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Archive for the ‘10. Bicentenarios’ Category

José Gervasio Artigas,

el héroe incómodo de la Revolución de Mayo

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Por Eduardo Anguita
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La historia popular y federalista rioplatense reconoce en Artigas a un gran revolucionario.

El 24 de septiembre de 1850, una necrológica fechada en Asunción del Paraguay decía con tono lacónico: “Sólo cuatro personas acompañaron a la tumba los restos mortales de quien fuera ilustre caudillo en tierras del Plata, José Artigas. No hubo siquiera cortejo fúnebre para ese oriental que muere justo treinta años después de su expatriación, en la más absoluta pobreza y en el mayor de los desamparos. Mientras tanto, sus compatriotas siguen sin encontrar una fórmula que les permita vivir en paz.”

Artigas moría en el lugar que había elegido en 1820 para exiliarse. Había batallado una década, convirtiéndose en el Protector de los pueblos libres, en una referencia imprescindible para la idea del federalismo popular. Sin embargo, las diferencias entre Artigas y los caudillos de Entre Ríos, Francisco Ramírez, y de Santa Fe, Estanislao López, habían pasado al enfrentamiento abierto. En ese 1820, López y Ramírez habían derrotado a los unitarios porteños en la batalla de Cepeda. Entraron a la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo) y algunos soñaron con que las cosas cambiarían. Pero, de inmediato, los jefes federales firmaron un acuerdo –el Pacto de Pilar– con el gobernador de Buenos Aires Manuel de Sarratea, viejo enemigo de Artigas. El pacto establecía que se le diera “vista” al caudillo de la provincia oriental. Pero no lo habían consultado antes. Y las tensiones aumentaron, al punto tal que las tropas entrerrianas de Ramírez y las orientales de Artigas terminaron chocando en la batalla de Las Tunas. Ramírez triunfaba y Artigas con los suyos fue a Corrientes, donde encontró el apoyo de caciques guaraníes. Artigas, con todo el dolor a cuestas, cruzó el Paraná y se dirigió a Asunción, donde el dictador Gaspar Rodríguez de Francia lo acogería.

A los 86 años, de manera súbita, terminaban los días de Artigas entre los mortales. Apenas habían pasado 48 horas del comienzo de la primavera en Paraguay. Veinte años más tarde, esas tierras eran regadas de sangre por la guerra de la triple alianza. Las provincias unidas del Río de la Plata, el sueño de Artigas y de muchos federales, había dejado paso a la hegemonía liberal porteña, heredera de los unitarios de Buenos Aires, que detestaban al caudillo de la provincia oriental.

¿Quién era Artigas? El verdadero Artigas era ocultado por la historiografía liberal creada al compás del genocidio en Paraguay. Bartolomé Mitre, responsable en la Argentina de aquella invasión y pionero del relato liberal porteño de la historia, en carta a Vicente Fidel López, decía: “Los dos, usted y yo, hemos tenido la misma predilección por las grandes figuras y las mismas repulsiones contra los bárbaros desorganizadores como Artigas, a quienes hemos enterrado históricamente.”

El también historiador y político liberal López no se quedaba atrás al referirse al líder federal: “Artigas fue un malvado, un caudillo nómade y sanguinario, señor de horca y cuchillo, de vidas y haciendas, aborrecido por los orientales que un día llegaron hasta resignarse con la dominación portuguesa antes que vivir bajo la ley del aduar de aquel bárbaro.”

Por el contrario, la historia popular y federalista rioplatense reconoce en Artigas a un gran revolucionario. Un caudillo de a caballo y de armas llevar que fue, a la vez, un lúcido pionero del voto popular, cuando la democracia directa no se practicaba en ninguna nación europea ni en el norte de América. Artigas llevó a cabo la primera reforma agraria de América latina. Fue un promotor incansable del federalismo y peleó contra las minorías librecambistas aliadas a los intereses británicos que pretendían mantener el monopolio de la renta portuaria. El ideario artiguista no pensaba en el paisito sino en la unión de los pueblos libres que habitan los territorios de las actuales Argentina, Uruguay, Bolivia y Paraguay.

Tras haber sido cuatrero y vivir con los indios y los criollos del campo, Artigas entró a la milicia en el llamado Regimiento de Blandengues. Al poco tiempo, la milicia lo convocaba a filas. Se producían las invasiones inglesas y Artigas participó tanto de la reconquista de Buenos Aires como de la defensa de Montevideo. Artigas peleó nuevamente contra los ingleses.

El grito de libertad. La creación de la Junta Revolucionaria en mayo de 1810 produjo que la autoridad virreinal recayera sobre las espaldas de Francisco Javier De Elío, hasta entonces gobernador de la corona en Montevideo, quien mandó a Artigas al frente de los blandengues a sofocar los levantamientos patriotas en Entre Ríos. Sin embargo, los patriotas los rechazaron y los enviados por De Elío retrocedieron hasta Colonia. Tras esa primera acción a favor de España, de inmediato Artigas se identificó con la causa y, en febrero de 1811, desertó. No era fácil para un hombre que tenía a toda su familia en Montevideo. Junto a un puñado de blandengues que lo siguieron, cruzó a Buenos Aires y se puso a las órdenes de la Junta Grande. De inmediato, le fue encomendado sumar su prestigio y su experiencia al sitio de Montevideo iniciado por las tropas porteñas. Fue entonces que Artigas lanzó una proclama a los orientales para que se sumaran a la gesta independentista. Esa convocatoria terminaba de modo vibrante: “¡A la empresa compatriotas! Que el triunfo es nuestro. Vencer o morir sea nuestra cifra. Y tiemblen estos tiranos de haber excitado vuestro enojo sin advertir que los americanos del sur están dispuestos a defender su patria y a morir antes con honor que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio.”

Es preciso advertir que Artigas, cuando hablaba de Patria, se refería a la América del sur y no a la provincia Oriental, que veía como una parte más de ese sueño compartido por otros patriotas latinoamericanos. El llamado de Artigas corrió como reguero de pólvora. Y se lanzó, al frente de una tropa bisoña, a combatir al ejército colonial. El caudillo oriental no tenía formación en la academia militar. Pero eso no le impidió preparar con visión táctica y estratégica el enfrentamiento con un ejército profesional. Artigas venció a las tropas del virrey en el paraje de Las Piedras, al este de Montevideo y cerca del Río de la Plata.

A tal punto esta batalla es parte de la revolución de las provincias unidas que el himno nacional, en su versión completa, reconoce “ambas Piedras, Salta y Tucumán”. La otra batalla de Las Piedras fue pocos meses después y correspondió a un combate del Ejército del Norte, en Salta, donde también las armas patriotas se impusieron sobre las fuerzas realistas.

