drogas? Voy a hacer todo lo contrario del resto”? La historia parece decir que así nadie sería elegido. En este contexto político, el crimen es abordado de una sola manera: ponerse duros y más rígidos, y a los políticos que no lo hacen los matan en las urnas.

¿Usted cree que habría que hacer todo lo contrario?

–Bueno, ¿por qué toman ciertas medidas? Porque quieren ser elegidos para gobernar. ¿Y por qué son elegidos? Porque la gente cree algunas de las historias que se le cuentan. Muchos creen que existe un problema sistemático de pandillas en Londres, y que la persona que están trayendo ayudará a resolver la situación. Lo que tendríamos que hacer es ver por qué la gente cree estas cosas, de dónde viene esta ideología: de historias difundidas por los medios. La criminología cultural se interesa mucho por el modo en que los medios presentan estas historias y por presentar historias alternativas.

¿Qué diría acerca de la relación entre delito, crimen y fanatismo?

–Es una pregunta muy compleja. Una de las cosas que diría es que pensar en la delincuencia o en el crimen como un fenómeno unitario, como un “delito” a secas, es muy problemático. Es el modo en que se lo suele considerar al implementar o pensar prácticas de seguridad. Los criminólogos culturales conciben la delincuencia o el crimen como algo muy complicado. Por tanto, tendemos a mirar la delincuencia desde la fenomenología. Así que cuando me preguntan sobre la relación entre crimen y fanatismo advierto que existen diversos tipos de delitos, en momentos, contextos y lugares particulares. Una de las áreas donde el fanatismo se vincula con distintas formas de delito o crímenes sería en el terrorismo. Pero, incluso allí, el terrorista es demonizado por ser visto como este tipo de fanático monomaníaco.

¿Un modo de cerrar la cuestión y evitar mirar a fondo?

–Sí: “son fanáticos, a otra cosa”. Este es sólo un ejemplo. Desde la criminología cultural se pretende instar a considerar el crimen desde una mirada cultural, en diferentes contextos. Porque la delincuencia o el crimen son diferentes aquí que en Inglaterra. No hay que limitarse a importar modelos de justicia penal del Norte y las técnicas de la criminología positivista, con métodos criminológicos. Es preciso crear técnicas propias, específicas, y atendiendo a lo cultural, aunque eso no significa ignorar el buen trabajo que se ha hecho en otros sitios, como en los Estados Unidos o Europa.

¿De qué modo presentaron los medios de comunicación las protestas sociales en Londres y en otras ciudades del mundo?

–En efecto, hubo muy buenos artículos que trataron de explicar los disturbios, prácticas como el saqueo o los robos, a partir del consumismo; algo con lo que concuerdo y a lo que he dedicado mi trabajo de los últimos diez años. Lamentablemente, a la vez, hubo otros comentarios muy obvios y predecibles. Y creo que lo más predecible y deprimente fue la respuesta política: en lugar de buscar y entablar un debate serio, en lugar de consultar a los expertos en criminología, hablaron de la decadencia moral y el incremento de las pandillas callejeras. Probablemente se podría discutir esto a través de la lente de la decadencia moral, pero no se refirieron a su decadencia moral, la que los políticos exhibieron cuando estuvieron involucrados en delitos por fraude. De este modo, la decadencia moral es utilizada y rotulada sobre grupos marginados, personas de barrios pobres. En esta decadencia moral de la prensa y de los políticos también estuvo involucrada la policía. No creo que las personas a cargo de escribir las historias no supieran todo esto, conocen bien esta decadencia moral, el tema es que la forma en que la presentan siempre alude a “su” decadencia moral, la de esos fanáticos agitadores. Muchos están enojados, frustrados, y la diferencia entre unos y otros es que algunos, al menos, conocen o tienen las vías para expresar sus preocupaciones políticas a través de protestas no violentas o de organizaciones, e incluso algunos tienen cierto entendimiento en medios de comunicación; entonces pueden presentar bien sus sensaciones de la explotación capitalista. En cambio, estos grupos en Londres no tienen esa habilidad, no tienen ese conocimiento político.

¿Por qué señala esa diferencia?

–Muchos de ellos (en Londres) no son capaces de descifrar el modo en que el capitalismo los está explotando porque no cuentan con educación o tienen una mala escolarización. No son capaces de manifestarse si no es a través de la protesta violenta. Lo que resulta interesante es que evidencian sus sentimientos en el mercado, llevándose los artículos que quieren: zapatillas, ropa deportiva, televisores de pantalla plana, etc. A la vez, muchos de los sentimientos que el capitalismo trata de engendrar entre los más jóvenes para hacerlos consumir pueden también utilizarse para explicar por qué provocaron los disturbios. Si se piensa en el consumismo, lo que se requiere en los jóvenes, especialmente, es una demanda constante por tener más, una demanda insaciable. La idea del consumismo está diseñado para que se diga: “lo voy a tener ahora, en realidad no puedo afrontar su costo, pero lo voy a conseguir”. Esta especie de suspensión de la racionalidad normal, las prácticas irracionales, y la excitación consumista y demandante generan excitación y estimulación. En cierto modo, algunos de los rasgos que mostraron los disturbios fueron sentimientos o emociones similares: gente impulsiva, actuando por fuera del proceso de toma de decisiones, sin ser conscientes de que estaban siendo captados por las cámaras. Muchos pueden lidiar con esto y controlar la situación con eficacia. No obstante, algunas personas, y muy a menudo las más pobres dentro la sociedad, reciben la mayoría de los mensajes.

¿Podría ampliar este último aspecto?

–Algunos estudios realizados en los Estados Unidos sugieren que las personas más vulnerables de los barrios más pobres son quienes están más expuestas a los avisos publicitarios, porque están mirando televisión todo el tiempo, no leen libros ni van al colegio, constantemente reciben el bombardeo de mensajes publicitarios. Incluso, los habitantes de algunos barrios pobres de los Estados Unidos ni siquiera pueden firmar o escribir su nombre, aunque conocen marcas muy exclusivas como Prada o Gucci, porque son bombardeados seis horas al día con promociones o publicidades. Son los más expuestos a la lógica que marca la cultura del consumo. No siempre, pero muy a menudo, fueron quienes estuvieron involucrados en los disturbios en Londres; con frecuencia, eso estuvo vinculado con lo que denomino la “mercantilización de la violencia” o el “marketing de la transgresión”. Esa mercantilización de la violencia alude a violar la ley o transgredir. No me sorprende que causaran disturbios y saqueos, sí me habría sorprendido si esos grupos hubieran salido a la calle intentado frenar todo para tener una protesta no violenta. Una de las características de estos disturbios fue su forma líquida: irrumpieron aquí, se movieron allá.

Para finalizar, ¿cómo contrarrestar las historias dominantes que se difunden sobre el crimen y la delincuencia?

–Los argumentos sobre el consumismo y el crimen aparecen en mi primer libro: City Limits: Crime, Consumer Culture and the Urban Experience (Sobre los límites de la ciudad, la delincuencia, la cultura del consumo y la experiencia urbana). Allí detallo el surgimiento de la cultura del consumo y el incremento del delito. Framing Crime: Cultural Criminology and the Image (Sobre la construcción simbólica del crimen y la imagen), otro de mis escritos, proporciona herramientas orientadas a captar la sensibilidad acerca de lo que es la criminología cultural, su posición y su política. Asimismo, trata de transmitir un mensaje metodológico muy simple: si quieren tratar de hacer lo que digo, esto es, desafiar o cuestionar las percepciones que tienen los medios o la política de la delincuencia, una forma de hacerlo es criticar esos mensajes pero también contrarrestarlos, presentando mensajes diferentes.

¿Como cuáles?

–Por ejemplo, documentando la filmación de películas, publicando videos en YouTube con lo que vemos en las protestas. Mientras los medios de comunicación presentan estas protestas de una manera, estas personas tratan de difundir su mensaje de otro modo, para eso utilizan formas de comunicación alternativas. En este libro tomo el caso de una protesta de ciclistas que tuvo lugar en Nueva York hace unos años. En el medio de los reclamos por la recuperación de espacios se dieron fuertes enfrentamientos entre los manifestantes y la policía. Un oficial salió a decir que uno de los ciclistas lo había golpeado. Consecuentemente, arrestaron al ciclista. Pero alguien que filmó el incidente pudo dar cuenta de que había ocurrido lo contrario. Evidentemente, ése fue un ejemplo de cómo invertir el espectáculo de los medios. Hay que asegurarse de contar con las técnicas para presentar las historias, porque si se toma la criminología como disciplina, la voz dominante es en general proporcionada por las técnicas de la metodología criminológica, que son básicamente positivistas: sondeos, encuestas o estudios gubernamentales, que a menudo están erróneamente diseñados y toman el crimen como un paradigma uniforme. En un mundo lleno de imágenes, pleno de ideología y retórica política, deberíamos crear nuestras herramientas para desafiar estas cuestiones.

Fuente: Página 12, 12.03.12

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Carta a los ingleses progresistas

- Por Norberto Alayón *

¿Por qué y para qué escribir una carta a los ingleses progresistas en el marco del recuerdo de los 30 años de la guerra de Malvinas? Si los ingleses, como se dice, fueron y son “piratas” imperialistas que vienen generando severos daños y padecimientos a escala mundial, ¿para qué intentar escribirles a aquellos otros ingleses que tengan valores y prácticas acordes a la vigencia de un mundo más justo? Resulta necesario aclarar –de entrada– lo que es sabido de sobra, pero que suele olvidarse o reducirse a simplificaciones poco felices. Una cosa son los ciudadanos, los pueblos, y otra los gobiernos coyunturales que, con concepciones diversas y en ocasiones opuestas, representan a sus países. ¿Todos los ingleses son la misma cosa? ¿Todos piensan y actúan igual? ¿Todos los argentinos son la misma cosa? ¿Todos piensan y actúan igual? David Cameron es inglés, Eric Hobsbawm también. Mauricio Macri es argentino, Cristina Kirchner también es argentina. Jorge Rafael Videla es argentino, Adolfo Pérez Esquivel también. El Che Guevara era argentino, Bartolomé Mitre también. Margaret Thatcher es inglesa, Estela Carlotto es argentina. William Shakespeare era inglés, Jorge Luis Borges era argentino. Osvaldo Bayer es argentino, Anthony Giddens es inglés. John Lennon era inglés, Luis Alberto Spinetta era argentino. A la vez, en Argentina siempre hubo y hay argentinos “pro ingleses”.

Como se puede observar, nada es lineal ni está exento de complejidades y contradicciones. Y los gobiernos de un mismo país, ¿son siempre lo mismo? La Gran Bretaña de Thatcher ¿fue igual a la de Tony Blair? La Argentina de Galtieri ¿fue igual a la de Néstor Kirchner? El Chile de Pinochet ¿fue igual al de Bachelet y aún de Piñera? El Perú de Fujimori ¿fue igual al de Humala? El Brasil de Collor ¿fue igual al de Lula? El Uruguay de Sanguinetti ¿fue igual al de Mujica? El Paraguay de Stroessner ¿fue igual al de Lugo? La Cuba de Batista ¿fue igual a la de Castro? La Nicaragua de Somoza ¿fue igual a la de Ortega? Ni los gobiernos ni los ciudadanos de los respectivos países son todos iguales, ni piensan todos igual. Cada cual representa y porta concepciones no idénticas que es necesario develar y caracterizar con más precisión que las que provienen del mero sentido común y de los reduccionismos más subjetivos. Entonces, convendría acordar en que no todos los ingleses son “malos” y que no todos los argentinos son “buenos”. Si se nos disculpa acudir a cierta simplificación (aun a riesgo seguro de emplear conceptualizaciones muy generales), hablemos a grandes rasgos de “conservadores” y de “progresistas”.

Hay en Inglaterra, por supuesto, conservadores y progresistas. Hay en Argentina, por supuesto, conservadores y progresistas. Pero acontece que hay temas, como la dominación colonial de Malvinas, que entrecruzan complejamente los posicionamientos de conservadores y progresistas. Hay, en Argentina, conservadores que están a favor de la causa nacional de Malvinas; y hay, en Argentina, progresistas que están indiferentes y hasta en contra de la causa Malvinas. En este caso, ¿los conservadores se vuelven progresistas y los progresistas se vuelven conservadores? Cabe recordar también que es improbable que alguien llegue a ser absolutamente progresista en todos los órdenes de la vida o –a la inversa– absolutamente conservador en todos los asuntos. Los cruces suelen ser asombrosos.

Pero, entonces, ¿por qué los ingleses tienen fama de imperialistas? Bueno, la historia real y concreta no admitiría desmentidas: Irlanda, Escocia, Gales, India, Hong Kong, Gibraltar, Malvinas, Nueva Amsterdam (Nueva York), Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Samoa, Jamaica, Trinidad y Tobago, Bermudas, Granada, Bahamas (Guyana), Barbados, Guyana Británica, Honduras Británica (Belice), Chipre, Malta, Ceilán (Sri Lanka), Birmania (Myanmar), Nepal, Qatar, Singapur, Egipto, Sudán, El Cabo, Sudán, Sudáfrica, Rhodesia, Ghana, Nigeria, Uganda, Kenia, Sierra Leona, Gambia, entre tantos otros, soportaron y padecieron su presencia colonial. Aun en este siglo XXI, de los 16 enclaves coloniales supervivientes, 10 pertenecen a Gran Bretaña. Y encima Inglaterra (más precisamente sus sectores dominantes) se erigió, en su momento, en la “madre patria” de los estadounidenses, cuyo poderoso país se convirtió en la más oprobiosa e inhumana experiencia de dominación mundial. El espíritu permanentemente guerrero e invasor de Inglaterra también fue heredado por EE.UU., que lo desplegó y sigue desplegando a límites inimaginables. Algunos hijos, a veces, salen igual o peor que sus padres.

En Argentina, la influencia e intervención de Inglaterra ha sido nefasta, para decirlo suavemente y hasta con cierta forzada insensibilidad, para no obnubilar el análisis. Las Invasiones Inglesas en 1806 y 1807; el “empréstito” de Baring Brothers en 1824; la invasión a Malvinas en 1833 y la expulsión de sus habitantes; la batalla de la Vuelta de Obligado en 1845 (ahí también con los franceses, que no deberían olvidarse de Indochina, Argelia, etc.); la inducción y el soporte a la fratricida guerra contra Paraguay entre 1865 y 1870; la explotación devastadora de La Forestal del quebracho chaqueño, santafesino y santiagueño; los ferrocarriles; los frigoríficos; el hundimiento del crucero General Belgrano (fuera de la zona de exclusión) en 1982, en el preciso momento en que la propuesta de paz del presidente peruano Fernando Belaúnde Terry estaba avanzada; el arrogante y provocador incumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas. ¡La pérfida Albion no se privó de nada con la Argentina! Y para sus “éxitos” y consecuente desgracia argentina, también hay que recordar que contó con el apoyo y acompañamiento de muchos argentinos (gobernantes, empresarios, militares, académicos, escritores).

