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Archive for the ‘16. DD. HH. y reflexiones’ Category

EDUARDO JOZAMI

“El límite es la no banalización”

El director del Centro Cultural Haroldo Conti, que funciona en la ex ESMA, reflexiona sobre la representación artística y la memoria del terrorismo de Estado. La necesidad de profundizar y a la vez ampliar las audiencias.

 

Por Irina Hauser

¿Cómo recuperar un lugar donde ocurrieron atrocidades en dictadura? ¿Es posible resignificar un centro clandestino con expresiones artísticas e intelectuales? ¿Vale cualquier manifestación, de todo tipo? ¿Es un museo, es un sitio de memoria, es otra cosa? ¿Debe generar una convocatoria amplia o sectorial? ¿Cómo hacer que llegue a más personas? Eduardo Jozami, director del Centro Cultural Haroldo Conti, que funciona dentro de la ex ESMA, se inclina por pensar que valen múltiples formas y artes para recuperar y resignificar los lugares donde se torturó y mató, para comprenderlos incluso desde una perspectiva política. Se propone hacer la convocatoria lo más amplia posible sólo con un límite, “la no banalización del horror”, le explicó a Página/12. Son temas debatidos en estos días, presentes ayer y hoy en el coloquio internacional “Espacio de Memoria en el Cono Sur: nuevos afectos, nuevas audiencias. Diálogos transculturales en el duelo”, que se realiza en el Centro Cultural Borges.

–¿Cuál es la diferencia entre un museo y un sitio de memoria?

–En la ex ESMA, el sitio de memoria es el Casino de Oficiales, donde funcionó el dispositivo de secuestro, desaparición y tortura. En los sitios de memoria no se suelen hacer grandes intervenciones museísticas, para que el visitante entienda cómo estaban ahí los desaparecidos. El museo tiende a hacer una lectura de lo ocurrido, ofrece un relato establecido a través de una colección permanente.

–¿Qué papel tiene el Centro Cultural Haroldo Conti, que usted dirige?

–Se acerca a la idea de museo, pero no lo es. Es un centro cultural de la memoria, con actividades que confluyen en ese proceso. Se discute si es legítimo encarar los procesos de genocidio, terrorismo de Estado o la representación del horror desde la literatura de ficción, el cine, el arte. Para mí sí es legítimo. En Europa se debatió en relación con el Holocausto y se ha sostenido una visión sacralizada de los hechos, según la cual es imposible abordarlos desde una perspectiva artística porque son inabordables. Se basaba en lo que decía (Theodor) Adorno, que no se podía hacer poesía después de Auschwitz, aunque él aludía a que no se podía escribir como si no hubiera existido. O el realizador de cine Claude Lanzmann (director de Shoah), quien rechazaba usar imágenes de archivo y sólo admitía testimonios orales. Para él, comprender el Holocausto era obsceno. Esta concepción de la memoria tiene poco que ver con el proceso argentino.

–¿Cuál es la diferencia?

–En Europa y Estados Unidos se llegó a una visión del Holocausto que lo ha convertido en una religión civil, es una visión deshistorizada, que no mira qué precedió al nazismo, que no explica porque cree que no es necesario explicar, y esto tiene que ver con una gran derrota de la izquierda europea. La idea de un proceso memorial concebido de un modo sacralizante, que separa historia de memoria, tiene poco que ver con lo que pasó en nuestro país desde 2003, donde las políticas de memoria, verdad y justicia se asientan sobre una continuidad de las luchas argentinas. Une el presente y pasado, que no está muerto, tal como lo plantea la obra de Walter Benjamin.

–¿Es casual que los espacios de memoria surjan en coincidencia con la reapertura de los juicios por crímenes dictatoriales?

–No es casual, porque los testimonios y la movilización de testigos son clave. Además, el hecho de hacer justicia es también un modo de reactualizar el pasado.

–¿Qué papel cumplen los espacios y sitios de memoria en la reparación colectiva de las marcas del terrorismo de Estado?

–Por empezar, una tarea de convocatoria. No es banalizar la cuestión y decir que queremos que venga mucha gente o que nos sintamos tan emocionados como este 24 de marzo, cuando había tanta gente caminando por la ESMA. Las actividades culturales, como el cine y la música, son tal vez instrumentos idóneos para esa búsqueda. Un segundo objetivo no es de extensión, sino de profundización, un trabajo de memoria más profundo: tenemos muchas preguntas que no hemos abordado.