Este himno era un texto escrito por Vicente López y Planes que fue aprobado por la Asamblea del año XIII. Pero la historia de la independencia está poblada de paradojas. En este caso, al menos, dos paradojas. Una es que el autor de estas letras que incluyen el triunfo artiguista es el padre del historiador Vicente Fidel López que detestaba al caudillo oriental. La otra es que aquella asamblea pretendía ser fundacional de las provincias unidas. Sin embargo, los delegados de la Banda Oriental fueron segregados.

El triunfo de Las Piedras no era interpretado de la misma manera por quienes se reivindicaban parte de la Provincia Oriental y quienes tenían una visión porteña y centralista. En apenas dos años, salían a luz las diferencias políticas y también los intereses contradictorios de quienes pugnaban por profundizar una revolución soberana y quienes buscaban privilegiar los intereses del librecambismo británico.

Artigas, además de ser un referente para otros caudillos federales, estaba en un territorio en el que a las coronas británica y española se sumaba la del imperio portugués. A tal punto el escenario oriental era complejo, que para desalojar a quienes sitiaban a Montevideo, el virrey De Elío autorizó a los portugueses a que se adentraran en territorio oriental para aniquilar a las tropas patriotas. Pero, a su vez, ante esa decisión, el gobierno porteño decidió pactar con De Elío y levantar el sitio.

La redota. Artigas quedaba en una situación más que desfavorable: peleaba contra los españoles a los que se sumaban ahora los portugueses y no estaba dispuesto a aceptar ese pacto. En vez de deprimirse, encabezó el éxodo oriental. Esa gesta consistía en partir hasta un lugar seguro como fue Ayuí, en la margen occidental del río Uruguay, en territorio entrerriano, donde luego se fundó la ciudad de Concordia. La Redota, así la bautizaron los paisanos orientales. Era una curiosa acepción popular de derrota. Pero que no puede ser calificada como tal porque dejó a Artigas como el primero de los líderes federales que se plantaban con firmeza ante las decisiones centralistas de Buenos Aires.

Los oficios diplomáticos británicos obligaron al retiro de las tropas portuguesas. Y esa orden se plasmó en un tratado, firmado en mayo de 1812, que aquietó los conflictos entre centralistas porteños y artiguistas. En efecto, el Primer Triunvirato había reemplazado a la Junta Grande. Se trataba de un gobierno centralista porteño. Manuel de Sarratea, uno de los triunviros, fue a controlar la salida de los portugueses y, de paso, intentó poner autoridad sobre Artigas. Autoridad que incluía robarle las armas y las caballadas. Pero los orientales no se dejaron avasallar. En la navidad de 1812, desde su campamento en Costa del Yi, en el centro mismo de las tierras uruguayas, Artigas le envió una carta a Sarratea donde afirmaba que “el pueblo de Buenos Aires es y será siempre nuestro hermano, pero nunca su gobierno actual”. De inmediato, invita al representante del gobierno porteño a retirarse. Lejos de aceptar el convite, Sarratea lo declara “traidor a la Patria”.

Ese mismo año, el campamento de Artigas fue el lugar donde se eligieron los diputados para la Asamblea General Constituyente del año 1813 a celebrarse en Buenos Aires. Allí, los presentes votaron las instrucciones que, básicamente, reclamaban la independencia del poder español, libertad civil y religiosa y la organización de un gobierno republicano. El gran tema era el federalismo, tema que distanciaba a Artigas del gobierno porteño. Para neutralizar al oriental, el general Rondeau armó un encuentro paralelo que pretendía reemplazar a estos legítimos delegados. La brecha entre la Banda Oriental y Buenos Aires se hacía insalvable. Ante el atropello a la voluntad popular, Artigas abandonó el sitio de Montevideo a mediados de enero de 1814.

El protector de los pueblos. Los desaires del gobierno centralista con varias provincias llevaron a que Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, las Misiones y parte de Córdoba se unieran a la provincia Oriental con el nombre de Liga Federal. Se constituyeron como “pueblos libres” y nombraron a Artigas su “protector”. Se dio una circunstancia que muestra palmariamente la coherencia del caudillo oriental. El general español Joaquín de la Pezuela derrotaba a las tropas del general Rondeau. Conciente de las diferencias entre Artigas y Rondeau, de la Pezuela le ofrece un entendimiento. La respuesta de Artigas al intento de soborno español fue contundente: “Han ofendido mi carácter cuando le informaron que yo defiendo a su rey. Si las desavenencias domésticas han lisonjeado el deseo de quienes claman por el dominio español, sepa que no soy vendible ni quiero más premio que ver libre a mi Nación.”

El gobierno porteño le ofreció una negociación: la independencia de la Banda Oriental a cambio de que Entre Ríos y Corrientes quedaran bajo dominio porteño. Artigas se negó y una nueva expedición porteña va a castigarlo. Artigas llevaba años peleando contra España y Portugal, no quería separarse de Buenos Aires pero peleaba por la igualdad de las provincias desde una visión federal. Los sacrificios del oriental dieron, una vez más, sus frutos. Un tratado de paz y amistad firmado por las autoridades de Buenos Aires y Artigas ratificó el legítimo gobierno de este y afirmaba que tanto Entre Ríos como Corrientes podían ponerse “bajo la protección de quien gusten”.

El congreso de los pueblos libres. Llegó entonces uno de los momentos culminantes de la carrera de Artigas como brillante político de todos los territorios que conformaron ese espacio de federalismo. El oriental convocó al congreso de Oriente o Congreso de los pueblos libres. Se llevó a cabo en el Arroyo de la China, en Concepción del Uruguay, que por entonces era la capital entrerriana. Concurrieron diputados de Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, Córdoba y de la provincia Oriental. Los de las Misiones (departamentos de Yapeyú y Concepción) no llegaron a tiempo, pero se alineaban con Artigas y tenían como líder a Andrés Guacurarí, el indio guaraní que sumó Artigas como segundo apellido.

Ese congreso, que sesionó en junio de 1815 proclamó la independencia de los territorios de las provincias unidas. Sucedió un año y unos días antes del congreso de Tucumán, manejado por los centralistas porteños. Estas provincias no asistieron al encuentro de Tucumán. La importancia, más allá de los desencuentros entre centralistas y federales, está en la decisión de Artigas de avanzar en profundos cambios sociales. El congreso de Oriente decidió una reforma agraria que incluía tierras para “los negros libres, los zambos de toda clase, los indios y los criollos pobres”.