Para los argentinos, preocupados por el pasado, el presente y el futuro de su país y particularmente por la defensa del legítimo derecho al pleno bienestar de sus connacionales, resulta muy difícil contener la indignación, la exasperación y hasta los calificativos al analizar el vil comportamiento que siempre tuvo Inglaterra para con nuestro país.

Las riquezas que Inglaterra expolió del mundo entero son incalculables y garantizaron, a la par de su esplendor económico y desarrollo como potencia, la lubricación y el atenuamiento de las luchas y reivindicaciones de los propios trabajadores ingleses. Los ingleses, conservadores o progresistas, debieran reconocer, con autenticidad, que fueron y son tributarios de las exacciones que sus gobiernos imperiales aplicaron, a sangre, fuego y diplomacia, en todo el mundo. Y que aún hoy, en 2012, se obstinan impúdicamente en perpetuar.

Para los argentinos es un deshonor y una herida abierta recordar, por ejemplo, la participación de nuestro país en la guerra de la Triple Alianza que destruyó al Paraguay, o la intervención de militares argentinos (a pedido de EE.UU.) persiguiendo y asesinando en Nicaragua a ciudadanos de ese país de Centroamérica. Simétricamente, entendemos que debe ser muy penoso para la gran cantidad de ingleses progresistas sobrellevar las impropias acciones de su país.

En la guerra de 1982 murieron 649 argentinos y 255 británicos. Conviene reparar en que los imperios cuanto más se degradan y se desprestigian mundialmente, más peligrosos se pueden volver. Británicos bien nacidos y argentinos bien nacidos debiéramos estar muy atentos y alertas al respecto. Argentina ya se desembarazó de la genocida dictadura cívico-militar y está correctamente apelando y accionando en la perspectiva del diálogo y la resolución pacífica del conflicto.

Tenemos con ustedes, los ingleses, una gran causa colectiva para compartir y luchar denodadamente: nada más y nada menos que la construcción de un mundo más justo e igualitario. Ninguna ingenuidad o claudicación nos invade. Esta carta simplemente aspira a propiciar y compartir la reflexión con los ingleses progresistas (que son muchos), ajenos a la perseverancia de históricos comportamientos imperiales. Cameron y Thatcher, por ejemplo, no son destinatarios de esta carta. Ni tampoco dudamos (y lo reafirmamos con cabal convicción y sinceridad) acerca del legítimo e imprescriptible derecho de soberanía que nos asiste a los argentinos sobre las islas Malvinas. Soberanía sobre nuestras tierras, soberanía sobre nuestros mares, soberanía sobre nuestras riquezas, en pos de garantizar la seguridad y el bienestar de nuestro pueblo.

* Profesor titular, Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

Fuente: Página 12, 21.02.12

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DOS OPINIONES SOBRE LA CUESTION MALVINAS

El pueblo, la nación y las islas

Soberanías

Por María Pía López *

La Presidenta anunció la presentación de denuncias contra el persistente colonialismo británico sobre las Islas Malvinas. En los mismos días, convocó a un debate serio sobre la minería. No muy lejos estaban las declaraciones justamente airadas respecto del modo en que una empresa de origen español descuida las reservas petrolíferas con el objetivo de girar remesas eludiendo las urgentes inversiones productivas. Hechos discursivos, todos ellos fundamentales y relevantes en su enlace, que se despliegan coexistiendo con otro tipo de hechos: la militarización del Atlántico Sur encarada por Gran Bretaña; la represión de los cortes contra la minería en Catamarca. Es decir, los discursos se dirimen en una escena abonada por sucesos ligados a la violencia. Pruebas de fuego para los gobiernos populares, que deben refundar su legitimidad permanentemente en el ejercicio de una vasta conversación que se hace de conflictos, tensiones, discusiones y acuerdos. Nunca –salvo propicios y escasos momentos– de consensos unánimes. Por eso, las destrezas no deberían dedicarse tanto a la búsqueda de estas efímeras unanimidades –que conocimos en días de fiesta o de combate contra un enemigo exterior– como a la composición democrática de lo heterogéneo.

Fui entusiasta niña frente a la imagen televisiva de un general que gesticulaba entusiasmos patrióticos ante una plaza que aclamaba. También sentí mi fervor. Hasta la cachetada materna que advertía que ese hecho no podía festejarse bajo ninguna perspectiva. Otros vieron allí el resurgir de causas antiimperialistas. Los más, la continuidad de un nacionalismo de bandera y canto colectivo. Cuando León Rozitchner, exiliado en Venezuela discute toda ilusión sobre Malvinas, lo hace reponiendo otra idea de nación: nación de cuerpos (muchos de ellos sufrientes en los campos de concentración; millones padeciendo la exclusión social), de materias expropiadas, de tierras acopiadas. Los militares, agentes de esa destrucción del pueblo argentino –de sus potencias políticas, de sus horizontes emancipatorios, de las riquezas comunes–, no pueden ser agentes de una recuperación soberana. Porque, ¿sobre qué fuerzas reales se asienta la disputa por la soberanía? Ahora la situación es opuesta a aquélla: el Gobierno no está empeñado en una contienda bélica disparatada y asienta su denuncia en los foros internacionales en una reiterada legitimidad democrática. Contra el absurdo ilegítimo del momento anterior, la Argentina actual está en condiciones de reclamar la soberanía sobre ese territorio y ese reclamo se sustenta sobre las instituciones electorales.

La pregunta de León, sin embargo, sigue resonando: cómo se liga la nación a la tierra, ya que una nación no es una mera existencia territorial, sino un cierto conjunto de derechos respecto de los modos de habitar y usar ese territorio. Una nación tampoco es una mera unidad lingüística porque se sabe que esto que llamamos Argentina implica la coincidencia de lenguas diversas y que es en el respeto de ellas –y de los derechos de sus hablantes– que se despliega una idea de nación bien distinta a los modos de la brusca y disciplinaria homogeneización que procuraba el Estado a principios del siglo XX. Tampoco es sólo el fervor colectivo y el reconocimiento mutuo, porque eso siempre es atravesado por variadas formas del desprecio y el conflicto. Nuestra época es menos la de una unidad dada de antemano que la resultante de nuevos acuerdos.

Necesitamos una idea de nación a la altura de esta época política, una idea de nación que no requiera enlaces forzados entre acontecimientos del pasado, porque su existencia es tan potente que se da su propia mitología. En los festejos del Bicentenario algo así se avizoraba, porque se rememoraban un conjunto de hechos, textura de la memoria colectiva, pero encadenados con el recuerdo dolido de las situaciones irredentas. Entre ellas, estaba Malvinas. Pero también los pueblos originarios y la incesante marcha de las Madres bajo la lluvia de la injusticia. Necesitamos una idea de nación no territorial para sostener el reclamo por el territorio de las islas. Pero una idea tal implica afirmar de modos distintos la soberanía sobre el subsuelo y los socavones, sobre las tierras cultivables y las que están en disputa, sobre los hechos coloniales constitutivos de la nación –la sumisión de los pueblos indígenas– y sobre los que el país padece.

Desde una noción material de la nación –insisto, la que involucra los cuerpos y las tierras, las palabras y las riquezas– es tan denunciable la ocupación colonial de las Malvinas como la expropiación mercantil de las reservas petroleras y la desidia con la que algunas empresas tratan la explotación de un territorio al que ven sólo como superficie extractiva. Petroleras y mineras tienen mucho sobre lo que dar cuenta ante una discusión efectivamente soberana, porque soberanía no puede ser algo que se omite ante relativas regalías.

Y esa soberanía –obligación con el presente, con los muertos y sacrificados, y con las generaciones futuras– es de origen popular. No proviene de un pueblo meramente enunciado sino de su abigarrada composición actual. Pueblo de múltiples rostros e intereses contradictorios. Pueblo en los que hay mineros que defienden sus condiciones de trabajo, empleados petroleros con salarios relevantes, pobladores que no quieren ver convertidas sus ciudades en zonas de sacrificio, militantes que actúan en nombre de sus conciencias y creencias. Pueblo cuya enunciación como tal requiere un fenomenal y arduo trabajo de concordancia o por lo menos de explicitación de los debates en curso.

Néstor Perlongher pensó la guerra por Malvinas como la lucha por unos desiertos. Para pensar las islas de otro modo –y no como base abstracta, zona, lugar a tomar, territorio a sumar– hay que partir de una idea de tierra que implique esta soberanía popular. O sea, una tierra de riquezas y habitada. Desplazar la idea de soberanía territorial hacia el problema de la capacidad de un pueblo de ejercer la soberanía nacional: tomar decisiones, someter a la discusión democrática, hacer visibles las heterogeneidades necesarias. Es bien posible hacer esto en Argentina: se hizo en los largos foros de conversación y confrontación que constituyeron el contenido de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual; se hizo, de otro modo, en el reconocimiento de la diferencia que resultó en la ley de matrimonio igualitario; puede llevarse adelante respecto de estos temas que tratan los fundamentos mismos de la nación.

* Socióloga, docente UBA, ensayista.

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Defensa nacional

y progresismo

Por Jorge Battaglino *

La política de defensa nacional ha sido el centro de un renovado y necesario debate público a raíz del aumento de la tensión diplomática con el Reino Unido. Sin dudas, la militarización del Atlántico sur, evidenciada por el innecesario y desproporcionado envío de un destructor de última generación británico, fue uno de los factores que han favorecido el regreso de tal discusión. Las posturas han oscilado entre aquellos que sostienen que la Argentina no debería adoptar decisión alguna en el plano militar, los que consideran que es necesario fortalecer la defensa nacional y los que proponen el mismo camino que la Argentina critica: el de la militarización del conflicto. Una primera digresión: valorizar la defensa nacional no es lo mismo que asumir una postura militarista, que siempre refleja en lo esencial la impotencia de la política, su fracaso. En este sentido, la estrategia de la Argentina respecto de Malvinas debería incorporar la dimensión de la defensa a su política de recuperación pacífica de las islas.

Esta incorporación no es una tarea sencilla. La Argentina, desde 1983, es un caso atípico a nivel mundial por el marcado desinterés que han exhibido sus políticos y su sociedad hacia los temas de defensa. Existen razones de peso que explican esta particular conducta: las masivas violaciones a los derechos humanos cometidas por la última dictadura militar y su fracaso generalizado en los planos económico, político y militar condujeron a un profundo y persistente divorcio entre la sociedad y las fuerzas armadas. Así, la cultura política predominante se ha caracterizado por un generalizado rechazo a todo aquello que pudiera relacionarse con “el mundo militar” y lógicamente la defensa no ha estado exenta de ello. Ciertamente, el escaso interés social por la defensa no ha sido el mejor escenario para que los políticos se interesen por estos temas.

A pesar de este fuerte condicionamiento social, se ha producido un relanzamiento de la agenda de la defensa. Cabe mencionar que el presupuesto militar se ha incrementado de 2 mil millones de dólares en 2003 a 5 mil millones en 2012. Asimismo, se ha reiniciado la producción de documentos oficiales sobre el tema, con el reinicio del Ciclo de Planeamiento de la Defensa. Por otra parte, se está reconstruyendo la industria militar con medidas como la nacionalización de la Fábrica Militar de Aviones y de astilleros, entre otras. Además, se están llevando a cabo distintos programas de modernización de equipamiento y de desarrollo de tecnologías de avanzada en las áreas de radares, satélites, misiles y cohetes.

La política implementada en los últimos años presenta rasgos de lo que podríamos definir como un “modelo progresista de la defensa”. Claro que hablar de progresismo y defensa parece una contradicción en sí mismo, discutir sobre estos temas desde las ciencias sociales puede representar para cualquier académico la posibilidad de recibir, en el mejor de los casos, el mote de militarista (que en algunas situaciones estaría plenamente justificado). Sin embargo, es tiempo de reconciliar a la defensa con el ideario progresista, de dar sentido a las medidas adoptadas y de proponer su consolidación y profundización.

Un modelo progresista de la defensa aspira a: 1) contribuir al fortalecimiento de la democracia; b) promover la reducción de la desigualdad social; c) favorecer la reducción de asimetrías entre los Estados en el sistema internacional; y d) proveer una efectiva defensa nacional basada en una postura defensiva y de proyección de la paz.

En los últimos años la Argentina ha implementado distintas medidas que apuntan en esa dirección. Sin lugar a dudas, la calidad de las relaciones civiles militares es el aspecto decisivo, lo que define con mayor precisión a un modelo de este tipo. Una agenda progresista no podría ser definida como tal sin un sólido y efectivo control civil democrático de las fuerzas armadas, algo que la Argentina ha logrado con creces. Por otra parte, la reconstrucción de la industria de defensa ha permitido reeditar de manera incipiente el vínculo entre desarrollo y bienestar social, gracias a la creación de empleos de alta remuneración y por los eslabonamientos que genera. Asimismo, el apoyo gubernamental al desarrollo de tecnología militar avanzada contribuye a la reducción de asimetrías globales. El aspecto donde persisten aún importantes debilidades es el de la incorporación de capacidades que permitan el efectivo control del espacio terrestre, marítimo y aéreo mediante una postura defensiva y disuasiva que permita proteger nuestros recursos naturales.

La estrategia de recuperación pacífica de las islas Malvinas debe contemplar la incorporación de la dimensión de la defensa. Para ello, son necesarias la consolidación, la profundización y la divulgación del modelo progresista, que no sólo representa el mejor antídoto frente al militarismo, sino que también favorece la reconciliación de la sociedad con la defensa nacional.

* Investigador del Conicet, Universidad Torcuato Di Tella.

Fuente: Página 12, 20.02.12

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Río+20 y la Cumbre de los Pueblos

 

 – Por Boaventura de Sousa Santos *
El modo en que los grandes medios de comunicación trataron dos acontecimientos de las últimas semanas –el Foro Económico Mundial de Davos y el Foro Social Temático de Porto Alegre– es revelador de los intereses que hoy controlan a la opinión pública mundial. El primero mereció atención, pese a que nada nuevo se discutió allí: sólo análisis gastados sobre la crisis europea y la misma insistencia en rumiar sobre los síntomas de la crisis, ocultando sus verdaderas causas. El segundo fue completamente omitido, pese a que se discutieron los problemas que condicionan en forma decisiva nuestro futuro: el cambio climático; el acceso al agua; la calidad y la cantidad de los alimentos disponibles ante las plagas del hambre y la desnutrición; la justicia ambiental; los bienes comunes de la humanidad y la validez de los conocimientos populares, no eurocéntricos, en la búsqueda de justicia ambiental. La selectividad de los medios muestra con claridad los riesgos que corremos cuando la opinión pública se reduce a la opinión que se publica.