–¿Cómo cuáles?

–¿Por qué del 25 de mayo de 1973 al 24 de marzo de 1976 se desplomó un proceso que parecía poderosísimo? No alcanza con decir que los militares conspiraron, debemos preguntarnos qué pasó con esa monumental crisis del peronismo. Cuando convocamos a actividades artísticas, tiene que estar claro por qué lo hacemos y, como organismo de cultura, no podemos ofrecer cualquier cosa en este trabajo por la memoria.

–¿No vale cualquier representación artística? ¿Cuál es el criterio?

–Otra gran discusión: ¿vale cualquier género para hablar del Holocausto o las desapariciones? Nosotros tendremos un concurso de historieta. Cuando se hizo Maus, el comic de Art Spiegelman, fue un escándalo. Hay quienes rechazan una sátira del Holocausto como La vida es bella. Nuestra idea es que no hay ni géneros ni estilos ni modos de abordaje privilegiados ni otros que no se puedan usar, y a la vez el artista asume la responsabilidad por los efectos sociales de lo que hace. Preferimos trabajar con amplitud. El límite que nos ponemos es la no banalización, la no celebración del horror. Me ha tocado estar en lugares donde se recrean los elementos de tortura, por ejemplo en un museo en Asunción del Paraguay. Eso genera un impacto muy fuerte sobre el visitante, no alimenta la reflexión. Uno se siente más estimulado si no le dan todo hecho. Si ve algo sugerido. Podría ser a través de la arquitectura.

–¿Cómo define la “memoria” o los procesos de memoria?

–Se relacionan con el modo en que una sociedad asimila el duelo, o el trauma, pero esa dimensión humana y traumática no es independiente de lo político. No es casualidad que la memoria ocupe el lugar de las políticas públicas con un gobierno que vino con un proyecto de transformación. El trabajo de la memoria siempre aparece reclamado por las necesidades del presente. ¿De qué hacemos memoria? De la dictadura y el terrorismo de Estado, pero también de las luchas populares, de los pueblos originarios, de los grandes temas de fondo de la historia argentina. Podríamos considerarlo como un producto del mal que no tiene mucha explicación, como se ha hecho con el Holocausto, pero creo que no hay proceso que no pueda explicarse si no es a partir de lo que pasó en la sociedad con anterioridad.

–¿No ve un riesgo de que esa idea de memoria quede reducida a un discurso reiterativo, panfletario o sectario?

–Tenemos el riesgo del panfleto, de reiterar un discurso sin complejizarlo. También está el riesgo del sectarismo político. Creemos firmemente que Néstor y Cristina Kirchner tuvieron muchísimo que ver con todo esto; si no, habría sido muy difícil. Es lógico que el movimiento de derechos humanos se identifique con el kirchnerismo, a la vez hay que hacer un esfuerzo porque esto sea patrimonio de toda la gente que tenga una visión crítica de la dictadura cívico-militar.

–¿Qué estuvo en juego cuando se discutió el asado en la ESMA y cuál fue el saldo?

–Esa discusión sí fue una banalización. A partir de eso hubo gente que empezó a creer que allí se hacen asados todos los fines de semana. Pero se hace música, teatro, educación, arte, se encaran problemas sociales. Aunque la discusión se planteó por una chicana, era necesaria. Quizá tiene que ver con otra cosa. ¿Qué es resignificar la ESMA? Un día en el Conti, a poco de empezar, una chica dijo: “Nosotros no vamos a haber logrado nuestro trabajo hasta que esto no deje de ser la ESMA”. Para mí no es así, porque si deja de ser la ESMA, deja de ser un lugar de memoria. Resignificar no es anular lo que fue la ESMA.

–¿Qué objetivos se plantearon en estos diez años desde que se recuperó la ESMA y qué se logró?

–Un aprendizaje notable a través del cine, la narrativa, las artes plásticas, un trabajo de memoria muy diverso, que se integra, y un diálogo teórico que no imaginaba. Hoy en el Conti hay una idea sobre el proceso de memoria que se ha enriquecido en estos años. Quizás el ejemplo más curioso es el rescate del pensamiento de Walter Benjamin, que se lo cita tanto que ya parece nuestro compañero de trabajo, por esa idea de un presente que recupera un pasado vivo. Eso nos sirvió mucho para explicarnos la relación con la historia del movimiento popular en la Argentina.