1820. Las desavenencias con otros jefes federales hicieron que Artigas terminara cruzando las armas de sus valientes con otros no menos valientes gauchos federales. Como se decía al principio de esta nota, el caudillo entrerriano Francisco Ramírez venció en Cepeda a los unitarios porteños. Pero de inmediato quiso desplazar a Artigas y formar una república independiente en la Mesopotamia, con epicentro en Entre Ríos y sumando la provincia de Corrientes así como las Misiones. Ramírez tuvo el visto bueno de las autoridades porteñas, que pretendían desterrar definitivamente al caudillo oriental. Entre junio y julio de 1820, las tropas de Artigas y de Ramírez chocaron varias veces. Artigas, en el combate de Las Tunas pudo salvarse gracias a que su hijo primogénito Manuel lo subió en ancas de su propio caballo. El primer revolucionario del Plata, a diez años de haber sumado su capacidad y su entusiasmo a la causa revolucionaria, estaba sin fuerzas militares y con un escenario político desfavorable. Tras los choques con Ramírez estuvo un tiempo en los Esteros del Iberá.

Artigas decidió partir a Paraguay. Los porteños centralistas festejaban, querían sellar de modo definitivo que la provincia Oriental se convirtiera en una república separada, en 1825. Se consumaban los planes británicos para la América del sur. Ramírez logró proclamarse jefe Supremo de esa República de Entre Ríos en noviembre de 1820. Fue una jefatura más que efímera. Las coincidencias entre jefes federales no eran muchas y las intrigas de sus enemigos se colaban en sus propios planes. Ramírez murió en combate en julio de 1821, en Córdoba.

Estos hechos cristalizan una etapa trágica para quienes querían una Patria Grande y Federal sin el tutelaje del patriciado porteño. La historiografía liberal quiso borrar las huellas de identidad popular de aquellos caudillos. Por eso, la conmemoración de la Revolución de Mayo en la Argentina, no puede dejar de recordar a José Artigas como una figura central de la gesta independentista.

Fuente: Miradas al Sur, 19.05.2013

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EL FESTEJO

BICENTENARIO DE LA ASAMBLEA DEL AÑO XIII

El día en que la Plaza de Mayo fue una fiesta inédita

La Plaza de Mayo ayer albergó en el festejo por la Asamblea del Año XIII tanto a músicos candomberos como a personalidades del mundo académico como el juez Eugenio Zaffaroni. En una serie de stands se representaron los logros de la Asamblea.

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Por Horacio Cecchi

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La Plaza de Mayo estaba rara, nada malo, no, rara por sorprendente, por sintomática, por novedosa, por vitalmente inusual. Ayer uno podía entrar a la Plaza y escuchar a Zaffaroni hablando a decenas de miles de personas al aire libre, mientras la multitud lo escuchaba silenciosa y atenta, hasta que aplaudía a rabiar alguna frase de impacto; o podía atravesar la Plaza a duras penas –porque gente había en todos los rincones y metros cuadrados– para recibir una medalla con la faz acuñada recién y a la vista de la primera moneda, la original de la Asamblea del Año XIII, o cruzarse con un grupo de músicos bolivianos a puro siku, o uruguayos a puro candombe, o afroamericanos; chicos, grandes, Pakapaka y caballitos pony, vendedores de gaseosas en skate y de escarapelas, y los ritmos que se entremezclaban porque, no se crean que había orden, al menos el orden clásico y formal. No, ayer hubo un orden diferente, un orden que daba lugar a todas las voces, todas las músicas, todas las pieles, y hasta llegar a que miles y miles de personas hicieran silencio para escuchar a Zaffaroni decir que “a nuestros próceres les robaron el discurso de las libertades y lo pervitieron para defender la libertad de los poderosos y someter a los débiles”. Aplausos a rabiar. Que no vengan a decir que la historia en el presente no interesa a las multitudes.

Temprano era fácil distinguir los stands distribuidos alrededor de la Pirámide. El calor, que pegaba duro a esa hora (cuatro, cinco de la tarde), podía resolverse con un clásico, los pies en las fuentes de la Plaza. Una extensa fila aguardaba para pasar por el stand de la Casa de la Moneda. Motivo: se podía ver la matriz original de la primera moneda, la acuñada por la Asamblea Constituyente del Año XIII. Y el proceso de acuñado de una moneda, la máquina (“una Schuler”, explicaba un empleado de la Casa de la Moneda) que escupía a la vista medallas acuñadas con una cara de la moneda original y que se perdían como presente en los bolsillos de los visitantes. En el stand del Banco Central, tras pasar por un minibanco para niños se entregaba una, no me acuerdo cómo se llama dijo la chica, una briqueta de fragmentos de billetes en mal estado picados fino. Para el caso, este cronista recibió una de billetes de 20 pesos, es decir, medio kilo de papel picado envuelto en nylon que cargó durante toda la crónica.

El sentido de los stands era que cada uno representara al público una de las gestiones logradas por la Asamblea del Año XIII. Los dos primeros se vinculaban con la primera moneda acuñada en el país no española. Más allá, el stand del Ministerio de Seguridad se ajustaba a otro tema, la eliminación de todo tipo de torturas. En un par de metros se podían deducir en directo las penas que significaba haber caído en aquel momento en el rastro lombrosiano. Un cepo, un rostro marcado con fuego en la frente con la V de voleur, ladrón en francés, o con el cuero cabelludo quemado. “Esta es la frutilla negra”, confían en el stand, y muestran una pesada masa de hierro imposible de levantar, unida a una cadena que se ajustaba al tobillo del preso con un grillete. “Al teléfono le pusieron así, con la idea de que no te lo podés sacar de encima”. “?”. La masa, con el grillete, se llamaba blackberry. La creación por ley, el año pasado, de los Mecanismos de Prevención de la Tortura a nivel nacional, hablan de los pasos positivos que se vienen dando y de que la tortura se mantiene como una de las rémoras de la Asamblea, la eliminación de todo tipo de tortura. También estaba el stand de los afrodescendientes, donde cuatro chiquitos, tres nenas y un nene de entre 3 y 5 años, no más, daban despliegue a su creatividad empastando con acuarelas y pastas las hojas blancas destinadas a que los visitantes opinaran sobre si había o no discriminación racial en el país. Y otro en el que se desplegaban fotos de los caciques araucanos, pampas, ranqueles, estaba Manuel Namuncurá, Inakayal, todos con sus rostros sufridos, miradas indómitas, empobrecidos, prisioneros. La libertad de vientres para los esclavos negros y la eliminación de la mita y el yanaconazgo como métodos de sujeción y explotación, otros de los decretos ordenados por la Asamblea.

La Plaza de Mayo ayer daba para todo, un popurrí de voces y colores. Al otro lado de la carpa de los afrodescendientes, cruzando Rivadavia, un stand, ruidoso por definición, de Pakapaka, donde el aporte era el conocimiento de los próceres. Los chicos en el escenario intentaban adivinar los nombres, completando los espacios vacíos con letras. Gritos, nombres soplados, ruido, gritos, nombres. Cerca, los alumnos de artes de la Universidad de Tres de Febrero avanzaban con la pintura de un enorme escudo argentino. Les había tocado la representación de los símbolos.