El Foro de Porto Alegre se propuso discutir Río+20, es decir, la Conferencia de la ONU sobre desarrollo sustentable que se realizará en junio en Río de Janeiro, veinte años después de la primera Conferencia de la ONU sobre el tema, también realizada en Río, una conferencia pionera en alertar sobre los problemas ambientales que enfrentamos y sobre las nuevas dimensiones de injusticia social que acarrean. Los debates tuvieron dos vertientes principales. Por un lado, el análisis crítico de los últimos veinte años y de los documentos preparatorios de la conferencia. Por otro lado, la discusión de las propuestas que se presentarán en la Cumbre de los Pueblos, una conferencia de organizaciones de la sociedad civil que se realiza en paralelo a la Conferencia Intergubernamental de la ONU.

- Río+20: las críticas. Hace veinte años, la ONU tuvo un rol importante al alertar sobre los peligros que corre la vida humana y no humana si el mito del crecimiento económico indefinido continúa dominando las políticas económicas y si el consumismo irresponsable no es controlado: el planeta es finito, los ciclos vitales de reposición de los recursos naturales están siendo destruidos y la naturaleza “se vengará” con cambios climáticos que pronto serán irreversibles y afectarán de modo especial a los más pobres, añadiendo nuevas dimensiones de injusticia social a las muchas que ya existen. Los Estados parecieron tomar nota de estas advertencias y se realizaron muchas promesas bajo la forma de convenios y protocolos. Las multinacionales, grandes agentes de la degradación ambiental, parecían haber quedado bajo vigilancia.

Lamentablemente, ese momento de reflexión y esperanza pronto se desvaneció. El resultado se refleja en los documentos preparados por la ONU para la Conferencia Río+20. Allí se recopila información importante sobre las innovaciones en cuidado ambiental, pero las propuestas que se formulan –resumidas en el concepto de “economía verde”— son escandalosamente ineficaces y hasta contraproducentes: convencer a los mercados (siempre libres, sin restricciones) sobre las oportunidades de lucro que ofrece invertir en el medio ambiente, calculando los costos ambientales (externalidades) y atribuyendo valor mercantil a la naturaleza. En el mundo de fantasía donde se mueven estos documentos, las “fallas del mercado” se deben sólo a la falta de información y, una vez que sea superada, no faltarán inversiones e innovaciones “verdes”. Es decir, no hay otra manera de relacionarnos entre los seres humanos y con la naturaleza que no sea a través del mercado y la búsqueda del lucro individual. Una orgía neoliberal que, partiendo del Norte, ahora parece propagarse a los países emergentes.

- Cumbre de los Pueblos: las propuestas. Paralelamente a la Conferencia de la ONU, la sociedad civil organiza en Río la Cumbre de los Pueblos y es ahí donde podemos depositar alguna esperanza. Los debates preparatorios en Porto Alegre permitieron vislumbrar las líneas fuertes de las alternativas que se presentarán y sobre las que habrá que presionar para que entren en las agendas políticas nacionales e internacionales.

Primero, la centralidad y la defensa de los bienes comunes de la humanidad como respuesta a la mercantilización, privatización y financierización de la vida, implícita en el concepto de “economía verde”. Los bienes comunes de la humanidad son bienes producidos por la naturaleza o por los grupos humanos, a nivel local, nacional o global, que deben ser de propiedad colectiva, a diferencia de lo privado y lo público (estatal), aunque le compete al Estado cooperar en la protección de los bienes comunes. La primera mujer en ganar el Premio Nobel de Economía, Elinor Ostrom, ha dedicado toda su obra al análisis de la diversidad de medios de gestión de los bienes comunes, siempre salvaguardando el principio de que el derecho a estos bienes es igual para todos. Los bienes comunes son el contrapunto del desarrollo capitalista y no sólo su anexo, como ocurre con el concepto de “sustentabilidad”. Y más allá del uso individual de los bienes comunes, teorizado por Ostrom, hay que tener en cuenta los usos colectivos de las comunidades indígenas y campesinas. Entre los bienes comunes están el aire y la atmósfera, el agua, los acuíferos, ríos, océanos, lagos, las tierras comunales o ancestrales, las semillas, la biodiversidad, los parques y las plazas, el lenguaje, el paisaje, la memoria, el conocimiento, el calendario, Internet, HTML, los productos distribuidos con licencia libre, Wikipedia, la información genética, las zonas digitales libres, etc. Los bienes comunes presuponen derechos comunes y derechos individuales de uso temporal. Algunos de estos bienes pueden exigir o tolerar algunas restricciones al uso común e igualitario, pero deben ser excepcionales y también temporales. El agua comienza a ser vista como el bien común por excelencia, y las luchas contra su privatización en varios países son las que han tenido más éxito, sobre todo cuando se combinan luchas campesinas con luchas urbanas.

Segundo, el pasaje gradual de una civilización antropocéntrica a una civilización biocéntrica, lo que implica reconocer los derechos de la naturaleza; redefinir el buen vivir y la prosperidad de modo que no dependan del crecimiento infinito; promover energías verdaderamente renovables (no incluyen a los agrocombustibles) que no impliquen el desalojo de campesinos e indígenas de sus territorios; diseñar políticas de transición para los países cuyos presupuestos dependen excesivamente de la extracción de materias primas, ya sean minerales, petróleo o productos agrícolas de monocultivo, con precios controlados por las grandes empresas monopólicas del Norte.

Tercero, defender la soberanía alimentaria, el principio de que, en la medida de lo posible, cada comunidad debe tener control sobre los bienes alimentarios que produce y consume, acercando a consumidores y productores, defendiendo la agricultura campesina, promoviendo la agricultura urbana, de tiempos libres, prohibiendo la especulación financiera con productos alimentarios. La soberanía alimentaria, junto con la idea de los bienes comunes, exige la prohibición de la compra masiva de tierras (sobre todo en Africa) por parte de países extranjeros (China, Japón, Arabia Saudita, Kuwait) o multinacionales (el proyecto de la surcoreana Daewoo de comprar 1,3 millón de hectáreas en Madagascar), en busca de reservas alimentarias.

Cuarto, un vasto programa de consumo responsable que incluya una nueva ética del cuidado y una nueva educación para el cuidado y el compartir: la responsabilidad ante los que no tienen acceso a un consumo mínimo para garantizar la supervivencia; la lucha contra la obsolescencia artificial de los productos; la preferencia por los productos producidos por las economías sociales y solidarias basadas en el trabajo y no en el capital, en el florecimiento personal y colectivo y no en la acumulación infinita; la preferencia por consumos colectivos y compartidos siempre que sea posible; mayor conocimiento sobre los procesos de producción de los productos de consumo, para que se pueda rechazar el consumo de productos realizados a costa del trabajo esclavo, la expulsión de campesinos e indígenas, la contaminación de aguas, la destrucción de sitios sagrados, la guerra civil, o la ocupación de tipo colonial.

Quinto, incluir en todas las luchas y en todas las propuestas de alternativas las exigencias transversales de profundización de la democracia y de lucha contra la discriminación sexual, racial, étnica, religiosa, y contra la guerra.

* Doctor en Sociología del Derecho.

Traducción: Javier Lorca.

Fuente: Página 12, 13.02.12

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GALASSO:

“EL 54% NO AUTORIZA A HACER LA PLANCHA”

Editorial del historiador Norberto Galasso

en el Centro Cultural Discépolo

para pensar los desafíos del tercer período del kirchnerismo

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▒ El resultado de las últimas elecciones coloca al movimiento nacional y popular liderado por Cristina Fernández de Kirchner en una posición altamente favorable, con mayoría legislativa y una oposición debilitada y dispersa con escasa presencia en el escenario político. En principio, ello abre amplias posibilidades para profundizar las transformaciones que se vienen concretando en los últimos años. Pero,  para ello, resulta imprescindible que en el movimiento nacional no se produzcan divisiones ni agrietamientos   sino que se avance en la consolidación y fortalecimiento del mismo, desde abajo, mejorando la organización y la capacidad de movilización.

El  triunfo alcanzado sobre los partidos políticos opositores  no significa  olvidar que los principales adversarios del progreso económico y social de un modelo popular , siguen manteniendo fuerza: las grandes corporaciones mediáticas, la Mesa de Enlace Agropecuario y  los  grandes consorcios financieros e industriales  estrechamente ligados a empresas multinacionales con el apoyo de los grandes potencias hoy en grave crisis económica. Están todavía allí -en algunos casos, totalmente indemnes- manteniendo su bandera del neoliberalismo bajo la cual nos oprimieron durante más de un cuarto de siglo.

Profundizar el modelo implica entonces avanzar en todas aquellas medidas que puedan debilitar a  esas fuerzas reaccionarias que siempre esperarán alguna oportunidad  para intentar  retornarnos al pasado. Asimismo, profundizar el modelo significa tener nosotros cada vez mayor fuerza llevando adelante las transformaciones que aseguren no sólo el mantenimiento y aún más, el crecimiento cuantitativo de nuestras fuerzas, sino también mejorar la articulación del campo nacional, dotarlo de cuadros medios audaces y aguerridos ideológicamente, dar en plenitud la batalla cultural liquidando los mitos y  falacias de la vieja superestructura ideológica semicolonial y asimismo, ahondar  la cohesión y la capacidad de movilización popular.

El 54% del triunfo electoral es muy importante, pero no autoriza a hacer ‘la plancha’, ni a otorgar, como dijera alguien, ni un ‘cachito así’ de complacencia  a un enemigo que nos robó, a lo largo de nuestra historia, no sólo recursos naturales, alegrías y esperanzas, sino miles de compatriotas.

Por esta razón, preocupa la más mínima disidencia en el campo nacional y en cuanto aparezca es preciso saldarla, cerrar y cicatrizar las heridas. Son épocas que exigen  gran generosidad   personal,  aventar todo obcecamiento, realizar  profundas autocríticas, para no  dejar un flanco abierto a la reacción. Si hemos avanzado hasta aquí, más allá de las contradicciones y de los momentáneos retrocesos, es porque hemos sabido delimitar claramente cuáles son  las diferencias frontales con los representantes del pasado y de la entrega  y cuáles las diferencias laterales con el aliado, siempre inevitables estas últimas por tratarse de grandes movimientos nacionales policlasistas donde los diversos sectores vienen de distintas experiencias, con metodologías diferentes,  con  perspectivas de clase diversas.

Resulta importantísimo, por supuesto, que el movimiento nacional cuente con una fuerza juvenil que  se vigorice y amplíe, aportando audacia y renovación. Esa explosión juvenil- que se hizo visible en los festejos del Bicentenario y especialmente, en el velatorio de Néstor- ofrece extraordinarias posibilidades, especialmente en un país que una década atrás veía a los muchachos y muchachos haciendo fila en algunas embajadas porque creían que la Argentina ya no les aseguraba, a sus vidas, ningún   futuro.   Pero también es cierto que resulta fundamental para el movimiento una central obrera capaz de cubrir diez cuadras con sus afiliados para sostener toda medida transformadora que intente ser resistida por los sectores del privilegio.

En un país como el nuestro, donde hemos sufrido la represión genocida y la entrega económica, los sectores populares siempre han sabido comprender a sus líderes cuando circunstancias externas  inmanejables obligaron a desplazamientos,  giros o cambios en su política,  en un sentido u otro, coyunturalmente, manteniendo inalterable el objetivo estratégico. Lo que aún después de tantas experiencias continúa sin aprender la ultraizquierda-y por eso sigue siendo minúscula- lo han sabido  asimilar las mayorías populares . Estas últimas, sin hablar de “correlación de fuerzas” y “del enemigo principal”, lo han aplicado en la política concreta, mientras aquellas, ensoberbecidas por ‘la fraseología revolucionaria’, han resultado – muchas veces- funcionales a  la contrarrevolución. De manera  tal que así como las últimas elecciones  han dado un voto de confianza al  gobierno, éste deberá estar seguro que las bases lo acompañarán en momentos difíciles, no por mero disciplinamiento, no porque se recurra a dirigentes dóciles, sino porque especialmente en el campo obrero, están los antecedentes de lucha  que aguantan cualquier archivo. No  debe olvidarse que fueron los trabajadores y las Madres de Plaza de Mayo las barricadas de resistencia ante los gobiernos reaccionarios-tanto dictatoriales como seudodemocráticos- mientras gran parte de los elencos políticos transaban a cambio de intendencias, embajadas u otros cargos.

Pudiera ser quizás, como sostienen algunos compañeros, que la crisis económica mundial  golpee duramente sobre países como el nuestro. Si así fuera, el peso de la crisis no puede caer sobre los trabajadores, según lo ha expresado la propia Presidenta al sostener que ella no es neutral en el conflicto entre el capital y el  trabajo.  Y ante esa posibilidad de  afrontar momentos difíciles es precisamente cuando se requiere que los diversos componentes del movimiento  nacional, expresión fiel de sus bases, confluyan en una sola fuerza sin cortocircuitos ni rispideces, ni equívocos o malas interpretaciones.

 La teoría enseña que la conducción para los grandes cambios debe ser revolucionaria y apoyarse en un partido revolucionario, ideológicamente armado, con férrea organización para dar la pelea. Pero resultaría demasiado  fácil reiterar esa vieja enseñanza teórica sin tener en cuenta la realidad política por la cual transitamos, como acostumbran algunos para estar en paz con su conciencia y no recibir impugnaciones por supuestas  izquierdas. Pero a riesgo de que los vanguardistas  puros nos impugnen proponiendo soluciones que ellos no tienen posibilidad alguna de poner en práctica, preferimos sostener humildemente que  hoy y aquí, es fundamental no debilitar el frente nacional tal como ha surgido en los últimos años, protagonista de transformaciones muy importantes, algunas hasta inesperadas, más allá de improvisaciones, contradicciones y hasta errores, que los hubo, sin duda, como en el conflicto de la Resolución 125.