Fuente: Página 12, 28.03.14

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El Cóndor sobrevoló el Senado francés

COLOQUIO SOBRE EL PLAN DE EXTERMINIO CONJUNTO DE LAS DICTADURAS SUDAMERICANAS

Los panelistas pusieron de relieve la trascendencia que tuvo el Plan Cóndor, su carácter multinacional y criminal, las víctimas que provocó y cómo reactivó el concepto de justicia universal.

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Por Eduardo Febbro

Desde París

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El Colectivo Argentino por la Memoria con el respaldo activo de la embajada argentina en Francia y del senador Jean Desessard organizaron en París un espléndido coloquio internacional sobre el Plan Cóndor. Tres décadas después de la recuperación de la democracia en la Argentina y cuando transcurrieron 21 años del descubrimiento de los llamados “archivos del terror” por parte del activista y defensor de los derechos humanos paraguayo Martín Almada, el coloquio que se celebró en el Senado francés abordó la cadena polifónica de este eje del mal compuesto por las dictaduras de América del Sur.

Los principales actores judiciales y los activistas de derechos humanos que intentaron e intentan desentrañar los meandros aún ocultos del Plan Cóndor estuvieron presentes en la capital francesa: desde el juez español Baltasar Garzón, Alicia Bonet-Krueger y Estela Belloni –respectivamente presidenta y cofundadora del Colectivo Argentino por la Memoria–, el mismo Martín Almada, el periodista norteamericano John Dinges, el profesor e investigador Gabriel Peries, la fiscal de la Audiencia Nacional de España, Dolores Delgado García, hasta la abogada francesa Sophie Thonon, el fiscal argentino Miguel Angel Osorio, el abogado chileno Eduardo Contreras o el director general de Derechos Humanos del Ministerio de Relaciones Exteriores, Federico Villegas Beltrán. Todos pusieron de relieve la trascendencia que tuvo el Plan Cóndor, su carácter multinacional y criminal, las víctimas que provocó y, a su manera paradójica, el papel que desempeñó en la reactivación del concepto de justicia universal que desembocó en el arresto del dictador Augusto Pinochet en Londres.

“El Plan Cóndor es parte de algo mucho más complejo”, resaltó el fiscal Miguel Angel Osorio mientras que Eduardo Contreras, defensor de las familias de las víctimas chilenas, destacó que “al Plan Cóndor le debemos la muerte de muchas personas en América latina”. Para Contreras, “este acuerdo siniestro urdido en Estados Unidos, y hecho suyo por los generales dictadores de la época, provocó mucho dolor, pero también nos ha unido a todos en la búsqueda común de recuperar la memoria, la verdad, la justicia y la reparación”. En este contexto preciso, el juez español Baltasar Garzón puso de relieve los avances realizados en la Argentina en materia judicial: “La Argentina puede estar orgullosa de ser un ejemplo mundial”, dijo Garzón. Lejos de haber terminado, el ciclo de las investigaciones continúa al ritmo de los nuevos descubrimientos. A este respecto, Martín Almada recordó que “inicialmente los archivos del terror eran tres toneladas. Ahora serán cinco”. Pese a las evidencias, las Justicias no están siempre dispuestas a enjuiciar a los culpables. Almada dijo a Página/12 que “debido a la impunidad que impera en Paraguay se tuvo que recurrir a la Justicia argentina”.

El periodista norteamericano John Dinges, autor del libro Los años Cóndor, cómo Pinochet y sus aliados llevaron el terrorismo a tres continentes, detalló la dimensión internacional del dispositivo represor y “las evidencias que esa internacionalización permitió rescatar. El hecho de que el Plan Cóndor haya sido internacional llevó a que se escapara del control de los gobiernos individuales y eso condujo a los juicios internacionales”. Esos juicios tienen, desde luego, un punto central: el caso del dictador Augusto Pinochet asumido por el juez Baltasar Garzón.