Frente al escenario, el vicepresidente Amado Boudou y el ministro de Ciencia y Técnica, Lino Barañao, seguían el ritmo musical. A veinte metros, atravesando una marea que ya se ponía densa, sonaban los redobles de los tambores de la comparsa Bonga. Son unos 25 aunque llegamos, dice Washington, a 75, dándole al tambor. Washington, que vive hace 38 años en Buenos Aires, es de Pocitos, “mi padre era encargado de un edificio. En la esquina había una alcantarilla. Por esa alcantarilla se escaparon los tupas de Punta Carreta”, recordó orgulloso y le dio al tambor. Mientras Washington contaba, Bonga, la murga de Javier “Bonga” Martínez avanzaba con sus mozas moviendo la cintura, sugestivas y fotografiadas con el mismo furor con el que sonaban los tambores.

En el escenario, mientras los uruguayos le daban al parche, sonaba Miss Bolivia en el escenario y las chicas de Desarrollo Social invitaban a firmar en un panel para decirle No a la Trata. Siguió en algún momento Víctor Heredia y mientras se escuchaba en el escenario “todavía cantamos”, abajo, a veinte metros se escuchaba el redoble de otro grupo de uruguayos, los Irala. También los sikus (o samponia, como sugirió el nombre en español uno de los músicos) de un grupo de la organización barrial Tupac Amaru.

Digamos que la presencia hermanada de la afrodescendencia y la de los pueblos originarios estaba a pleno. Alrededor, bah, por todos lados, los vendedores de gaseosas, incluso aquella parejita que llevaba su heladera de telgopor montada sobre un skate, a unos 10 pesos la botella chica. “¿El agua cuanto sale?”. “Lo mismo”. “Pero si es agua”. “Sí, pero también te la tomás”. La explicación no dio otra posibilidad de pregunta. En algunas de las esquinas de las partes verdes de la plaza, vendedores de remeras con los rostros de Cristina y Néstor, leyendas como “Todas somos yeguas”, a cincuenta pesos. Mientras, Víctor Heredia avanzaba con sus canciones.

Siete y media de la tarde, llegaba ya otro de los aspectos inéditos de un festejo popular en la Plaza de Mayo: un panel arrancado de los ambientes académicos y puesto ahí, en el escenario, para que decenas de miles de personas escucharan silenciosamente lo que querían decirles sobre la Asamblea del Año XIII el juez de la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni, la historiadora Araceli Bellota, y el periodista Hernán Brienza. En la temática y en la perspectiva hubo coincidencias. Hablaron una especie de defensa crítica de lo actuado por la Asamblea. De sus divisiones internas que demoraron e impidieron el dictado de una Constitución que debió aguardar cuarenta años (el nombre de Carlos María de Alvear fue acompañado de chiflidos), a los pasos agigantados que dieron los diputados hace 200 años. Fue el momento en que Zaffaroni dijo: “Pido disculpas porque nunca viví algo así, me siento muy emocionado”. Y habló de los dos modelos de Estado que se pusieron en juego en aquel momento, “el modelo de la explotación y el de la solidaridad”. Entonces dijo que “a nuestros próceres los asaltaron y asesinaron, les robaron el discurso de las libertades y lo pervirtieron para defender las libertades de los poderosos y someter a los débiles”. Durante media hora, insólito, toda la plaza, el pueblo, hizo silencio interesada en que un debate académico se acercara a hablarles.

Después siguieron Rada, Agarrate Catalina bajo la dirección de Yamandú, y Nonpalidece. En ese momento, la Plaza volvió a estallar en música, colores, candombes. Era el festejo bicentenario, de cara al Cabildo donde se había gestado.

 Fuente: Página 12, 01.02.13

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5 de julio de 1811

Acta Solemne de la Independencia

En el nombre de Dios Todopoderoso

“Nosotros, aqui los representantes de las Provincias Unidas de Caracas, Cumaná, Barinas, Margarita, Barcelona, Mérida y Trujillo, que forman la Confederación Americana de Venezuela en el continente meridional, reunidos en Congreso, y considerando la plena y absoluta posesión de nuestros derechos, que recobramos justa y legítimamente desde el 19 de abril de 1810, en consecuencia de la jornada de Bayona y la ocupación del trono español por la conquista y sucesión de otra nueva dinastía constituida sin nuestro consentimiento, queremos, antes de usar de los derechos de que nos tuvo privados la fuerza, por más de tres siglos, y nos ha restituido el orden político de los acontecimientos humanos, patentizar al universo las razones que han emanado de estos mismos acontecimientos y autorizan el libre uso que vamos a hacer de nuestra soberanía. 

No queremos, sin embargo, empezar alegando los derechos que tiene todo país conquistado, para recuperar su estado de propiedad e independencia; olvidamos generosamente la larga serie de males, agravios y privaciones que el derecho funesto de conquista ha causado indistintamente a todos los descendientes de los descubridores, conquistadores y pobladores de estos países, hechos de peor condición, por la misma razón que debía favorecerlos; y corriendo un velo sobre los trescientos años de dominación española en América, sólo presentaremos los hechos auténticos y notorios que han debido desprender y han desprendido de derecho a un mundo de otro, en el trastorno, desorden y conquista que tiene ya disuelta la nación española. 

Este desorden ha aumentado los males de la América, inutilizándole los recursos y reclamaciones, y autorizando la impunidad de los gobernantes de España para insultar y oprimir esta parte de la nación, dejándola sin el amparo y garantía de las leyes. 

Es contrario al orden, imposible al gobierno de España, y funesto a la América, el que, teniendo ésta un territorio infinitamente más extenso, y una población incomparablemente más numerosa, dependa y esté sujeta a un ángulo peninsular del continente europeo. 

Las sesiones y abdicaciones de Bayona, las jornadas del Escorial y de Aranjuez, y las órdenes del lugarteniente duque de Berg, a la América, debieron poner en uso los derechos que hasta entonces habían sacrificado los americanos a la unidad e integridad de la nación española. 

Venezuela, antes que nadie, reconoció y conservó generosamente esta integridad por no abandonar la causa de sus hermanos, mientras tuvo la menor apariencia de salvación. 

América volvió a existir de nuevo, desde que pudo y debió tomar a su cargo su suerte y conservación; como España pudo reconocer, o no, los derechos de un rey que había apreciado más su existencia que la dignidad de la nación que gobernaba. 

Cuantos Borbones concurrieron a las inválidas estipulaciones de Bayona, abandonando el territorio español, contra la voluntad de los pueblos, faltaron, despreciaron y hollaron el deber sagrado que contrajeron con los españoles de ambos mundos, cuando, con su sangre y sus tesoros, los colocaron en el bono a despecho de la Casa de Austria; por esta conducta quedaron inhábiles e incapaces de gobernar a un pueblo libre, a quien entregaron como un rebaño de esclavos. 