Los dirigentes que deban tomar decisiones al respecto sabrán priorizar esta cuestión – cohesión, organización, movilización- y  lo harán seguramente  sin anteponer cuestiones personales, ni soberbia, ni contumacia, que pongan en peligro  todo lo que se ha avanzado. Esto, por supuesto, no implica abandonar el espíritu crítico, pero siempre teniendo presente que una cuestión es disentir parcialmente  con el aliado, con el cual se supone que existe un objetivo común, que lanzarle toda la artillería ideológica como si se tratase del enemigo, haciendo el juego al verdadero enemigo cuyo objetivo estratégico es el reverso del nuestro.

La solicitada de  Plataforma  2012 – aparecida sugestivamente en “La Nación” junto a la foto de una intelectual conversa- resulta un buen ejemplo de revolucionarismo abstracto que opera muy peligrosamente en la política concreta, así como  la retractación de varios de los firmantes de esa solicitada  demuestra que hay quienes saben recoger las enseñanzas de nuestra experiencia política. De aquí la importancia de la batalla por las ideas, de ahí también la importancia de los archivos para que no resulte que un buen proyecto quede en manos de un  oportunista que lo desprestigie. Desde este modesto espacio insistimos en que es necesario  mantener el cable a tierra con la coyuntura  junto a los trabajadores sin abandonar el proyecto estratégico que apunta a la gran transformación de América Latina en la liberación y la unidad que postularon San Martín,  Bolívar y tantos otros que nos siguen marcando el rumbo.

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 La revuelta de la burguesía asalariada

Slavoj Žižek


¿Cómo se convirtió Bill Gates en el hombre más rico de Estados Unidos? Su riqueza no tiene nada que ver con los costos de producción de lo que Microsoft vende: por ejemplo, no es un resultado de que su compañía elabore buenos productos a precios más bajos que la competencia, o que ‘explote’ a los trabajadores con mayor éxito (Microsoft paga a los trabajadores intelectuales un salario relativamente alto). Si ese hubiera sido el caso, Microsoft ya hubiera quebrado hace mucho tiempo: y la gente elegiría sistemas no comerciales como Linux que son tan buenos como los productos de Microsoft, e incluso mejores. Millones de personas siguen comprando el software de Microsoft porque este se impuso como si fuera un estándar universal, prácticamente monopolizando el campo, como una encarnación de lo que Marx llamó ‘el intelecto general’ para referirse al conocimiento colectivo en todas sus formas, desde la ciencia al saber-hacer práctico. Gates privatizó efectivamente parte del intelecto general y se enriqueció apropiándose de la renta resultante.

La posibilidad de que el intelecto general sea privatizado fue algo que Marx nunca previó en sus textos sobre el capitalismo (en gran parte porque pasó por alto su dimensión social). Sin embargo, este es el núcleo de las luchas actuales sobre la propiedad intelectual: como el rol del intelecto general -basado en el conocimiento colectivo y la cooperación social- ha aumentado en la era del capitalismo post-industrial, entonces la riqueza puede ser acumulada fuera de toda proporción con el trabajo involucrado en su producción. El resultado no es, como Marx pareciera haber previsto, la autodisolución del capitalismo, sino la transformación gradual de la ganancia generada por la explotación del trabajo en la renta apropiada mediante la privatización del conocimiento.

Lo mismo se aplica a los recursos naturales, la explotación de los cuales es una de las fuentes principales de renta en el mundo. Lo que viene después, es una lucha permanente por quién recibe la renta: los ciudadanos del Tercer Mundo o las corporaciones occidentales. Es irónico que al explicar la diferencia entre trabajo (el cual en su uso produce excedente y otros commodities (cuyo valor se consume al ser usados), Marx utiliza el petróleo como ejemplo de un commodity ‘ordinario’. Ahora, cualquier intento de conectar el alza y la caída del precio del petróleo con el alza y la caída de los costos de producción o con el precio de la explotación del trabajo no tendría sentido: los costos de producción son insignificantes como proporción del precio que se paga por el petróleo, un precio que es realmente la renta que los dueños de los recursos pueden exigir gracias a una oferta limitada.

Damien Hirst, Templo , detalle (2010)

Una consecuencia del alza en la productividad generada por el impacto del crecimiento exponencial del conocimiento colectivo es un cambio en el rol del desempleo. Es el éxito mismo del capitalismo (mayor eficiencia, aumento de la productividad, etc.) lo que produce desempleo, haciendo que más y más trabajadores sean innecesarios: lo que debería ser una bendición -que se necesite menos trabajo duro- se vuelve una maldición. O, para decirlo de otra manera, la posibilidad de ser explotado en un trabajo de largo plazo se considera ahora como un privilegio. El mercado mundial, como lo dijo Fredric Jameson, es ahora ‘un espacio en el que todos han sido alguna vez trabajadores productivos, y en el que el trabajo en todas partes ha comenzado a ser valuado fuera del sistema’. En el proceso en desarrollo de la globalización capitalista, la categoría de desempleado ha dejado de estar limitada al ‘ejército de reserva de mano de obra’ definido por Marx; también incluye lo que Jameson describe como ‘aquella masiva población alrededor del mundo que ha sido, como si estuviera “fuera de la historia”, deliberadamente excluida de los proyectos modernos del capitalismo del Primer Mundo y descartada como un caso terminal o sin esperanzas': los llamados estados fracasados (R.D. del Congo, Somalia), víctimas del hambre o de los desastres ecológicos, atrapados por seudo-arcaicos ‘odios étnicos’, recipientes de filantropía y ONGs o blancos de la ‘lucha contra el terrorismo’. La categoría de los desempleados, por lo tanto, ha sido expandida para abarcar a un vasto rango de personas, desde los desempleados temporales, hasta los que han perdido toda posibilidad de ser empleados y los desempleados permanentes, hasta los habitantes de ghettos y villas miserias o favelas (todos estos con frecuencia dejados de lado por el mismo Marx como ‘lumpen-proletarios’), y finalmente, las poblaciones enteras o estados excluidos del proceso capitalista global, como espacios en blanco en los mapas antiguos.

Algunos dicen que esta nueva forma de capitalismo provee nuevas posibilidades de emancipación. Esta es justamente la tesis enunciada en Multitude (Multitud) por Hardt y Negri, que trata de radicalizar a Marx, quien planteó que si se corta la cabeza del capitalismo, se obtiene el socialismo. Marx, según ellos, estuvo restringido por la noción del trabajo industrial mecánico organizado de manera centralizada, automatizada y jerárquica, lo que hizo que percibiera el ‘intelecto general’ como algo similar a una agencia central de planificación; es solamente hoy, con el auge del ‘trabajo inmaterial’ , que se vuelve ‘objetivamente posible’ un cambio revolucionario. Este trabajo inmaterial abarca dos polos: va desde el trabajo intelectual (producción de ideas, textos, programas, etc.) al trabajo afectivo (llevado a cabo por doctores, personas que cuidan niños, asistentes de vuelo). Hoy, el trabajo inmaterial es ‘hegemónico’ en el sentido en que lo proclamó Marx que, en el capitalismo del siglo XIX, la producción industrial masiva era hegemónica: se impuso no por la fuerza de los números sino por una razón clave, el emblemático rol estructural. Lo que surge es un nuevo y vasto dominio llamado el conocimiento compartido ‘común” y nuevas formas de comunicación y cooperación. Los productos de la producción inmaterial no son objetos sino nuevas relaciones sociales o interpersonales; la producción inmaterial es bio-política, la producción de vida social.

Hardt y Negri describen en este libro el proceso que los ideólogos del capitalismo ‘posmoderno’ de hoy celebran como el pasaje de la producción material a la simbólica, de la lógica centralista-jerárquica a la lógica de la auto-organización y cooperación con múltiples centros. La diferencia es que Hardt y Negri son eficazmente fieles a Marx: tratan de probar que Marx tenía razón, que el avance del intelecto general es, en el largo plazo, incompatible con el capitalismo. Los ideólogos del capitalismo posmoderno sostienen una posición diametralmente opuesta: dicen que la teoría marxista (y la práctica) permanece dentro de los límites de la lógica jerárquica del control del estado centralizado y por lo tanto, no puede hacer frente a los efectos sociales de la revolución informática. Existen buenas razones empíricas para esta postura: lo que efectivamente arruinó a los regímenes comunistas fue su incapacidad para adaptarse a la nueva lógica social provista por la revolución informática: trataron de conducir la revolución dándole la forma de otro proyecto a gran escala planificado por el estado centralizado. La paradoja es que lo que Hardt y Negri halagan como la única chance de superar el capitalismo es también un factor positivo para los ideólogos de la revolución informática como el avance de un nuevo capitalismo ‘sin fricciones’.

 El análisis de Hardt y Negri tiene algunos puntos débiles en la explicación de por qué el capitalismo ha sido capaz de sobrevivir lo que debería haber sido (en términos marxistas clásicos) una nueva organización de la producción que lo volviera obsoleto. Ellos subestiman el grado en el cual el capitalismo actual ha logrado (al menos en el corto plazo) privatizar el intelecto general, al igual que el grado en el cual, además de la burguesía, los mismos trabajadores se están volviendo prescindibles (con una cantidad cada vez mayor no solo temporalmente desempleada sino estructuralmente sin empleo).

Si el viejo capitalismo idealmente involucraba un empresario que invertía su dinero (propio o prestado) en la producción que él se encargaba de organizar y administrar, y luego obtenía ganancias, hoy aparece un nuevo tipo ideal: ya no es el empresario que tiene su propia compañía, sino un experto manager (o un consejo gerencial presidido por un ejecutivo) que maneja una compañía que pertenece a un banco (también manejado por managers que no son los dueños del banco) o por inversores dispersos. En este nuevo tipo de capitalismo ideal, la vieja burguesía no tiene una función, por lo que se le ha asignado una nueva función como managers asalariados: la nueva burguesía recibe salario, e incluso si son dueños de una parte de la compañía, pueden ganar acciones como remuneración adicional (‘bonos’ por su ‘éxito’).

Esta nueva burguesía sigue apropiándose del excedente pero de una manera (mistificada) de lo que se ha llamado ‘salario excedente': reciben mucho más que el ‘salario mínimo’ del proletariado (un punto de referencia a menudo mítico cuyo único ejemplo real en la economía global de hoy es el salario de los obreros de las maquiladoras o ‘talleres del sudor’ en China o Indonesia), y es esta distinción con los proletarios comunes lo que determina su estatus. La burguesía en el sentido clásico, por lo tanto, tiende a desaparecer: los capitalistas reaparecen como un subconjunto de trabajadores asalariados, como managers que están calificados para ganar más gracias a su capacitación (es por ello que las ‘evaluaciones’ seudo-científicas son de importancia crucial: dan legitimidad a las disparidades salariales). La categoría de trabajadores que ganan un salario excedente, lejos de estar limitada a los managers, abarca toda clase de expertos, administradores, funcionarios públicos, doctores, abogados, periodistas, intelectuales y artistas. El excedente que reciben tiene dos formas: más dinero (para managers, etc.) pero también menos trabajo y más tiempo libre (para algunos intelectuales pero también para administradores públicos, etc.).

Fritz Kahn, El ser humano como palacio industrial (1926)

El procedimiento de evaluación que califica a algunos trabajadores para recibir un salario excedente es un mecanismo arbitrario de poder e ideología, que no tiene ninguna conexión seria con su capacidad real; este salario excedente existe no por razones económicas sino políticas: para mantener una ‘clase media’ con fines de estabilidad social. La arbitrariedad de la jerarquía social no es un error, sino justamente el objetivo, con la arbitrariedad de la evaluación adquiriendo un papel análogo al de la arbitrariedad del éxito de mercado. La violencia amenaza con explotar no cuando hay demasiada contingencia en el espacio social, sino cuando uno trata de eliminar la contingencia. En La marque du sacré, Jean-Pierre Dupuy concibe la jerarquía como uno de los cuatro mecanismos (‘dispositifs symboliques’) cuya función es lograr que la relación de superioridad no sea humillante: la misma jerarquía (un orden impuesto externamente que me permite experimentar mi estatus social más bajo como independiente de mi valor inherente); desmitificación (el mecanismo ideológico que prueba que la sociedad no es una meritocracia sino el producto de luchas sociales objetivas, que me ayuda a no llegar a la conclusión penosa de que la superioridad de otro es el resultado de sus méritos y logros); contingencia (un mecanismo similar, por el cual entendemos que nuestra posición en la escala social depende de una lotería natural y social; los que tienen suerte son los que nacieron con los genes correctos en familias ricas); y la complejidad (las fuerzas incontrolables tienen consecuencias impredecibles; como el caso de la mano invisible del mercado que puede conducir a mi fracaso y al éxito del vecino, incluso si yo trabajo más y soy mucho más inteligente). Al contrario de las apariencias, estos mecanismos no cuestionan ni amenazan la jerarquía, sino que la hacen más aceptable, dado que ‘lo que desencadena la agitación de la envidia es la idea de que el otro merece su buena suerte y no la idea opuesta -que es la única que puede ser expresada abiertamente’. Dupuy extrae de esta premisa la conclusión de que es un gran error pensar que una sociedad razonablemente justa, que además se percibe a sí misma como justa, estará en consecuencia libre de todo resentimiento: al contrario, es precisamente en este tipo de sociedad que aquellos que ocupan posiciones inferiores hallarán una salida para su orgullo herido en expresiones violentas de resentimiento.

Conectada a esta idea, está la coyuntura a la que se enfrenta China hoy: el propósito ideal de las reformas de Deng fue el de introducir el capitalismo sin una burguesía (dado que esta sería la nueva clase dominante); ahora, sin embargo, los líderes chinos están haciendo el penoso descubrimiento que el capitalismo sin una jerarquía estable (otorgada por la existencia de una burguesía) genera una permanente inestabilidad. Entonces, ¿qué camino tomará China? Los antiguos comunistas, mientras tanto, emergen como los managers más eficientes del capitalismo debido a su enemistad histórica hacia la burguesía como clase, y esto encaja perfectamente con la tendencia del capitalismo actual de convertirse en un capitalismo de managers sin una burguesía -en ambos casos, como lo expresó Stalin hace mucho tiempo, ‘los cuadros deciden todo’. (Una diferencia interesante entre China y Rusia en la actualidad: en Rusia, los profesores universitarios reciben salarios ridículamente bajos -son, de hecho, parte del proletariado- mientras que en China están bien recompensados con un salario excedente como una manera de garantizar su docilidad.)