La fiscal de la Audiencia Nacional de España, Dolores Delgado García, recordó a la vez con orgullo y con nostalgia que esa intervención de una Justicia exterior fue “un paréntesis que luego se cerró, pero que marcó un antes y un después”. Pero antes de que ese paréntesis desapareciera intervino un hecho mayor que el abogado Eduardo Contreras califica como trascendente: “La detención de Pinochet en un país distinto consagró el principio de justicia universal”.

La Argentina, Chile, Bolivia, Paraguay, Brasil y Uruguay, las dictaduras de aquella época, colisionaron para “obtener información y detener a adversarios políticos”, según recordó Dolores Delgado García. “Esa coordinación las llevó incluso a actuar en Estados Unidos”, destacó el fiscal Miguel Angel Osorio cuando se refirió al asesinato del diplomático chileno Marcos Orlando Letelier, ultimado en Washington por agentes del régimen militar de Pinochet en 1976.

La fiscal de la Audiencia Nacional también rescató el hecho de que la detención en Londres de Pinochet reveló en toda su profundidad los aspectos más escondidos de la represión al tiempo que asestó un golpe severo a la imagen de Pinochet. A este propósito, John Dinges recordó que “el Plan Cóndor fue el argumento jurídico más fuerte que se podía desarrollar para que el caso valiera internacionalmente. Y así fue con un caso específico chileno”.

Fuente: Página 12, 14.12.13

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El 11 de septiembre abre viejas heridas

Los familiares de las víctimas de la dictadura chilena marcharon otro año más por la Verdad y la Justicia

La fecha ha estado marcada por los numerosos pedidos de perdón efectuados por civiles que apoyaron por acción u omisión a Pinochet y por otros que consideran que no es necesario. Organismos de DD.HH. piden el fin de la impunidad.

Por Christian Palma *

Los rostros de dos mil ejecutados y detenidos desaparecidos durante la dictadura cívicomilitar chilena encabezaron la tradicional marcha que las agrupaciones de derechos humanos realizan el domingo anterior al 11 de septiembre: ese día, pero en 1973, Augusto Pinochet lideró un golpe de Estado que gobernó Chile a punta de tortura, asesinatos y una política del terror que aún mantiene abiertas muchas heridas.

La simbólica actividad partió en calma. Más de 30 mil personas se congregaron por el centro de Santiago con dirección al Cementerio General, lugar donde se encuentra el Memorial del Ejecutado Político y el Detenido Desaparecido. Este año, cuando se cumplen 40 desde la irrupción por la fuerza de los militares, la frase “Marcho con tu rostro y llevo tu proyecto en mi memoria” fue el concepto que marcó la marcha. El memorial es el escenario final de la principal romería encabezada por familiares de las víctimas para homenajearlos, y es uno de muchos espacios, monumentos, sitios de memoria que evocan las violaciones a los derechos humanos bajo el régimen de Augusto Pinochet.

La fecha ha estado marcada por los numerosos pedidos de perdón efectuados por civiles que apoyaron por acción u omisión la dictadura y por otros que consideran que no es necesario. En este escenario, la presidenta de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD), Lorena Pizarro, sostuvo que es momento de mirarse a la cara con quienes quieran construir un país justo y sin impunidad, destacando que para ello la justicia y la memoria son fundamentales.

“Creo que ésta es una hermosa muestra de que éste es un país que no se ha tragado la historia y de que éste no es un tema del pasado. La verdad, la justicia y la memoria son fundamentales para construir un país que se mire a la cara, no con criminales, no con la impunidad”, dijo.

Agregó que “el perdón no significa impunidad, las solicitudes de perdón están todas carentes de contenido, porque ninguno ha llamado a terminar con el pacto de silencio, porque ninguno ha dicho que debe haber verdad y justicia, porque ninguno ha dicho dónde están los desaparecidos, quiénes son los uniformados y civiles involucrados con estos crímenes”.

En esta línea, Pizarro añadió que “son 40 años de lucha junto a la gente. Tenemos una inmensa mayoría de jóvenes que salieron a decir a la calle no a la educación de Pinochet y desde ahí abrir una realidad que estaba oculta y 40 años después estamos más acompañadas que nunca”.

Antes de la caminata, Carabineros detuvo a un menor de edad con bombas molotov que se dirigía a la marcha masiva y otro adulto que portaba ilegalmente un revólver calibre .38. Mientras que en el cementerio, los uniformados ya tenían dispuesto todo un aparataje de seguridad.