Los intrusos gobiernos que se abrogaron la representación nacional aprovecharon pérfidamente las disposiciones que la buena fe, la distancia, la opresión y la ignorancia daban a los americanos contra la nueva dinastía que se introdujo en España por la fuerza; y contra sus mismos principios, sostuvieron entre nosotros la ilusión a favor de Fernando, para devorarnos y vejarnos impunemente cuando más nos prometían la libertad, la igualdad y la fraternidad, en discursos pomposos y frases estudiadas, para encubrir el lazo de una representación amañada, inútil y degradante. 

Luego que se disolvieron, sustituyeron y destruyeron entre sí las varias formas de gobierno de España, y que la ley imperiosa de la necesidad dictó a Venezuela el conservarse a sí misma para ventilar y conservar los derechos de su rey y ofrecer un asilo a sus hermanos de Europa contra los males que les amenazaban, se desconoció toda su anterior conducta, se variaron los principios, y se llamó insurrección, perfidia e ingratitud, a lo mismo que sirvió de norma a los gobiernos de España, porque ya se les cerraba la puerta al monopolio de administración que querían perpetuar a nombre de un rey imaginario. 

A pesar de nuestras protestas, de nuestra moderación, de nuestra generosidad, y de la inviolabilidad de nuestros principios, contra la voluntad de nuestros hermanos de Europa, se nos declara en estado de rebelión, se nos bloquea, se nos hostiliza, se nos envían agentes a amotinarnos unos contra otros, y se procura desacreditarnos entre las naciones de Europa implorando sus auxilios para oprimirnos. 

Sin hacer el menor aprecio de nuestras razones, sin presentarlas al imparcial juicio del mundo, y sin otros jueces que nuestros enemigos, se nos condena a una dolorosa incomunicación con nuestros hermanos; y para añadir el desprecio a la calumnia se nos nombran apoderados, contra nuestra expresa voluntad, para que en sus Cortes dispongan arbitrariamente de nuestros intereses bajo el influjo y la fuerza de nuestros enemigos. 

Para sofocar y anonadar los efectos de nuestra representación, cuando se vieron obligados a concedérnosla, nos sometieron a una tarifa mezquina y diminuta y sujetaron a la voz pasiva de los ayuntamientos, degradados por el despotismo de los gobernadores, la forma de la elección; lo que era un insulto a nuestra sencillez y buena fe, más bien que una consideración a nuestra incontestable importancia política. 

Sordos siempre a los gritos de nuestra justicia, han procurado los gobiernos de España desacreditar todos nuestros esfuerzos declarando criminales y sellando con la infamia, el cadalso y la confiscación, todas las tentativas que, en diversas épocas, han hecho algunos americanos para la felicidad de su país, como lo fue la que últimamente nos dictó la propia seguridad, para no ser envueltos en el desorden que presentíamos, y conducidos a la horrorosa suerte que vamos ya a apartar de nosotros para siempre; con esta atroz política, han logrado hacer a nuestros hermanos insensibles a nuestras desgracias, armarlos contra nosotros, borrar de ellos las dulces impresiones de la amistad y de la consanguinidad, y convertir en enemigos una parte de nuestra gran familia. 

Cuando nosotros, fieles a nuestras promesas, sacrificábamos nuestra seguridad y dignidad civil por no abandonar los derechos que generosamente conservamos a Fernando de Borbón, hemos visto que a las relaciones de la fuerza que le ligaban con el Emperador de los franceses ha añadido los vínculos de sangre y amistad, por lo que hasta los gobiernos de España han declarado ya su resolución de no reconocerle sino condicionalmente. 

En esta dolorosa alternativa hemos permanecido tres años en una indecisión y ambigüedad política, tan funesta y peligrosa, que ella sola bastaría a autorizar la resolución que la fe de nuestras promesas y los vínculos de la fraternidad nos habían hecho diferir; hasta que la necesidad nos ha obligado a ir más allá de lo que nos propusimos, impelidos por la conducta hostil y desnaturalizada de los gobiernos de España, que nos ha relevado del juramento condicional con que hemos sido llamados a la augusta representación que ejercemos. 

Mas nosotros, que nos gloriamos de fundar nuestro proceder en mejores principios, y que no queremos establecer nuestra felicidad sobre la desgracia de nuestros semejantes, miramos y declaramos como amigos nuestros, compañeros de nuestra suerte, y participes de nuestra felicidad, a los que, unidos con nosotros por los vínculos de la sangre, la lengua y la religión, han sufrido los mismos males en el anterior orden; siempre que, reconociendo nuestra absoluta independencia de él y de toda otra dominación extraña, nos ayuden a sostenerla con su vida, su fortuna y su opinión, declarándolos y reconociéndolos (como a todas las demás naciones) en guerra enemigos, y en paz amigos, hermanos y compatriotas. 

En atención a todas estas sólidas, públicas e incontestables razones de política, que tanto persuaden la necesidad de recobrar la dignidad natural, que el orden de los sucesos nos ha restituido, en uso de los imprescriptibles derechos que tienen los pueblos para destruir todo pacto, convenio o asociación que no llena los fines para que fueron instituidos los gobiernos, creemos que no podemos ni debemos conservar los lazos que nos ligaban al gobierno de España, y que, como todos los pueblos del mundo, estamos libres y autorizados para no depender de otra autoridad que la nuestra, y tomar entre las potencies de la tierra, el puesto igual que el Ser Supremo y la naturaleza nos asignan y a que nos llama la sucesión de los acontecimientos humanos y nuestro propio bien y utilidad. 

Sin embargo de que conocemos las dificultades que trae consigo y las obligaciones que nos impone el rango que vamos a ocupar en el orden político del mundo, y la influencia poderosa de las formas y habitudes a que hemos estado, a nuestro pesar, acostumbrados, también conocemos que la vergonzosa sumisión a ellas, cuando podemos sacudirlas, sería más ignominiosa para nosotros, y más funesta para nuestra posteridad, que nuestra larga y penosa servidumbre, y que es ya de nuestro indispensable deber proveer a nuestra conservación, seguridad y felicidad, variando esencialmente todas las formas de nuestra anterior constitución. 

Por tanto, creyendo con todas estas razones satisfecho el respeto que debemos a las opiniones del género humano y a la dignidad de las demás naciones, en cuyo número vamos a entrar, y con cuya comunicación y amistad contamos, nosotros, los representantes de las Provincias Unidas de Venezuela, poniendo por testigo al Ser Supremo de la justicia de nuestro proceder y de la rectitud de nuestras intenciones, implorando sus divinos y celestiales auxilios, y ratificándole, en el momento en que nacemos a la dignidad, que su providencia nos restituye el deseo de vivir y morir libres, creyendo y defendiendo la santa, católica y apostólica religión de Jesucristo, como el primero de nuestros deberes. 