Nam June Paik, Robot de Andy Warhol (1994)

La noción de salario excedente también abre una nueva perspectiva para analizar las actuales protestas ‘anticapitalistas’. En épocas de crisis, los candidatos obvios para ‘ajustarse el cinturón’ son los niveles más bajos de la burguesía asalariada: las protestas políticas son su único recurso, si quieren evitar unirse al proletariado. Aunque sus protestas están nominalmente dirigidas contra la lógica brutal del mercado, están en efecto protestado contra la erosión gradual de su posición económica (políticamente) privilegiada. Ayn Rand expresa una fantasía en La rebelión de Atlas de una huelga de capitalistas ‘creativos’, una fantasía realizada perversamente en las huelgas actuales, que en su mayoría son llevadas a cabo por la ‘burguesía asalariada’ empujada por el miedo a perder sus privilegios (el excedente sobre el salario mínimo). Estas no son protestas proletarias, sino protestas contra la amenaza de ser reducidos a proletarios. ¿Quién se atreve a hacer huelga hoy, cuando el hecho de tener un trabajo permanente se ha vuelto un privilegio? No ciertamente los trabajadores con los salarios más bajos (lo que queda de ellos) de la industria textil u otras, sino los trabajadores privilegiados cuyos trabajos están garantizados (maestros/profesores, empleados del transporte público, policías). Esto también se aplica a la ola de protestas estudiantiles: su principal motivación es el miedo de que la educación superior deje de garantizarles un salario excedente más adelante.

Al mismo tiempo, es claro que el enorme resurgimiento de protestas durante el año pasado, desde la Primavera Árabe hasta Europa Occidental, desde Ocupar Wall Street hasta China, desde España hasta Grecia, no deben ser dejadas de lado como simples revueltas de la burguesía asalariada. Cada caso tiene que ser visto desde sus propios méritos. Las protestas estudiantiles en Gran Bretaña fueron claramente diferentes de las revueltas de agosto, que fue un carnaval consumista de destrucción, una verdadera explosión de los excluidos. Uno puede argumentar que las revueltas de Egipto comenzaron en parte como una revuelta de la burguesía asalariada (jóvenes educados protestando contra la falta de perspectivas) pero este fue solo un aspecto de una gran protesta contra un régimen opresivo. Por el otro lado, la protesta apenas movilizó a los trabajadores pobres o a los campesinos, y la victoria electoral de los musulmanes es un indicio de la estrecha base social de la protesta secular original. Grecia es un caso especial: en las últimas décadas, se creó una nueva burguesía asalariada (especialmente en la administración estatal sobredimensionada) gracias a la ayuda financiera y los préstamos de la UE, y las protestas estaban motivadas en gran parte por la amenaza de perder esos privilegios.

Mientras tanto, la proletarización de la burguesía con los salarios más bajos está acompañada en el extremo opuesto por la irracionalmente enorme remuneración de los managers y banqueros en los puestos más altos. Esta remuneración es económicamente irracional dado que, como lo han demostrado investigaciones en EE.UU., tiende a ser proporcionalmente inversa al éxito de la compañía. Más que hacer una crítica moralista de estas tendencias, deberíamos interpretarlas como signos de que el sistema capitalista ya no es capaz de alcanzar un nivel de estabilidad auto-regulada -en otras palabras, que amenaza con perder el control.

[Texto agregado por Tlaxcala]

En años recientes, ha habido mucha gente reclamando por reformas y restricciones de los derechos intelectuales de la propiedad. A principio, fueron unos pocos pero ahora hay varios defensores que dicen: “Tenemos que considerar las patentes, tenemos que considerar los derechos de autor”. ¿Cuál es el motor de esto, y piensa usted que las leyes de propiedad intelectual deben ser reformadas?

No, yo diría que esto se aplica a las economías del mundo, hoy hay más personas que creen en la propiedad intelectual que nunca. Hay menos comunistas en el mundo actual de lo que había antes. Hay algunos, una suerte de nuevos comunistas modernos, que quieren eliminar los incentivos para los músicos, cineastas y gente que trabaja con software bajo diferentes apariencias, Ellos creen que los incentivos no deberían existir.

Y este debate siempre va a estar presente. Yo sería el primero en decir que el sistema de patentes necesita actualizaciones -incluyendo el sistema de patentes en EE.UU. Hay algunos objetivos para circunscribir determinados elementos de reforma. Pero sobre la idea de que EE.UU. ha encabezado la creación de compañías y de trabajos, porque hemos tenido el mejor sistema de propiedad intelectual, sobre esa idea, yo no tengo ninguna duda; y cuando la gente dice que quiere tener la economía más competitiva, tiene que aceptar un sistema de incentivos. La propiedad intelectual es el sistema de incentivos para los productos del futuro.

Traducido para Rebelión por Silvia Arana

Fuente: Rebelión, 23.01.2012 – De: http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=6645


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Marxismo y Peronismo:

Reforma, Revolución

y Movimientos de Liberación Nacional

 