Pasado el mediodía, en la intersección de las concurridas calles Bellavista con Recoleta, se registraron los primeros incidentes en medio de la marcha. En ese lugar, Carabineros actuó para controlar a un grupo de encapuchados que intentó saquear y quemar la sucursal de un banco y a otros manifestantes que atacaron una estación de servicio. Lo hizo a través de carros hidratantes y lanzagases.

Más tarde, otros grupos de encapuchados instalaron barricadas y se enfrentaron a la policía uniformada, atacando incluso a la prensa.

Estos hechos son la antesala de lo que podría suceder en los próximos días cuando tanto el gobierno y la oposición conmemorarán un nuevo aniversario del “11” en medio de una campaña presidencial que tiene a dos mujeres como candidatas: Michelle Bachelet y Evelyn Matthei, ambas hijas de generales de la Fuerza Aérea de Chile en 1973. La primera, de un militar leal a Salvador Allende y la segunda, de otro que participó en la junta militar.

Junto a ello, innumerables reportajes con nueva información acerca de la violación a los derechos humanos y los horrores de la dictadura, la molestia ciudadana por el modelo económico social imperante y un gobierno de derecha que ya no sintoniza con las demandas de la población (más bien las ha reprimido) han reabierto heridas y rabias que podrían crispar los ánimos.

De hecho, el ministro del Interior, Andrés Chadwick, aseguró que “tenemos información y preocupación de que se van a desarrollar actos de violencia durante estos días y por consiguiente hemos adoptado un plan especial con Carabineros y la Policía de Investigaciones para proteger al máximo la seguridad de las personas”.

El plan de contingencia contemplará un aumento de policías, protección especial al transporte público, patrullajes terrestres y aéreos. Además, señaló que habrá una preocupación especial por proteger a los candidatos presidenciales.

“Le pedimos colaboración a la población para que la policía actúe en forma preventiva como también comprensión, porque tendremos que tomar acciones como desvíos de tránsito para proteger a las personas, tenemos que estar preparados porque hay sectores preparados para utilizar el 11 de septiembre para expresar la violencia”, concluyó.

* Desde Santiago

Fuente: Página 12, 09.09.13

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Eduardo Luis Duhalde

El intelectual militante

Un texto inédito de Eduardo Luis Duhalde, ex secretario de Derechos Humanos, redactado en colaboración con Guido L. Croxatto como “declaración de principios” del Centro de Estudios Enrique Marí.

La memoria es el derecho

“Más allá del foso no hay nada. Se sabe porque hay que decirlo. Arena negra extendida. Allí pueden caber millones. Errantes e inmóviles. Sin verse ni oírse jamás. Sin tocarse jamás. Es todo lo que se sabe. Profundidad del foso. Ver desde el borde todos los cuerpos colocados al fondo. Los millones que aún permanecen allí.” Beckett

¿Qué pasaría si el día de mañana las potencias se pusieran de acuerdo en derogar o en desconocer –por cualquier argumento retórico– la Declaración Universal de los Derechos Humanos?, ¿acaso dejarían de existir estos derechos?

Vivimos un cambio. Este es un cambio global de paradigma (en filosofía, y en teoría política) que se produjo en los últimos 50 años. No antes. Esto es lo que Ferrajoli llama “derecho sobre el derecho”: la rigidez de las constituciones. Los límites sustanciales –y no ya sólo formales– a la omnipotencia política del legislador: ya no se puede legislar sobre cualquier cosa. (Ni de cualquier manera.) Entramos en un ámbito esencial (el ámbito de los derechos humanos) que configura lo que Ferrajoli denomina “la esfera de lo indecidible” (ya no se puede decidir, por ejemplo, que los judíos no son personas, o que los extranjeros no tienen los mismos derechos o que los crímenes de lesa humanidad pueden y deben quedar impunes). Esto hiere a veces la susceptibilidad de los Estados. Y, sin embargo, es de entender que de esto depende el futuro de la democracia. Este es un nuevo límite. En efecto, los derechos humanos son esa esfera de lo “indecidible”: son algo sobre lo cual ni los Estados ni los pueblos ni nadie puede “decidir” u otorgar impunidad: ¿por qué? (y determinar ese por qué va a ser uno de los objetivos de este Centro Marí). Porque ya está decidido: deben ser respetados. Esto es lo que Rorty llama “la cultura histórica de los derechos humanos”.