Nosotros, pues, a nombre y con la voluntad y autoridad que tenemos del virtuoso pueblo de Venezuela, declaramos solemnemente al mundo que sus Provincias Unidas son, y deben ser desde hoy, de hecho y de derecho, Estados libres, soberanos e independientes y que están absueltos de toda sumisión y dependencia de la Corona de España o de los que se dicen o dijeren sus apoderados o representantes, y que como tal Estado libre e independiente tiene un pleno poder para darse la forma de gobierno que sea conforme a la voluntad general de sus pueblos, declarar la guerra, hacer la paz, formar alianzas, arreglar tratados de comercio, límite y navegación, hacer y ejecutar todos los demás actos que hacen y ejecutan las naciones libres e independientes. 

Y para hacer válida, firme y subsistente esta nuestra solemne declaración, demos y empeñamos mutuamente unas provincias a otras, nuestras vidas, nuestras fortunas y el sagrado de nuestro honor nacional. 

Dada en el Palacio Federal de Caracas, firmada de nuestra mano, sellada con el gran sello provisional de la Confederación, refrendada por el Secretario del Congreso, a cinco días del mes de julio del año de mil ochocientos once, primero de nuestra independencia. 

Firmas 

Juan Antonio Rodríguez Domínguez, Presidente del Congreso, Luis Ignacio Mendoza Vicepresidente del Congreso ambos por Caracas.

Provincia de Caracas: Isidro Antonio López Méndez, Juan Germán Roscio, Felipe Fermín Paúl, Francisco Xavier Ustariz, Nicolás de Castro, Fernando de Peñalver, Gabriel Pérez de Pagola, Salvador Delgado, El Marques del Toro, Juan Antonio Días Argote.

Gabriel de Ponte (Por haber quedado impedido de firmar a causa de la herida que recibió en la jornada de Valencia el señor Ponte, no pudo hacerlo al pasar al libro la presente acta”; sigue la rúbrica de Isnardi, luego un signo formado por cuatro rasgos de pluma que se cortan dos a dos, y los cuales representan la firma de Ponte y de nuevo la rúbrica de Isnardi).

Juan José Maya, Luis José de Carzola, José Vicente Unda, Francisco Xavier Yanes, Fernando Toro, Martín Tovar Ponte, José Angel de Alamo, Francisco Hernández, Lino de Clemente, Juan Toro.

Provincia de Cumaná: Francisco Xavier de Mayz, José Gabriel de Alcalá, Juan Bermúdez, Mariano de la Cava.

Provincia de Barinas: Juan Nepomuceno de Quintana, Ignacio Fernández, Ignacio Ramón Briceño, José de la Santa y Bussy, José Luis Cabrera, Ramón Ignacio Méndez, Manuel Palacio.

Provincia de Barcelona: Francisco de Miranda, Francisco Policarpo Ortiz, José María Ramírez.

Provincia de Margarita: Manuel Plácido Maneiro

Provincia de Mérida: Antonio Nicolas Briceño, Manuel Vicente de Maya.

Provincia de Trujillo: Juan Pablo Pacheco

Secretario del Congreso Francisco Isnardi

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Se cumplen 200 años

del primer símbolo de libertad del Río de la Plata

 

La pirámide de Mayo, el primer símbolo de libertad del Río de la Plata, cumple el próximo 25 de mayo 200 años de su creación, cuando se inauguró en medio de un festejo popular y en momentos de una fuerte crisis política en que estaba en juego no sólo la independencia de la región, sino los intereses de distintos sectores criollos.

En la céntrica Plaza de Mayo, donde se erigió la Pirámide, también llamada en otros tiempos Altar de la Patria y Altar de la Libertad, transitaron momentos nucleares de la historia argentina. 

Allí, la Pirámide testimonia aquel festejo de 1811, en que los porteños se aglutinaron a su alrededor para conmemorar el primer aniversario de la Revolución de Mayo, como las masivas concentraciones de trabajadores por sus derechos en distintas épocas, o la presencia popular en defensa de la democracia, o las rondas de las Madres de Plaza de Mayo como expresión más acabada en contra del horror de la última dictadura militar.

También fue testigo de momentos como el bombardeo antiperonista del `55, el mayor atentado del país, en el que murieron más de trescientas personas y hubo miles de heridos.

“Esta Pirámide es nuestro primer monumento histórico porque rescata la primera victoria de las fuerzas de Buenos Aires en la victoria de Suipacha”, el 7 de noviembre de 1810 en el Alto Perú, aseguró a Télam Liliana Barela, historiadora y titular de la Dirección de Patrimonio e Instituto Histórico de Buenos Aires. 

Asimismo, señaló que “cuando se inauguró la Pirámide se realizó un festejo popular, aunque oficialmente había cierto temor por el momento que se vivía”, dijo la especialista tras relatar que “para el Cabildo, 1811 es un momento crítico en el sentido que el Triunvirato estaba olvidando un poco cuál era la misión de Buenos Aires”. 

Precisó que aquel primer festejo fue “claramente popular, lo tenemos muy registrado por los cronistas, fue un festejo con la inclusión de aborígenes, comparsas, conjuntos de los arrabales y con figuras muy importantes”. 

La historiadora destacó que “el tema simbólico es el lugar donde está la pirámide, ubicada en la plaza, esa plaza que está presente en la memoria de todos nosotros desde el momento de la fundación de la ciudad con Garay hasta todas las diferentes Plazas de Mayo que hemos vivido los argentinos, las buenas y las malas”. 

En este marco, señaló que “la historia se juega en ese lugar, por eso es muy importante recordar todas las Plazas de Mayo porque de esa manera también ahí hay una pregunta que tiene que hacerse la sociedad ¿dónde estaba yo cuando pasaban estas cosas?” Barela se refirió así a momentos como “no sólo la peor dictadura que sufrimos en el `76, sino lo que pasó después, los años de impunidad que vivimos”. 

Esa dictadura marcó un antes y un después en la historia reciente del país, y en ese marco, la Plaza de Mayo y su Pirámide se erigieron en símbolos de lucha por la justicia y contra la represión militar. 

Esa lucha que protagonizaron madres y abuelas de jóvenes que desaparecían y no se sabía nada de ellos, “es un hecho tan fuerte que tiene que estar representado en algún lugar de esa misma plaza, en esa plaza donde ellas hacían su ronda y empezaron a reclamar justicia”, expresó Barela. 

Por eso, a pesar de que en general no se permitieron cambios en la Plaza de Mayo por la protección que tiene por su carácter de monumento histórico nacional, “sí se aceptó y se aplaudió la presencia de las baldosas con los pañuelos de las madres”. 

Por su parte, Estela de Carlotto, titular de Abuelas de Plaza de Mayo, aseguró que la Plaza de Mayo es el epicentro de la ciudad, y un símbolo histórico, tras añadir que “es el lugar de la demanda, del festejo, de la protesta, el lugar donde el pueblo decidió juntarse para las manifestaciones de libertad”. 