Por Raúl Isman y Adrián Carlos Corbella
“Ni calco ni copia, sino creación heroica”. José Carlos Mariétegui.
Hace aproximadamente un siglo y medio Karl Marx analizaba en “El Capital” (y en otras obras económicas, sociales y políticas) las insalvables contradicciones que corroían al sistema capitalista. Postulaba, en lo central, que esas contradicciones llevarían al orden burgués (necesariamente) a la ruina, bajo la forma de crisis económicas inevitables; que provocarían, a su vez, sucesivas situaciones y crisis revolucionarias. Y que además dicho proceso comenzaría lógicamente por los países centrales, porque en ellos la sociedad capitalista había llegado más lejos. El capitalismo sería sucedido por el socialismo (face inicial), un nuevo modo de producción que, cuando lograra una plena igualdad política, social y económica y expandiéndose por todo el orbe podría ser llamado comunismo (etapa superior). Pero en rigor semejante proceso sólo podría darse en formaciones económicas avanzadas o- por llamarlas ad usum de los años ’90- del primer mundo; en las que se hubiere completado lo central de las tareas burguesas. Dichas tareas resultaban precondición inevitable y necesaria de la revolución proletaria y eran en lo central:
a) Desarrollo de una economía capitalista industrial y avanzada, signo inequívoco que en tal país la clase burguesa se había hecho con el poder económico. Y ligado a lo anterior y desde lo político
b) La creación de un estado nacional, base política correspondiente a la soberanía de dicha clase social. Tales son las tareas propias correspondientes al horizonte correspondiente a la revolución que Marx denominó burguesa.
Hemos glosado, en un apretado y rápido resumen, la teoría de Marx, un analista brillante del sistema capitalista y un profeta de la revolución (proletaria y comunista) que nunca ocurrió. Pero por cierto que la práctica histórica concreta resultó muy distinta a lo previsto en las teorizaciones previas. En principio digamos que uno de los errores o fallas más notorios en las elaboraciones marxianas reside en su mirada general sobre el mundo, notablemente eurocentrista. Son muy escasas las referencias en su obra a la situación colonial (que sufrían al menos tres cuartas partes de la humanidad) y llega a afirmar que el imperialismo ingles asume posturas y rasgos revolucionarios… ¡al conquistar la India! En nuestra opinión, la contradicción imperialismo-nación (o pueblo) asume una centralidad mayor que el enfrentamiento burguesía-proletariado, naciente de la lucha de clases propia del modo capitalista de producción.
Por aquellos años, esta última lectura de la realidad mundial (llamada clase contra clase por la tercera internacional) dejaba fuera la comprensión de la problemática en la mayor cantidad de países del orbe y resultaba exótica a los ojos de las masas habitantes en lo que aún no se denominaba tercer mundo. Semejante falla u olvido en la concepción de Marx no puede obviarse para construir una interpretación de casi dos siglos de movimiento obrero y luchas populares en todo el orbe.
Puede decirse que la elaboración del autor de Das Kapital es una teoría de la revolución en los países capitalistas avanzados, lo cual puede fundamentarse con diferentes referencias en su obra. La “entrada” de los pueblos del mundo periférico a la “historia” sólo puede ser facilitada por la venia de la avanzada Europa; sea por vía de la burguesía (la colonización británica en la India) o porqué la revolución proletaria en el occidente industrial permitiere a la arcaica Rusia saltar etapas históricas en su desarrollo.
Reforma, revolución y otras cuestiones
En diversas épocas de la historia y durante las distintas sociedades de clases existieron reformadores de la sociedad. Se trataba centralmente de núcleos críticos (o diletantes) del bloque de clases que ejercía el poder real en sus respectivos tiempos. Tales reformadores intentaban modificar los aspectos más agresivos de la sociedad; a efectos de continuar, por otras vías, la misma dominación. Desde los Gracos y Julio Cesar en la antigüedad romana hasta diversas herejías en los tiempos bajomedievales son ejemplos de la orientación descripta. La literatura italiana inmortalizó una orientación y una época con el célebre personaje Don Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, protagonista de la famosa novela “Il Gatopardo” de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. El noble novelado de marras era antepasado del autor y melancólicamente pontifica acerca de la necesidad de realizar transformaciones cosméticas para mantener lo esencial del status quo. Se lo puede leer en la obra literaria citada y ver en la magnífica recreación cinematográfica dirigida por el gran Luchino Visconti.
La cuestión se diversifica con el advenimiento de los tiempos modernos; en los que las reformas sociales pasaron a ser mester de filósofos y utopistas, soñadores de mundos ideales, no necesariamente anclados con clases y actores sociales realmente existentes. Y por otra parte asume mayor complejidad con el vasto movimiento cultural denominado ilustración; ya que- al decir de Antonio Gramsci- se trata de una verdadera internacional intelectual de la revolución burguesa. Pero presta ministros y funcionarios de todo tipo a monarquías escasamente progresistas. Y dejemos sentado que con la ilustración la idea de progreso comienza a ser visto como un valor de alcance universal; es decir deseable para todas las personas. Hasta allí progresismo y reformismo parecían ser términos intercambiables o identificables uno con el otro. Poco después comienzan a autonomizarse. Por cierto que la revolución iniciada en Francia en 1789 pone a prueba el significado de todas estas etiquetas (progresista, reformista, revolucionario, que no estaban aún muy difundidos en las ciencias sociales); ya que en principio la común oposición al antiguo régimen unifica a girondinos (burguesía moderada, “reformista”) con jacobinos (ala izquierda de la misma clase, “progresista”) y “revolucionarios” sans-cullotes y rabiosos (que pueden ser llamados en nuestro léxico actual ultraizquierdistas). Es más, la revolución francesa acuñó el propio vocablo revolución para el lenguaje político. La filósofa alemana Hanna Arendt diferencia tal transformación de las que se produjeron en etapas anteriores; para las cuales reserva el término cambio de las cosas (mutatio rerum, en latín en el original). Y fue precisamente en la Francia revolucionaria donde nació el concepto de revolución comunista, cuando en 1799 se desencadenó la conspiración de los iguales. Tales “primitivos” comunistas no eran más que jacobinos insatisfechos con los límites burgueses de la revolución. Una famosa frase de algunos confabulados, tomar el cielo por asalto, hizo historia en la literatura, las ciencias sociales y el lenguaje de la agitación social y política. Continuador de aquellos primeros revolucionarios comunistas fue Augusto Blanqui (1805-1881). Luego de la revolución parisina de 1848 quedan claramente delineadas dos orientaciones opuestas: la recién referida y la que impulsaba Louis Blanc (1811-,1882), consistente en acceder al gobierno (no al poder) para realizar reformas; no transformar radicalmente la economía y la sociedad, como anhelaban Blanquí y sus seguidores.
Karl Marx observaba los debates referidos y muchos más; al tiempo que participaba en las luchas revolucionarias. Su obra no deja de ser una larga reflexión sobre los citados debates en diálogo con la experiencia histórica del movimiento obrero y comunista. Pero si bien el autor nacido en Tréveris reivindicaba una condición científica para “su” socialismo y una carácter radical para la revolución obrera y comunista para la cual militaba, jamás desconoció que diversas fuerzas reformistas (los sindicatos ingleses, los socialistas alemanes, los demócratas franceses; por ejemplo) eran retoños “del palo”; es decir agrupamientos integrantes de una misma familia (o movimiento). No puede ser más contrastante su actitud con, por ejemplo, la posición de los partidos Trotskistas de la Argentina; que se caracterizan no sólo por la agresión verbal constante (que no puede confundirse con la verdadera crítica) hacia las posiciones reformistas, si no también por verdaderas guerras discursivas a lo interno de las propias sectas troskosáuricas; enfrentadas entre si por cuestiones tan acuciantes para las sufridas masas laboriosas como cual de ellas es la verdadera guardiana de la sagrada ortodoxia troska.
La revolución rusa: ¿especificidad nacional o modelo universal?
Los vericuetos de la historia hicieron que la primera revolución exitosa se diera en Rusia, país que distaba mucho de ser una formación social con un capitalismo más avanzado y perfeccionado. La Rusia de 1917 apenas si había comenzado un tímido proceso de industrialización. Por añadidura, el crecimiento de un espacio manufacturero obedecía más a la acción de un modernizador ministro reformista, que al crecimiento de una clase burguesa con capacidad de disputar el poder contra la altiva y parasitaria aristocracia y contra la propia autocracia zarista. Por otra parte, Rusia dependía financieramente de Francia, e industrialmente de Inglaterra, Alemania y Francia. Las oprimidas zonas asiáticas del Imperio eran coloniales y claramente “subdesarrolladas”.
Por todo ello en el Partido Obrero Social Demócrata Ruso las posiciones se dirimían alrededor del carácter de la revolución en Rusia; es decir que revolución era posible en el país de los Zares. Hubo una fracción, denominada Mencheviques, que postulaba una fase necesaria de revolución burguesa, para que recién allí fuere posible una trasformación con objetivos socialistas. Lenin- dirigente de la fracción bolchevique- planteaba que la revolución era posible en Rusia pese a sus aspectos económicos, sociales y políticos atípicos, de acuerdo a los cánones marxistas más arriba descriptos. Rusia, según los Bolcheviques y particularmente su calvo dirigente, debía transitar un proceso revolucionario que era esquematizado bajo la fórmula dictadura democrática de obreros y campesinos. Desde semejante enunciado se afirmaba las clases sociales mayoritarias, explotadas y oprimidas que pudieren resultar sujeto de la transformación; al tiempo que, por omisión, quedaba fuera de la alianza social revolucionaria la impotente burguesía rusa. Así las elaboraciones de Lenin (y Trotski) supieron hacer una creativa lectura de la realidad y no una copia de esquemas muertos. En palabras de José Carlos Mariátegui, “creación heroica y no copia”. Y de este modo Rusia abandonó el capitalismo durante 70 años, logro sortear la invasión y el bloqueo de diversos países, pudo repeler la invasión nazi y disputar contra E.E.U.U. la hegemonía mundial durante los complejos tiempos de la Guerra fría (1945-1991).
Digamos que la revolución rusa significó además un desgarramiento entre las dos tradiciones que conformaban el movimiento obrero y socialista. La nucleada en la segunda internacional (reformista) y el nuevo conglomerado mundial que paso a llamarse la Komintern (Internacional Comunista). La formación de está última significo que la ruptura aparecida con la primer guerra mundial se ahondó hasta volverse definitiva; no sin tétricos resultados para los trabajadores, como demuestra la caída de Alemania bajo el nazismo en 1933. Además, la revolución rusa no fue analizada por los núcleos de la tercera como resultado de una excepción histórica, sino como la norma exclusiva que debería transitar todo proceso transformador en el orbe entero y a la cual deberían amoldarse revoluciones y revolucionarios. A ello contribuyeron la conducción del Partido Comunista de la U.R.S.S. y ciertas elaboraciones de la tercera internacional, como las veintiún condiciones de ingreso, que presentaba el modelo bolchevique como camino exclusivo y excluyente y que cada sección debería impulsar en cada país. Pero sin dudas que resultó un acierto el reconocimiento de la cuestión colonial y nacional, plasmado en diversos documentos. Luego de Marx , el mundo periférico resultaba visible, auspiciosamente, en las elaboraciones teóricas y en la práctica política del movimiento comunista internacional transcurridas casi cuatro décadas de la muerte del filósofo de Treveris. Casi contemporáneamente, en diversos países de América Latina, nacían los debates que dieron por resultado la aparición de la corriente denominada izquierda nacional; que intentaba servirse del marxismo para alumbrar la comprensión de la realidad de nuestro continente y no que la propia realidad fuere constreñida a adecuarse a los cánones de un dogma fosilizado.
El epicentro revolucionario del siglo XX se desplaza hacia el sur tercermundista
Además de Rusia, casi todos los países que hicieron en el siglo XX revoluciones eran formaciones económicas periféricas, no industriales, llamados luego de 1945 tercermundistas, coloniales o semicoloniales. Por fuera de cómo se presentaron discursivamente, se trató de luchas por crear estados nacionales que no podían ser tales por causa de la opresiva presencia imperialista.
Uno de los mejores ejemplos es China; que enlaza su revolución con la lucha contra la fragmentación feudal (los señores de la guerra) y la presencia imperialista en las grandes ciudades. Durante la segunda guerra la lucha se dirige contra la invasión japonesa, y en un largo proceso revolucionario se liquida la dependencia semicolonial respecto a Europa, Japón y Estados Unidos, logrando crear- a partir de la gran revolución de 1949- su primer estado realmente nacional durante los tiempos modernos. Hoy queda sólo el nombre de las intenciones comunistas del partido de Mao, pero China es una formación estatal que disputa en pie casi de igualdad con el resto de los principales país del orbe.
Otro caso es Yugoslavia, un país periférico de Europa, arrasado por los vendavales de expansionismos varios, y claramente “balcanizado” antes y después de la revolución dirigida por Josip Broz (Tito), que al igual que en la patria de Mao pudo lograr por primera vez en toda su historia un estado nacional digno de llamarse de este modo. A la muerte del líder y fundador, su construcción fue liquidada por la presión conjunta del imperio norteamericano y los europeos.
Vietnam hace su revolución, mientras lucha por echar a los invasores japoneses y a potencias coloniales o neocoloniales como Francia y Estados Unidos. La realidad social en la patria de Ho-Chi-Min en la actualidad no es muy distinta a China. Pero las negociaciones con el capital internacional se hacen desde la existencia de un estado nacional soberano.
En Cuba, existía un agregado a la constitución, la Enmienda Platt, que permitía a E.E.U.U. intervenir en la isla cada vez que quisiere y ello puesto en el propio texto constitucional. La revolución que se inicia con la intrépida y audaz expedición del Granma tiene un claro objetivo de independencia nacional y las grandes trasformaciones sociales son posteriores a la primitiva afirmación patriótica. Mas cerca en el tiempo, Nicaragua era parte del “Patio Trasero” en su definición más plena. E inclusive se le puede quitar la condición de patio de los E.E.U.U. En todos los casos que hemos balanceado sumariamente, la revolución fue centralmente un proceso de liberación nacional. Las transformaciones sociales que se dieron fueron en gran medida posteriores a la creación del referido estado independiente. Por otra parte se trató incluso de una política que completó o concretó la organización estatal de marras.
Las izquierdas vernáculas: liberación nacional e incomprensión intelectual (y política)
En todas estas revoluciones con apariencia de “socialistas”, “marxistas”, “comunistas”, el proceso de cambio social fue acompañado de un proceso de “liberación nacional”, de ruptura de lazos coloniales o semicoloniales. Es que resultaba una precondición de cualquier iniciativa a favor del bienestar popular que se rompieren los lazos que ataban a cada país con el imperialismo. Fueron revoluciones “internacionalistas” (parte general del proceso de liberación de los pueblos). Y a la vez fueron revoluciones “nacionales”. Todas integraron ambos procesos, a su estilo, y en distinta medida. En nuestra opinión, resulta decisivo este segundo componente nacional o independentista.
La izquierda latinoamericana, en general, y la argentina, en particular- con escasas y honrosas excepciones como el peruano Mariátegui o el argentino Ugarte- adolecieron, y aún adolecen, de graves dificultades para comprender la marcha de las transformaciones sociales y la simple realidad empírica. Por ello, no podían advertir cómo en esas revoluciones socialistas lo “internacionalista” se fusionaba con aspectos de indudable contenido “nacionalista”, que eran parte de un proceso de liberación nacional. La causa fundamental era el rígido ideologismo padecido por los cenáculos izquierdistas; que los conducía a cuestionar a la impoluta realidad por el grave pecado cometido por ésta, consistente en no adecuarse a sus ensueños teóricos.
Las ideas socialistas y anarquistas llegaron a la Argentina con los inmigrantes europeos. Y, como los europeos tendían a concentrarse en algunas áreas muy definidas (Buenos Aires, Sur de Santa Fe con Rosario como eje) que se europeizaron profundamente, pudieron transplantar sus fuerzas políticas originadas en el ámbito europeo al nuevo continente no sólo sin realizar ninguna adaptación: también sin pensar en las nuevas condiciones en que desenvolverían su acción. De modo que para anarquistas y socialistas no había diferencias entre países imperialistas y periféricos a la hora de encarar la lucha por la transformación social. Su punto de partida implicaba desconocer el profundo carácter condicionante y distorsionante que el imperio tenía sobre nuestras sociedades.
El Partido Socialista, fundado en 1896 por Juan B. Justo y otros dirigentes, era una fuerza pensada para resultar similar y confluyente con los partidos análogos del mundo industrializado. Es decir, se creó bajo una concepción eurocentrista.
Había no obstante diferencias muy sensibles: en Europa el socialismo ganó, en general, muy rápidamente al movimiento obrero. Aquí, el escaso desarrollo industrial contribuyo a que la inserción de la creación justista se focalizara en destacamentos de clases medias pobres y trabajadores calificados. El proletariado industrial era una minoría en el océano de los sectores populares de un país semicolonial.
Discursivamente el socialismo en la Argentina se paró en los arrabales de su casi contemporánea U.C.R.: cuestionaba la corrupción y no el modelo económico agroexportador; llegando a la “incomprensible” apología del libre cambio; en lugar de impulsar la defensa de la industria nacional por medio de medidas proteccionistas (que daría por resultado el incremento social de las fuerzas del movimiento obrero). En nuestra opinión existían dos causas para que resulte inteligible la extraña orientación. A saber:
a) La no comprensión (o si se prefiere radical incomprensión) de la cuestión nacional. De hecho, el P.S. fue un ala izquierda del imperio antes que una fuerza anclada en la comprensión de las necesidades, sufrimientos y la propia historia del pueblo argentino.
b) Por otra parte, el partido- al asumir las posiciones anti-protección industrial- refrendaba de hecho su interés e intención de representar centralmente a las capas medias consumidoras; más que a la totalidad del pueblo argentino.
Esta fuerza hacía aquí similares cuestionamientos a los que hacían sus partidos hermanos europeos, pero con un desdén extraño hacia nuestro país: llamaban despectivamente política “criolla” a lo propio de la nuestra sociedad. Quizás por esto mismo nunca pudieron ingresar a la Argentina profunda, criolla, latinoamericana, ni entender sus problemas; a sus habitantes los socialistas les resultaban “extranjeros”. Se autocolocaban además en un extraño sitio de superioridad moral. Conciente o inconcientemente participaban del modo oligárquico de relacionarse con el sustrato popular de nuestra sociedad; al cual negaban. Por ello no puede extrañar que el emerger del verdadero proletariado argentino- el 17 de octubre de 1945- fuera visto por el Partido Comunista codovilleano como la salida a la superficie de los lumpen, a los cuales dichos “comunistas” se proponían para reprimir.
La izquierda que había nacido en tiempos pre-peronistas asumió como propio todo el profuso aparato armado en lo cultural e ideológico por parte de la oligarquía terrateniente y su creación, el Estado liberal de la Organización Nacional. Digamos a modo de ejemplo que el historiador cuasi oficial hasta los años ’80 del Partido Comunista Argentino, Leonardo Paso, era tan mitrista que, a su lado, podría pasar hasta un columnista de La Nación como revisionista del ala ligada a la izquierda. Por otra parte, ni socialistas ni comunistas cuestionaron al Modelo Agro-exportador, ni lo denunciaron como mecanismo de dominación neocolonial. En dichas fuerzas aparecía de modo desvergonzado y ridículo las desviaciones que hemos referido líneas arriba, es decir, plantearle al pueblo un esquema extraño, exótico y extranjero de revolución, al cual era imperioso amoldarse. Por ejemplo, la petulancia del P.S. al analizar muestra sociedad viró muy rápidamente en complicidad con el golpe del ’30. O el P.C. llamando a desarrollar… soviets de obreros y campesinos… en la Argentina, consigna tan imbricada en la realidad como la esperanza de otra secta izquierdista varias décadas después en la llegada de extraterrestres para favorecer la revolución proletaria. Tampoco hubo críticas para con el Estado europeizante que renegaba de todo aquello que oliera a “criollo”, “nacional” o “latinoamericano”. Tomar como propio- sin atisbo ninguno de polémica crítica- el arsenal cultural de la oligarquía terrateniente significa la rotunda y radical incomprensión por parte de dichas fuerzas del problema nacional.
Socialistas y comunistas profesaban una admiración sin límites hacia figuras como Rivadavia y Sarmiento, íconos del liberalismo; los veían como “progresistas”, por su anticlericalismo, su laicismo, los aportes del sanjuanino a la educación y su oposición a los resabios “feudales”. Pero aquellos mentados (reales o imaginarios) ademanes progresistas no alcanzaban a ocultar el rol vasto e inestimable de los mencionados “próceres” en la construcción de un orden neocolonial, ni sus vinculaciones con los imperios; a los cuales tomaban acríticamente como modelos: Rivadavia a los piratas british, Sarmiento (profético) a los E.E.U.U.. Por ende no podían comprender que una Argentina atada al diseño de la división internacional del trabajo diseñada por los países centrales no podría desarrollar todas sus potencialidades. Es decir; el ABC de la cuestión nacional. Por ello, nunca entendieron que la Argentina, a diferencia de Inglaterra, Alemania, E.E.U.U. Italia o Francia, era un país periférico, neocolonial, donde cualquier lucha “social” debería ser paralela a un combate por la “liberación nacional” y por la integración de las dos Argentinas: la Argentina “europea”, tributaria y derivada de la ciudad puerto y del Estado liberal, escenografía monumental pero frágil, y el otro país profundo, con sus bases demográficas y culturales criollas y latinoamericanas, a las que Scalabrini Ortiz llamaría años después “el subsuelo de la patria (sublevada)”.
Por eso, cuando comenzaron a principios del siglo XX las discusiones acerca de la necesidad de aplicar un modelo proteccionista de la industria incipiente que había en el país económico, el socialismo se embanderó con el librecomercio en defensa de los “derechos de los consumidores”, sin entender que de lo que se hablaba era de medidas para lograr una mayor independencia económica, es decir, medidas “descolonizantes”. Es que una sociedad que depende de los suministros externos en bienes manufacturados se halla condicionada fuertemente por tal dependencia. Así, socialistas y comunistas se transformaron en el “ala izquierda” de esa Argentina europeísta y liberal, y fueron quedando cada vez más descolocados cuando esta gran estructura comenzó a desmoronarse y estalló luego de la gran crisis.
Lo ocurrido luego del famoso jueves negro en octubre de 1929 sólo podía resultar asombroso para observadores incautos. El aparatoso edificio de la Argentina liberal, europea y agroexportadora ya había entrado en crisis varios años antes del (primer) Centenario. Síntoma de tal crisis era la conflictividad social que obligó a la oligarquía a abandonar los devaneos reformistas y promulgar las leyes de Residencia y Orden Social. Represión por los “cosacos” de Ramón Falcón y Estado de Sitio fueron el rostro sin máscaras del estado liberal. Por otra parte, la U.C.R.- que significó la pinza política para debilitar al orden oligárquico y que accedió con Hipólito Yrigoyen a la presidencia por primera vez sin fraudes- demostró su incapacidad e inconsecuencia para conducir un proceso de liberación nacional. Durante las huelgas ocurridas durante la primer presidencia de Yrigoyen la represión superó en saña, violencia, masividad e ilegalidad a los terribles tiempos de Falcón.
Además, la Primera Guerra Mundial y en mucha mayor medida la crisis del ’30 estimularon cierto nivel de industrialización por sustitución de importaciones, proceso que se vio acompañado por un éxodo rural que hace entrar en contacto tangible y físico a las dos Argentinas: la Argentina “europea” de las áreas portuarias y la más latinoamericana del Interior. Pero el elemento que dio el golpe de gracia al orden oligárquico y su estado liberal y europeizante en gran medida provino desde el exterior, con los cambios que acompañaron al reemplazo de Inglaterra por Estados Unidos como poder dominante en el mundo. Es que la rubia Albión tenía una economía complementaria con la nuestra; mientras que la de E.E.U.U. competía por vender productos agropecuarios en el mercado mundial. Argentina se había especializado económicamente para ser “socio” de Inglaterra, para venderle carne, trigo, lana y cuero a cambio de sus bienes industriales, Cuando comienza el ascenso de Estados Unidos, nosotros no podemos redirigir nuestras exportaciones hacia el nuevo sol mundial, por la simple razón de que ellos eran productores de esos mismos bienes.
En esta Argentina surge el peronismo, emerge “el subsuelo de la patria sublevada”, como diría Raúl Scalabrini Ortiz, como si de una erupción volcánica se tratase. Es un movimiento que une todo aquello dejado afuera, ocultado, invisibilizado, por la “Organización Nacional”. Y levanta banderas de liberación nacional, que van, desde la integración de esas dos Argentinas que habían marchado paralelas, hasta el rechazo al vínculo neocolonial con Inglaterra y la resistencia a establecer un nuevo vínculo colonial con los Estados Unidos.
El lema “justicia social, independencia económica, soberanía política” hace clara referencia a estas cuestiones, a esta lucha por la liberación nacional y por definir una “Nueva Argentina”, alejada de aquella escenografía europeísta.
Y si bien el peronismo tenía contradicciones ideológicas muy fuertes (y las tiene hoy, y probablemente las seguirá teniendo) los partidos de izquierda se quedaron en el análisis de ese perfil ideológico y no lograron entender el carácter de “movimiento de liberación” que el peronismo asumía. Así, rechazaron al peronismo, lo acusaron de nazi-fascismo (otra vez, aplicar categorías extrañas, elaboradas en otras latitudes que no podían ni rozar la comprensión del nuevo movimiento). En su ensoñación de conducir a un proletariado cuasi virtual se pusieron en la vereda de enfrente de la clase obrera real y junto a los enemigos del pueblo y de la nación. Confundiendo la Argentina de 1945 con la Europa ocupada y arrasa por el hitlerismo, declararon que las masas obreras del 17 de Octubre eran multitudes de facinerosos y desclasados, y cerraron filas con las demás fuerzas de la Argentina europeísta: socialistas, comunistas, radicales, demoprogresistas y conservadores, clases medias y oligarcas; todos unidos en la Unión Democrática, a la que apoyaban el Partido Comunista (es decir, la URSS) y la gran conductora del aquelarre: la embajada de los Estados Unidos que buscaba sentar las bases del dominio norteamericano sobre el país. Durante los dos primeros mandatos de Perón, el nuevo movimiento realizó diversas síntesis en lo ideológico. Primero, en su conformación interna mezclando distintos orígenes políticos para dar lugar a una nueva identidad. Y también de los debates que nosotros glosábamos líneas arriba: en nuestra opinión carece de significatividad la polémica reforma-revolución. Las realizaciones de los dos primeros períodos del fundador- incuestionablemente favorables al pueblo- serían analizadas como procesos reformistas por una mirada marxista libresca. Pero si se analiza la situación de la economía nacional, los beneficios para los trabajadores, la capacidad de intervención estatal y la autonomía de la nación toda contra el orden capitalista mundial ¿Caben dudas que se trató de una revolución (nacional y popular)?
El peronismo, por supuesto, no está exento de sus coloridas y trágicas contradicciones: cuando olvida su rol de movimiento de liberación nacional (durante la nefasta década de los ’90) se transforma apenas en una fuerza de centro-derecha con rasgos populistas, una suerte de conservadurismo de masas. Pero son esas etapas las que permiten a los progresistas blandos, alardear de rumbos avanzados que sólo son posibles discursivamente cuando el gran barco justicialista orilla fuertemente a estribor. Los tiempos actuales son largamente elocuentes acerca de ciertas fuerzas, comunicadores, intelectuales y otras personalidades que cuando el Kirchnerismo coloco al peronismo a la izquierda, quedaron irremediablemente soldados a su derecha, y mostraron su verdadero rostro.
Sólo cuando el movimiento creado por el coronel sonriente y la siempre joven Eva recupera la memoria y pone en primer lugar la justicia social, la independencia económica y la soberanía política, se convierte en la columna vertebral de la larga marcha de la patria hacia su liberación. Entonces se da la mano con otras fuerzas, claramente de izquierda y se convierte en el único progresismo posible y existente. Lo mismo que decíamos poco antes puede afirmarse de los tiempos K: se trata de un gobierno reformista, dirían con más o menos petulancia los cultores del marxismo libresco.
Pero cerremos los ojos y evoquemos la Argentina durante los ’90 y hasta el 2003. ¿No es revolucionario que nuestro país integre la vanguardia de los gobiernos que batallan por la segunda independencia continental, que los organismos de derechos humanos tengan la recepción que logran en el actual gobierno, que los trabajadores hayan revertido el sometimiento patronal impuesto por el neoliberalismo, por citar sólo algunas cuestiones destacables? De modo que dejemos para revolucionarios de papel la disquisición acerca de si reforma o si revolución y vamos a sumergirnos de lleno en la militancia para que la consigna nunca menos se transforme de hecho en siempre más (a favor del pueblo y de la patria).
Este otro peronismo, seguramente el más genuino, el peronismo corrosivo, el peronismo disruptor, el que se remonta a Eva, al 17 de octubre (y que integra en síntesis de hecho las luchas obreras previas) que se nutre de la experiencia de la Resistencia, el de Cooke y el Perón de discurso tercermundista, el de La Tendencia y el camporismo, el del Grupo de los 8, el Frente Grande y el MTA, conduce claramente al kirchnerismo: la etapa superior del peronismo.
Gran parte de la izquierda tradicional ha realizado la autocrítica de sus errores en el ’45 (dos fracciones del P.C., algunos destacamentos del P.S). Otras, por el contrario, han tenido demasiadas dificultades para diagnosticar la realidad, no pueden comprender donde se hallan los enemigos históricos de la nación y del pueblo y mucho menos vincular los cambios sociales con el proceso de liberación nacional.
Por sus inocultables virtudes y pese a sus evidentes defectos el peronismo, se ha transformado en el eje inevitable de cualquier proceso de cambio social en la Argentina. Lo fue. Lo es. Y, posiblemente, lo seguirá siendo por mucho tiempo.
Fuente: Redacción Popular, 17.01.12