El fundamento que emerge de su práctica. A esto se refiere Bobbio cuando habla –un poco confusamente– de un “tiempo de los derechos”. Este es ese tiempo. Un paso fundamental (como la abolición de la esclavitud o la abolición de la tortura, o los derechos de la mujer, etc.) en la historia de la humanidad. Estos pasos se advierten rara vez con el nacimiento de figuras jurídicas esenciales y propias como la de genocidio (que le debemos a Rafael Lempkin) y más aún, con la figura de la imprescriptibilidad. Hay ciertos delitos que ya no prescriben, los delitos de lesa humanidad se ligan, de manera fuerte, como vemos, con otro término esencial de la ecuación política actual, y que enriquece al derecho argentino: la memoria. No hay derechos humanos sin memoria. La memoria es parte de este cambio de paradigma en el derecho. La memoria viene a complementar y a enriquecer a la democracia liberal. El auge de los derechos humanos tiene mucho que ver con el respeto y la promoción (algunos dirán también con el abuso) de la memoria. Así como la impunidad tiene mucho que ver con la desaparición, el olvido, la muerte y el silencio, dar vuelta la página, como dice Günter Grass irónicamente, en El discurso de la pérdida, la memoria tiene que ver con la presencia, el derecho, la palabra, y la vida. Argentina está en ese camino.

El Centro Marí es una reflexión con un fin práctico. Como decía Adorno en Mínima moral, “lo único que le queda a la filosofía es responsabilizarse”. Esa es la única filosofía que según Adorno podemos hacer, no ya filosofía de los grandes sistemas (códigos y valores, ya que todos los sistemas terminaron o se hundieron en Auschwitz), sino hacer filosofía desde los fragmentos. Las ruinas. Los escombros. Y el dolor. Este era el dilema de la filosofía alemana. Pero también es el dilema de la filosofía argentina: responsabilizarse. Entre todos estamos pensando cómo entender esa responsabilidad. El tema de la responsabilidad del filósofo no es un tema nuevo: es un tema que preocupaba al mismo Platón, el problema de la responsabilidad es un problema que está en los orígenes mismos de la filosofía, para quien el descenso del filósofo, en la alegoría de la caverna, es un término ético esencial: debe liberar al otro de sus cadenas. Debe mostrar las cadenas que el otro no ve. Debe cooperar. Debe bajar de la nube. Debe ayudar. Debe actuar. Debe comprometerse. ¿Qué otra cosa sino ésa son los derechos humanos?

Decíamos que la desaparición responde a esta lógica de inhibir la denuncia en un plano que excede al Estado asesino. El Estado es consciente. Por eso es el típico crimen del siglo XXI. El desaparecido es una víctima que no puede hablar. Que carece del derecho más esencial de todos los derechos: la palabra. Su cuerpo mudo, muerto, es un testimonio. Pero se lo priva, incluso, de eso: de su muerte. Este es el extremo del horror. Pero en su lugar tenemos otra cosa: su desaparición (forzada) no prueba nada. Ya no basta con matar, ahora también hay que hacer desaparecer, porque ya no bastan las leyes de autoamnistía que el derecho internacional (caso Barrios Altos) tiene por inválidas. El poder soberano no se justifica a sí mismo. Teme. El poder teme y el poder que teme se vuelve peligroso, como advierte Eugenio Zaffaroni, porque se vuelve fácilmente asesino. Oculta y niega los cuerpos. Oculta y niega la verdad. Se vuelve impune.

Los derechos humanos no han tenido una historia fácil. Nosotros lo sabemos. Los jóvenes lo saben. El valor de los derechos no es un tema aislado. Es el único que le debe preocupar a una democracia. Hoy muchas democracias seleccionan. Dividen ciudadanos. Algunos tienen derechos. Otros no. Algunos discuten con otros argumentos la idea de que los derechos son universales. Este es en efecto un debate actual en Alemania, en Italia, en Francia. El pasado vuelve. Pensemos, por ejemplo, en las reacciones conservadores de Edmund Burke, Bonald o De Maistre a la Revolución Francesa. Para el obispo De Maistre, la sola idea de “derechos del hombre” universales era una idea “del diablo”, le parecía de una “injusticia extrema” que venía a alterar el “orden divino”. Le pareció absurdo y peligroso a Bonald que todos los hombres tuvieran derechos. Le parecía (nada menos que la propia idea de derechos) una “injusticia extrema” contra la tradición. De Maistre también hablaba o creía hablar desde la moral “correcta”. Desde “la verdad”. No son muy distintos de los argumentos que escuchamos ahora. Sólo que ahora es más difícil darse cuenta. Porque no se dice “que los hombres no tengan derechos”. Se usa un lenguaje diferente, se habla del “costo social”, del “mal necesario”, del “daño colateral”, de la “productividad”, de la eficiencia. El que va perdiendo espacio es el derecho. Por eso pensamos este centro como espacio abierto para elaborar entre todos una definición del Derecho. La memoria es el derecho.