Aseguró que “las abuelas tomamos la plaza como un lugar de presencia frente a los dictadores que se apoderaron del poder, para pedir por nuestros familiares, hijos, nietos”. 

En este contexto, reafirmó el sentido de la “ronda” alrededor de la Pirámide, “donde nacimos, donde la gente identifica con el pañuelo blanco, con las madres, con las abuelas, pero yo digo que ahora la ronda es el mundo, no sólo la plaza porque nos expandimos al mundo para contar lo que pasó”. 

“Es un lugar de recogimiento para nosotros -enfatizó- que estamos envejeciendo juntas, donde nos encontramos las sobrevivientes, luchando por la memoria, por la justicia”.  

Fuente : Télam, 24.05.11

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Cristina

participará hoy en Asunción

en los actos por el Bicentenario de Paraguay

      

Casa de la Independencia – Asunción, Paraguay

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner llegará hoy a Asunción para acompañar a su par del Paraguay, Fernando Lugo, en los actos centrales celebratorios del Bicentenario de la independencia de este país.

Cristina partirá desde el sector militar del aeroparque metropolitano a bordo del avión T-01, y arribará al aeropuerto internacional “Silvio Pettirossi” alrededor de las 11.30 hora local (las 12.30 hora argentina), según indicaron fuentes oficiales argentinas. 

En la estación aérea será recibida por el embajador argentino en Paraguay, Rafael Romá, autoridades del gobierno paraguayo y funcionarios de la representación diplomática argentina. 

Desde allí la presidenta se trasladará al centro de la ciudad, donde presenciará la última parte del desfile militar que se realizará en la céntrica avenida Mariscal López. 

Cristina participará luego de un almuerzo que Lugo ofrecerá a los mandatarios visitantes en Mburuvicha Róga, la residencia presidencial, en la que estarán además los jefes de Estado de Bolivia, Evo Morales, y del Uruguay, José Mujica. 

Morales y Mujica llegarán hoy por la mañana a Asunción para acompañar a Lugo en los festejos, a los que también asistirán delegaciones de 41 países del mundo. 

Si bien inicialmente se había anunciado para el domingo la visita de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, su viaje fue cancelado por prescripción de sus médicos, ya que se encuentra en proceso de recuperación de una neumonía, y como su traslado demandaba varias horas de avión, fue desaconsejado por los especialistas. 

La presencia de Rousseff había despertado gran expectativa en Asunción, por tratarse de la primera visita de la mandataria brasileña a Paraguay, en cuyo transcurso iba a formalizar el anuncio del incremento de 120 a 360 millones de dólares del monto de la energía eléctrica producida por Yacyretá que Brasil paga a Paraguay, aprobado el miércoles último por el senado brasileño. 

La fiesta patria que celebran este fin de semana los paraguayos recuerda el derrocamiento de las autoridades españolas por los patriotas locales, el 14 de mayo de 1811, como consecuencia de un movimiento dirigido por el capitán Pedro Juan Caballero y el gobernador Velasco, del que participó además José Gaspar Rodríguez de Francia, supremo dictador desde 1814 a 1840. 

Este sábado será el día con la agenda más cargada de festejos, a los que los paraguayos han adherido con entusiasmo y fervor patriótico, en un clima de épica centrado en los sucesos de la guerra de la triple alianza, que devastó al país en momentos en que era una de las naciones más adelantadas tecnológicamente en América del Sur. 

Del desfile militar participarán efectivos de las tres fuerzas armadas argentinas y, con uniformes de época, de la Prefectura Naval y de la Gendarmería Nacional, además de una escuadrilla de aviones Pucará, con asiento en la ciudad de Reconquista, la que sobrevolará el lugar, comentó el embajador argentino en Asunción, Rafael Romá. 

“Insistimos mucho en que estén la Gendarmería y la Prefectura, porque la Argentina y Paraguay son dos países que comparten una extensa frontera, la hidrovía Paraná-Paraguay es la vía de comunicación más fuerte, y todo este aporta, más allá de lo comercial, a la integración”, agregó el embajador. 

“Además en el plano cultural hemos realizado actividades culturales conjuntas, en Asunción y en Buenos Aires, con artistas argentinos y paraguayos; y se inauguró un stand argentino en la feria de las Naciones, en el marco de la valorización de los dos Bicentenarios”, dijo Romá. 

Hoy se inaugurará a primera hora la TV Pública, en un proyecto de comunicación en el que hubo aportes de la experiencia argentina; Lugo hablará después en la Casa de la Independencia, para dejar inaugurado el Patio del Bicentenario, y el presidente encabezará a continuación el Te Deum en la Catedral Metropolitana. 

Tras el desfile militar en la avenida Mariscal López, en la residencia oficial de Lugo será servido al mediodía un almuerzo reservado para los presidentes visitantes. 

En la noche del sábado se hará un festival musical-cultural frente al Palacio de López, la sede del Ejecutivo ubicada frente a la bahía de Asunción, y el domingo por la mañana habrá una sesión especial del Congreso. 

Fuente : Télam, 14.05.11

 

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EL “PLAN DE OPERACIONES”

Y LA REVOLUCION PARAGUAYA *

por Andrés Soliz Rada

 

El modelo endógeno paraguayo (1814-1870), es el ejemplo más contundente, en el Siglo XIX, de las potencialidades del “Plan de Operaciones”. Gaspar Rodríguez de Francia, quien brindó refugio a Artigas, había instaurado un Estado paternalista, capaz de cumplir las tareas de una burguesía nacional inexistente. Esta situación impidió que el país cayera en manos del librecambismo y facilitó un desarrollo económico sostenido e independiente. A la muerte del gobernante, en 1840, dice Eduardo Galeano, “Paraguay era el único país de América Latina que no tenía mendigos, hambrientos ni ladrones…. El agente norteamericano Hopkins informaba a Washington, en 1845, que en Paraguay “no hay niño que no sepa leer y escribir. Los posteriores gobiernos de Carlos Antonio López y su hijo Francisco Solano López continuaron y revitalizaron la tarea”. En los años siguientes, “Paraguay ya contaba con una línea de telégrafos, un ferrocarril y una buena cantidad de fábricas de materiales de construcción, tejidos, lienzos, ponchos, papel y tinta, loza y pólvora. Doscientos técnicos extranjeros, muy bien pagados por el Estado, prestaban su colaboración decisiva. Desde 1850, la fundición de Ibycui fabricaba cañones, morteros y balas de todos los calibres; en el arsenal de Asunción se producían cañones de bronce, obuses y balas. La siderurgia nacional, como todas las demás actividades económicas, estaba en manos del Estado. El país contaba con una flota mercante nacional, y varios de los buques que ostentaban el pabellón paraguayo a lo largo del Paraná o a través del Atlántico y del Mediterráneo habían sido construidos en el astillero de Asunción. El Estado virtualmente monopolizaba el comercio exterior, la yerba y el tabaco abastecían el consumo del sur del continente y las maderas valiosas se exportaban a Europa. La balanza comercial arrojaba un gran superávit. Paraguay tenía una moneda fuerte y estable, y disponía de suficiente riqueza para realizar enormes inversiones públicas sin recurrir al capital extranjero. El país no debía ni un centavo al exterior, pese a lo cual estaba en condiciones de mantener el mejor ejército de América del Sur, contratar técnicos ingleses que se ponían al servicio del país y enviar a jóvenes universitarios a perfeccionar sus estudios… La esponja imperialista no absorbía la riqueza que el país producía. El 98 % del territorio paraguayo era de propiedad pública… El Estado practicaba un celoso proteccionismo sobre la industria nacional y el mercado interno”…