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América Latina y el modelo nacional

Por Washington Uranga

Los argentinos, esos ciudadanos que en algún tiempo nos sentimos “distintos” o “diferentes” a nuestros hermanos latinoamericanos, fuimos aprendiendo, especialmente a partir del conflicto de Malvinas, que existe una identidad latinoamericana que es inseparable de aquello que llamamos el ser nacional. Podría decirse que no hay ser nacional sin latinoamericaneidad o bien que el ser nacional supone aquella idea de la ciudadanía latinoamericana. Son historias entrelazadas y destinos cruzados, más allá de que aún haya quienes no quieran entenderlo así. Pero al margen de las lecturas ideológicas, desde un lugar mucho más pragmático, nadie podría negar que en el actual mundo de la globalización las únicas posibilidades de un futuro mejor –así éste no alcance sino el umbral de lo digno– pasa por la constitución de bloques regionales que se apoyen en la complementariedad de los recursos y de las acciones.

Los últimos episodios sobre el mismo tema Malvinas, desde la solidaridad del Mercosur con Argentina hasta la ofensiva británica para desmantelar la actitud del bloque regional, mostraron nuevamente el valor de la construcción política entre los países hermanos. En este caso la solidaridad se ubicó incluso por encima de las evidentes diferencias ideológicas que separan a los actuales gobiernos de Chile y Argentina.

Pero la cuestión de la unidad latinoamericana va más allá de las alianzas coyunturales o de la solidaridad frente a la bravuconada de una potencia extra regional. Aunque siempre lo fue, se hace cada día más importante tomar en cuenta que la unidad latinoamericana es un dato esencial de una propuesta de futuro para el país. En otras palabras, se puede decir que el componente latinoamericano es parte indisociable de lo que se denomina “el modelo nacional”. Porque lo real es que en términos políticos, económicos, culturales, pero también ciudadanos, no hay futuro para los pueblos de esta región sin una perspectiva integradora, sin una acción conjunta no solo en términos defensivos o de resistencia a las presiones del poder internacional, sino fundamentalmente desde una mirada de nación latinoamericana, la misma que muchos y en tiempos no tan lejos denominaron “la patria grande”.

El Mercosur, la Unasur y la más reciente Celac han sido y son ámbitos importantes. Se trata de espacios de acción política y económica. Sin embargo, en términos reales, concretos y operativos, estas alianzas están restringidas en su agenda y limitadas a la acción de los Estados y, para ser aún más precisos, de parte de la dirigencia gubernamental. Si en muchos ámbitos avanzamos hoy en el reconocimiento de que la público y las políticas públicas no pueden quedar exclusivamente restringidas a la acción del Estado –menos del Gobierno–, aunque esta presencia sea indispensable, se puede afirmar que también en la construcción del sentido de la latinoamericaneidad es necesario ampliar la mirada e involucrar en este proceso a referentes ciudadanos a través de actores protagónicos de la sociedad civil. El proyecto latinoamericano se construye desde los estados, con la participación activa de los gobiernos, pero con la presencia también indispensable e indeclinable de actores de la sociedad civil. Siempre se da por sentado que los empresarios deben estar presentes en estas mesas de negociación y construcción. De la misma manera se suele excluir con demasiada asiduidad a otros protagonistas no menos importantes, como aquellos que aportan en el campo de la salud, la educación y la cultura, para mencionar tan solo algunos espacios clave en este proceso.

Todo en el convencimiento de que el modelo nacional supone un modelo latinoamericano y que se trata de dos costados inseparables de la misma construcción política, económica, cultural y social. De allí también la importancia estratégica de cada gesto que signifique, para nosotros y para el mundo, reafirmar los lazos solidarios que unen a los pueblos de esta parte del mundo.

Fuente: Página 12, 13.01.12

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¿INTELECTUALES ORGÁNICOS O LIBREPENSADORES?

 

Zapatos de Plataforma 2012

 

Por Demetrio Iramain *
Sin dudas, es preferible el intelectual que sacrifica dosis de libertad individual en pos del bien social superior que supone la supervivencia de un proyecto emancipador, antes que el librepensador mítico de las sociedades liberales, héroe individual de las repúblicas burguesas.

Más allá del fracaso lindante con el ridículo que rodeó el nacimiento del grupo de pensadores antioficialistas, reunidos bajo el pretencioso nombre Plataforma 2012, su surgimiento trae al ruedo el papel de los intelectuales en la vida social y política en la actual circunstancia histórica. Ya veníamos sobreexcitados con el malogrado reportaje al filósofo José Pablo Feinmann, publicado en La Nación, y ahora esto. Es para aprovechar.
Resulta una deuda histórica dotar de carga positiva al rol de intelectuales orgánicos, militantes, conscientes miembros de un proceso social mucho más vasto, que cumplan con humildad aunque implacablemente un papel determinado en el proyecto colectivo, sin reclamar para sí privilegios particulares por contribuir a él con su pensamiento, su razón, su capacidad de análisis, y no con la fuerza o el trabajo manual.
Ya lo dijo Cristina en Huracán: la responsabilidad del ahora es profundizar la organización popular, ser orgánicos de la transformación, y abandonar pedanterías y jactancias personales que sólo sirven para alejar a la gente de la política, porque la hacen creer que ella es apenas una feria de vanidades.
Sin dudas, es preferible el intelectual que sacrifica dosis de libertad individual en pos del bien social superior que supone la supervivencia de un proyecto emancipador, antes que el librepensador mítico de las sociedades liberales, héroe individual de las repúblicas burguesas. Al menos, así pensaba (y dio la vida por ello) Haroldo Conti, quien en la carta de renuncia a la beca ofrecida por la estadounidense Fundación Guggenheim esto escribió: “se impone la claridad y la coherencia como deberes ineludibles del intelectual latinoamericano, cuya condición de ninguna manera entraña un privilegio sino una entera y exigente militancia”.
Los intelectuales que se sumen a los proyectos transformadores de las sociedades de su tiempo deben aportar claridad para hacerlos comprensibles, fructíferos, viables, y no esperarse de ellos únicamente sermones u observaciones críticas, que los salvaguarden particularmente de eventuales errores colectivos. El revolucionario salvadoreño Roque Dalton, que era poeta en su especificidad intelectual, no se privó de la crítica, apeló al humor y la poesía para pronunciarla, y eso no le impidió aceptar todas las tareas militantes que le fueron encomendadas. Lo mismo para Rodolfo Walsh, Francisco “Paco” Urondo, Roberto Santoro, y tantos otros brillantes cerebros que dejaron como legado para las siguientes generaciones de revolucionarios, no sólo el contenido de su obra intelectual, también sus lúcidas discrepancias con quienes los conducían, sino además su claro ejemplo en la conducta, la humildad y el compañerismo. El intelectual comprometido con su pueblo debe ser, ante todo, un gran humanista.
Por cierto, al día de hoy no se observan argumentos sólidos, o medianamente atendibles, para “correr” al gobierno por izquierda. Ni siquiera proviniendo ese reto desde el campo del saber. Porque “correr” es una cosa, propia de la  picardía en las argumentaciones, y otra muy distinta es disentir puntualmente con algo o alguien, pero atendiendo el conjunto y dando cuenta de la totalidad.
Sobreactuar las discrepancias por izquierda para que parezcan independencia de criterios, ¿qué aporta? ¿Es de izquierda hacer eso? ¿Pedirle al modelo que se profundice, sin integrarlo, sin componerlo, sin haber puesto el cuerpo por él en sus batallas más urgentes, o todavía peor, después de haberlo abandonado en su circunstancia más difícil?
Hay quien reclama despechadamente cargos u otras dispensas, justificándose en las veces que “salimos a la calle a defenderlo”. ¿A defenderlo a quién? ¿Al gobierno, como si fuera una ajenidad y no una construcción social, histórica, fruto de un proceso popular? ¿Decir Cristina o Néstor en tercera persona? Cada vez que salimos a la calle, ¿no fue en defensa propia, y también para atacar a nuestros eternos contrarios, enemigos históricos de lo popular? Quien no se siente parte “de”, ya forma parte de otra cosa.
Muchos se justifican por izquierda pero en el fondo reclaman más derecha. Queda bien. Son más fáciles las discusiones en los asados de fin de año. Dicen querer “escapar al efecto impositivo de un discurso hegemónico”. ¡En las páginas contrahegemónicas de La Nación, lo dicen! ¡En los múltiples soportes comunicacionales del “alternativo” Grupo Clarín, se quejan! ¿Acaso Beatriz Sarlo es contracultural? ¿Conoce usted alguna otra experiencia gubernamental, más o menos contemporánea, que haya sido tanto o más ofensiva respecto de viejas hegemonías, culturales y, claro que sí, materiales, que todavía hoy insisten en querer tutelar nuestra sociedad?
“Cuando decís que no hemos resuelto la exclusión social, sos injusto y cómodo a la vez”, le escribió Néstor Kirchner a Feinmann, el filósofo, en un mail que cada día cobra mayor sentido. En otro párrafo, afirmó que los intelectuales que abordan la cuestión política deben “análisis más profundos y piadosos, pero siempre con los pies en la tierra”. “Ser intelectual no significa mostrarse diferente, tal como ser valiente no implica mirar a los demás desde la cima de la montaña”, señaló antes del siguiente remate, ciertamente monumental: “Vos y yo no pensamos tan diferente, sino que tenés miedo. Miedo de que te confundan, porque creés que la individualidad te va a preservar. Pero no te olvides que pertenecemos a una generación que siempre creyó en las construcciones colectivas. La individualidad te pondrá en el firmamento pero sólo la construcción colectiva nos reivindicará frente a la historia. Al fin y al cabo todos somos pasantes” de ella.
Zapatos de Plataforma 2012, lejos del suelo, a suficiente altura como para no quemarse los pies con la lava de la superficie, donde se libra a suerte y verdad la correlación de fuerzas entre el cambio y la reacción. Entre el Sur organizado, sintetizado y unido, y la antipatria. Entre quienes creen que es culpa del capitalismo y luchan en consecuencia, y quienes ya no creen en nada, y le echan toda la culpa toda al hombre, con esa gracia tan propia, tan torpe, tan fuera de foco, de la intelectualidad librepensadora, sin compromiso alguno con nada, ni con nadie, excepto con sí mismos y su iluminada razón.

* Periodista y poeta

Fuente: Tiempo Argentino, 12.01.12

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La Esperanza como bandera 

Por Horacio Ramos*

 

“La esperanza es un niño ilegal, inocente, reparte sus volantes, anda contra la sombra.”

Juan Gelman 

18 de abril del ’91, otoño en Buenos Aires. Aquella tarde, en el legendario “Café Tortoni”, dieciséis compañeros se habían dado cita con el propósito de editar una revista que contuviera en sus páginas el debate abierto que, a partir de la desaparición del campo socialista y el avance ya hegemónico del neoliberalismo, se iba desplegando no sólo en el espacio de la izquierda en la Argentina, sino también en el plano internacional. Decidimos, entonces, lanzar nuestra publicación el 1º de octubre de ese año, y establecer además nuestro refugio esperanzado en Avenida de Mayo 1370, en el piso 14º. Porque, es cierto, la esperanza era para nosotros una campana con el badajo siempre alerta, porque al igual que el dedo pulgar para los viejos campesinos, vaticina de dónde soplan los vientos e informa hacia dónde van. No en vano, teníamos presente en los anaqueles de la memoria las serenas reflexiones de la psicoanalista Silvia Bleichmar: “La esperanza implica partir de condiciones reales y plantear soluciones creativas. La ilusión está fuera de la realidad, espera que las cosas se compongan mágicamente.”

No obstante, no era fácil. La Argentina, en esos años, se desplazaba entre la fascinación y el asco, ya que salpicaba su paisaje la palabra y el gesto cínico de Carlos Menem, edificando, en medio de la descomposición y de una frivolidad sin límites, la “Segunda Década Infame.”   

La Alianza

La Alianza para la Justicia, el Trabajo y la Educación, surgió del acuerdo entre la Unión Cívica Radical (UCR) y el Frente País Solidario (FREPASO), quienes realizaron su elección interna abierta el 29 de noviembre de 1998, donde el radical Fernando de la Rúa superó a la frepasista Graciela Fernández Meijide. Por su parte, en las filas del justicialismo, frustradas las intenciones de Menem de “reelegirse”, se consolidó la fórmula Eduardo Duhalde y Ramón “Palito” Ortega, quienes fueron luego derrotados en la elección nacional por los candidatos de la Alianza, de la Rúa – Chacho Álvarez, con el 48,5 por ciento de los votos, sobre el 38 por ciento de los justicialistas. Así fue que el dirigente radical, integrante del ala derecha de su partido, enfrentó a Duhalde con los instrumentos de la llamada “videopolítica”. Por eso, en su campaña evitó las definiciones contundentes sobre su futura acción (hablaba con “la precisión de la ambigüedad”, decían los militantes veteranos), y concentró su presencia en un spot televisivo, tomando el argumento con el que más se lo atacaba -“Dicen que soy aburrido-“. Y eso lo convirtió en virtud republicana. Asimismo, contaba a su lado con Chacho Álvarez como vicepresidente, un trasgresor de la ortodoxia, dirigente honesto que balanceaba el perfil timorato del radical, con su impronta popular y carismática. Sin embargo, negros nubarrones que anunciaban recios vendavales de raíz insospechable, asomarían en el horizonte de la coalición.

Los acontecimientos se precipitaron. Porque de la “Carta a los Argentinos”, un mensaje de la Alianza que hacía presumir la aparición de un cuadro de mediana sensatez y equilibrio en el manejo de los negocios públicos, se continuó persistiendo en los famosos “blindajes” que aconsejó el Fondo Monetario Internacional (FMI), ahondando con otras medidas el rumbo derechista del gobierno. Así se arribó al escándalo de la Reforma Laboral (tarjeta “Banelco” de por medio), al ajuste del 13 por ciento a las jubilaciones y sueldos de los empleados estatales, el “tijeretazo” contra el presupuesto universitario, la eliminación del régimen estatal de reparto para los jubilados supliéndolo por las AFJP, la desregulación de las Obras Sociales, la nefasta posición en contra de Cuba, y el paraguas protector de López Murphy a los militares cuestionados por los organismos de Derechos Humanos. Todo esto culminó con la represión de aquel “diciembre sangriento de 2001”, que dejó la secuela de 32 víctimas fatales en aras de un gobierno cruel que, cobardemente, huyó en helicóptero mientras nuestro pueblo comenzaba a llorar, desolado, a quienes habían muerto por soñar otro país.

De pronto, las utopías

Al poco tiempo, con la aparición del Nº 69 en mayo de 2003, trasladamos el manantial de nuestras utopías al tercer piso de Viamonte 1716, en momentos excitantes para la nación, pues se abría de pronto un camino inadvertido y pleno de interrogantes para el conjunto del pueblo. Al respecto, este cronista tituló su nota en aquel ejemplar de “Tesis 11”, “El nuevo escenario nacional”, en el que pretendía descorrer el velo de la cambiante realidad, explicitando el cúmulo de inquietudes que agitaban el corazón de la Patria: “Luego de la huida de Carlos Menem ante el generalizado repudio de la ciudadanía, un horizonte inédito se abre en la Argentina. En efecto, Néstor Kirchner tendrá la responsabilidad de presidir la Nación en los próximos cuatro años. ¿Quién hubiese pensado, a fines de 1999, que Eduardo Duhalde iba a salir del ostracismo para convertirse, en el 2003, en el demiurgo de esta etapa? ¿Quién hubiera imaginado que Fernando de la Rúa y Carlos Menem habrían de terminar sus vidas políticas, prisioneros del escándalo y el odio de su pueblo? Derroteros inesperados y escabrosos los que suele reservar la historia a quienes, groseramente, van deambulando, permanentemente, entre la impudicia y la corrupción. Ahora, ¿qué podemos aguardar de los protagonistas surgidos de esta tragicomedia? ¿Abordará, Kirchner, los desafíos que le planteará el futuro, con la racionalidad y el gesto nacional que prometió en la campaña? ¿Será capaz de ir diseñando otro destino para la tierra de los argentinos?

Extraño. Fue como un sacudón en medio de la conciencia poder escuchar de la boca de un presidente argentino y ante el estupor de un pueblo en vigilia, aquellas palabras que subrayaron el discurso de Néstor Kirchner al asumir su cargo el 25 de mayo de 2003: “Formo parte de una generación diezmada, castigada con dolorosas ausencias; me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a los que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada”.

Pero no era sólo la Argentina, sino el mundo entero el que estaba azorado ante el triunfo de este protagonista crecido en aquel desierto territorio del sur, esa Patagonia abrumada por el viento helado, y el silencio impenetrable. Porque era un hecho que marchaba a contrapelo de un progresismo trasnochado que no entendía nada, de un establishment hundido en el desconcierto, y hasta de algún  sector de una dogmática izquierda en decadencia, a la que ya había descalificado en su tiempo la ironía sutil pero franca de Raúl González Tuñón: “La madrugada y la Revolución, cada vez tienen peores compañías

Asimismo, también hubo quien alzó su voz, su estatura moral y su análisis político, para expresar su regocijo por el arribo de Kirchner al gobierno. Así comentó, Fidel Castro, en el libro de Ignacio Ramonet “Cien horas con Fidel”, la sensación que le produjo el cambio repentino en la Argentina: “Cuando en mayo de 2003 llegaron las noticias del resultado electoral en Argentina, y el anuncio de la victoria de Néstor Kirchner y la derrota de Carlos Menem, sentí gran satisfacción. ¿Por qué? Hay una razón importante: lo peor del capitalismo salvaje, como diría Chávez, lo peor de la globalización neoliberal en el país latinoamericano que se había convertido en símbolo por excelencia del neoliberalismo, sufrió una derrota. Los argentinos, aunque lejos de alcanzar las metas más deseadas, no saben del servicio que le han prestado a América Latina y al mundo, al hundir en la fosa más profunda del Pacífico, de más de 8 mil metros, un importante símbolo de la globalización neoliberal.”

Un pingüino en Balcarce 50 

Néstor  Kirchner no presumía de ser buen orador, porque su lenguaje estaba exento de prolijidades y oropeles; muy por el contrario, su discurso estaba plagado de anécdotas, reiteraciones y jugosas frases que deleitaban a los militantes, pues les recordaba los gritos de la calle o el jubiloso tumulto de las barricadas de otro tiempo. El patagónico prefería la acción cotidiana, la gestión pública a puro ensayo y error, en caliente, compartida con cada integrante de su gabinete “jeta a jeta”. ¿Cuáles fueron las primeras señales? La prioritaria fue el restablecimiento de la autoridad presidencial, la demostración tácita de que en el Estado Democrático había quien ejercía la máxima representación que confiere la Constitución Nacional. Desde ese signo de largada, comenzó la recuperación económica basada en la producción y no en la especulación financiera, como en los ’90. De ese modo, empeñó su esfuerzo en la protección del mercado interno (notoria baja de la desocupación, aumento de salarios y jubilaciones); medidas activas en favor de la industria, regreso de planes de obras públicas; notable reestructuración de la deuda externa y quiebre de la agraviante relación con el FMI; retenciones a la renta generada por las exportaciones.

 Además, en el plano institucional se conformó una Corte Suprema de Justicia compuesta, humana y profesionalmente, por destacadas personalidades; se asumió la defensa inclaudicable de los Derechos Humanos; se dignificó a la tercera edad incorporando excelencia en la dirección del PAMI; se puso de manifiesto una política exterior independiente que nos une a nuestros hermanos de la Patria Grande, derrumbando al ALCA en Mar del Plata y reforzando el Mercosur.  

En sólo cuatro años, el presidente Kirchner puso “de pie” a la Argentina, la restituyó del naufragio y la echó a andar.  Ésta ha sido una verdad que aún rompe los ojos.

La hora de Cristina

El 23 de octubre de 2011, nuestro país se sumergió en “la madre de todas las batallas.” ¿Qué se jugaba? Si Argentina retornaba a deambular por los oscuros meandros del pasado neoliberal, o mantenía el rumbo imaginado en el 2003 por Néstor y que hoy, Cristina, prolonga alimentándolo con su tenaz impronta política. Ella ya lo había mencionado en Chubut, en diciembre de 2007: “Desde este lugar al que jamás soñé llegar, honraré mi compromiso militante de toda la vida. Creo en las convicciones, sueños y utopías que me llevaron a considerar a la política como un instrumento de dignidad.”

Por eso, la jornada de octubre, vivificada por el viento del pueblo, tuvo nombre de mujer. Es que la tozudez de los hechos supo destruir la alquimia degradada de los cómplices del miedo, por la sola presencia de una Confluencia Nacional de Mayorías que vistió al paisaje de victoria. Frente a este punto de encuentro popular y democrático, uno solamente puede acudir a las palabras transparentes del viejo Hegel: “La realidad no está emparentada con la magia, sino con la astucia de la razón.” Porque ahí estarán, de ahora y para siempre, no sólo lo que ya se ha conseguido, sino también la Asignación Universal para Hijos y Madres Embarazadas, el retorno de los fondos previsionales y la ley de Matrimonio Igualitario. Y así de seguido. Sin olvidar el protagonismo adquirido en UNASUR, MERCOSUR, así como el rol en las Naciones Unidas integrando el G-20 (las naciones más importantes en materia económica) y en el bloque mayoritario de los 77 países más China, que este año presidimos. 

Ahora, la profundización del cambio

Por supuesto,  el enemigo no duerme. Y por eso es necesario estar bien preparados para resistir los embates de la reacción, que no cejará  en poner obstáculos en los días que vendrán. Porque profundizar el cambio, significa mejorar la distribución de la riqueza, modificar el régimen tributario (que pague más el que más gana), gravar la renta financiera, limitar la propiedad de la tierra, aplicar sin titubeos la Ley de Medios, creación de una verdadera red de viviendas populares y acceso fácil al crédito bancario de las jóvenes parejas. Y de este modo, al explorar con firmeza el porvenir, seguir construyendo una Patria sin tutores, donde cada argentino sea hermano de su prójimo, y no lobo de su semejante.

En consecuencia, para quienes desde “Tesis 11” persistimos en continuar por el sendero que nos legaron muchos queridos compañeros que ya nos han dejado, algunos de ellos fundadores y otros que se  fueron incorporando a lo largo de los años como Oscar Carnota, José María Lanao, Marcos Pregoshin, Bernardo Feder, Feliciano López, Abel García Barceló, Gervasio Paz, Roberto Grana, Alfredo García, Cacho Torres y Rubén Broitman, el futuro lo iremos proyectando, entre todos, a la medida de las necesidades de nuestro pueblo, con el aporte de los veteranos de mil combates, y de la feliz aparición en la arena política de una juventud lúcida, sin sombras de historias fracasadas.

De ahí que apostemos con decisión a la audacia que anida en la Esperanza. Porque en esta hermosa época argentina, creemos nosotros, ya no hay más sitio para el “lavamanos” de los neutrales.

*Este artículo fue publicado en el 20° Aniversario del lanzamiento de Tesis 11, “Tesis 11″/N° 100 (www.tesis11.org.ar). Su autor dirige el periódico “Nuevos Aires (www.nuevosairesportal.com.ar)ellaneda por el R.H.A.J. (Revisionismo Histórico Argentino Joven).

Fuente: Correo de amigos, 06.12.11 

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