Como era obvio, Inglaterra no podía tolerar semejante ejemplo. “En abril de 1865, el diario inglés The Standard, que se publicaba en Buenos Aires, sostenía que “Paraguay había infringido todos los usos de las naciones civilizadas”. “La invasión (de Argentina, Brasil y Uruguay **) fue financiada, de principio a fin, por el Banco de Londres, la casa Baring Brothers y la banca Rothschild, mediante empréstitos leoninos que hipotecaron la suerte de los países vencedores”. “La prensa de Buenos Aires llamaba “Atila de América” al presidente paraguayo López: “Hay que matarlo como a un reptil”, clamaban los editoriales. El ejército paraguayo resistió la embestida con increíble heroísmo, pero al término de la misma el desarrollo industrial autónomo del Paraguay había sido reducido a cenizas. Casi toda la población masculina había sido exterminada”. Cuán diferente hubiera sido la suerte de Paraguay si la corriente de Mariano Moreno se mantenía al frente del gobierno de Buenos Aires.

* Extraído de “Mariano Moreno y el capitalismo de Estado: Homenaje al Bicentenario de la Revolución de 25 de Mayo (IV),  de Andrés Soliz Rada (12.06.10) ***

** Andrés Soliz Rada

*** Fuente: Espacios Europeos, http://espacioseuropeos.com/?p=17650

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Proclama de José Artigas a sus “Compatriotas”*,

Mercedes, 11 de abril de 1811.

 
El 15 de febrero de 1811 Artigas desertó de las fuerzas españolas para plegarse al movimiento de la Junta Revolucionaria de Buenos Aires. Todos sabían que su apoyo era decisivo para sublevar a la campaña oriental. Para el Comandante españolista Salazar, Artigas era “el coquito de toda la campaña”, aludiendo de esta forma a su liderazgo. Lo mismo aseguraba Mariano Moreno en su Plan de Operaciones, recomendando vivamente la obtención de su apoyo a la causa revolucionaria.La Junta de Buenos Aires lo había recibido con gran beneplácito, otorgándole el grado de Teniente General y dándole apoyo para organizar las fuerzas. Enterado de los levantamientos armados que habían dado inicio formal al levantamiento en la campaña oriental, Artigas regresa de inmediato e instala su cuartel general en Mercedes. Desde allí dirigiría el 11 de abril su primera proclama pública.

En dicha proclama Artigas habla en nombre de la Junta Revolucionaria de Buenos Aires (“que tan dignamente nos regenta) y del rey Fernando VII (“nuestro amado xefe”), para convocar a la lucha contra “esos genios díscolos opresores de nuestro suelo” que apoyaban al “despótico” Virrey Elío en Montevideo. Informa acerca de la ayuda proporcionada por la Junta bonaerense (“dinero, municiones y tres mil patriotas”) y termina con una arenga dirigida a la sublevación de “todos los patriotas caracterizados de la campaña”.

Sus palabras confirman la firmeza de su llamado y sus dotes de caudillo. “Unión, caros compatriotas, y estad seguros de la victoria. (…)… y tiemblen esos tiranos de haber excitado vuestro enojo, sin advertir, que los americanos del sud, están dispuestos a defender su patria; y a morir antes con honor, que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio”.

Sin anacronismos y desde una lectura contextualizada de las fuentes documentales, la mejor manera de recordar estos hechos es profundizar sobre el sentido preciso de los conceptos y de las palabras utilizadas en aquellos momentos, a los efectos de recuperar la contingencia histórica de los hombres y de sus compromisos.

Por Claudia Amengual y Gerardo Caetano.

Fuente: InfoURUGUAYnoticias, 01.05.11
Información semanal sobre Uruguay para uruguayos y amigos del país en Chile
 
* Texto completo
 

Leales y esforzados compatriotas de la Banda Oriental del Río de la Plata: vuestro heroico entusiasmado patriotismo ocupa el primar lugar en las elevadas atenciones de la Excma. Junta de Buenos Aires, que tan dignamente nos regenta.

Esta, movida del alto concepto de vuestra felicidad, os dirige todos los auxilios necesarios para perfeccionar la grande obra que habéis empezado: y que continuando con la heroicidad, que es análoga a vuestros honrados sentimientos, exterminéis a esos genios díscolos opresores do nuestro suelo, y refractarios de los derechos de vuestra respetable sociedad. Dineros, municiones, y tres mil patriotas aguerridos son los primeros socorros con que la Excelentísima Junta os da una prueba nada equívoca del interés que torna en vuestra prosperidad: esto lo tenéis a la vista, desmintiendo las fabulosas expresiones con que os habla el fatuo Elío, en su proclama de 20 de marzo. Nada más doloroso a su vista, y a la de todos sus facciosos, que el ver marchas (con pasos magestuosos) esta legión de valientes patriotas, que acompañados con vosotros van á disipar sus ambiciosos proyectos: y á sacar a sus hermanos de la opresión en que gimen, bajo la tiranía de su despótico gobierno.

Para conseguir el feliz éxito, y la deseada felicidad a que aspiramos, os recomiendo á nombre de la Excelentísima Junta vuestra protectora, y en el de nuestro amado jefe, una unión fraternal, y ciego obedecimiento á las superiores órdenes de los jefes, que os vienen a preparar laureles inmortales. Unión caros compatriotas, y estad seguros de la victoria. He convocado á todos los patriotas caracterizados de la campaña; y todos, todos se ofrecen con sus personas y bienes, a contribuir a la defensa de nuestra justa causa.

A la empresa compatriotas, que el triunfo es nuestro: vencer ó morir sea nuestra cifra; y tiemblen, tiemblen esos tiranos de haber excitado vuestro enojo, sin advertir que los americanos del sud, están dispuestos a defender su patria; y a morir antes con honor, que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio.

Cuartel General de Mercedes. 11 de abril de 1811.

José Artigas.

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