Permítanme comentar, antes de seguir, una versión del argumento de la nueva página de la historia. Günter Grass se ha referido a él en su Discurso de la pérdida, y se refiere con ironía a esos alemanes que desde los medios incitaban a todos a “mirar sin vacilar para adelante, solo para adelante” (que a nadie se le ocurra mirar para atrás): en esta versión se sostiene que el pasado debe ser olvidado –incluso un pasado tan palpable y vivo y criminal como el genocidio nazi– rápidamente para que el futuro anhelado pueda empezar. O recomenzar de nuevo. Hay que “dejar paso” a lo nuevo. Esconder el cadáver. Barrer las heridas rápidamente. Como si el propio dolor no tuviera sus tiempos. Los artefactos obsoletos deben ser dese-chados y sustituidos por otros nuevos. No importa cuán encomiable sea en el campo de la tecnología, esta actitud (este simplismo, esta versión sesgada) está completamente fuera de lugar en relación con la historia de un país, como dice Agnes Heller, “que es tanto recordar y conservar el pasado cuanto proyectar el futuro”. Muchos dicen que nosotros defendemos “el pasado”. No es así. Nosotros defendemos vivamente el futuro. No se puede pasar la página sin catarsis y no hay catarsis si se barren los crímenes bajo la alfombra. Sigue el dolor. La idílica página nueva de la historia no estará limpia, después de todo. La decisión de no encausar a los agresores no produce el olvido del odio, el resentimiento y los agravios personales. Una democracia que otorga impunidad, que duerme con la impunidad, que camina y almuerza junto a la impunidad, que es ella impune, entonces niega un derecho. Y niega a la misma democracia. Defender los derechos humanos es la forma que encontramos nosotros para defender la democracia. Todavía hay un largo camino por hacer. Lo haremos nosotros y lo harán los jóvenes. Por eso pensamos este centro de reflexión sobre los derechos humanos Enrique Marí. Sobre el Derecho. Porque todavía hay una definición pendiente en la sociedad argentina. Una pregunta que no obtuvo respuesta.

La memoria trabaja con aquello que no ha sido. Nosotros también. Ese impedimento, eso que no ha llegado a ser, también tiene derechos. Voces. Sentidos. Palabra. Un nombre. Nosotros sabemos bien que no estamos acá porque nos interesa el pasado (lo que han rebautizado muchos como “el pasado”, está de moda decir “el pasado”). Estamos acá porque nos interesa el presente. Estamos acá porque nos interesa el futuro. Porque no podemos borrar. Porque no admitimos la impunidad.

Fuente: Página 12, 03.04.13

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PARTICIPAR

EN LA DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS

Una reflexión de Alejandro Rofman

Amigos

Ayer, a la tarde, fui a la Plaza. Bueno, es un decir. No pude entrar en la Plaza porque la muchedumbre la cubría toda y llenaba la primer cuadra de todas las calles o avenidas que accedían a ella. Fue realmente emocionante. Nunca falte un 24 de marzo al acto central de la recordación del inicio de la dictadura civico-militar. Siempre consideré que si uno desea que las cosas cambien hay que hacer un pequeño aporte personal para que ello ocurra porque si algo cambia y uno nunca estuvo presente para reclamarlo siente que le quedó una deuda impaga. Recuerdo haber estado en actos con reducido público -menos de la mitad del que concurrió ayer- cuando Menem habia decretado las amnistias y los principales genocidas quedaron en libertad. Afortunadamente ello se revirtió en el año 2003, con la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final propiciadas por el presidente Nestor Kirchner y debieron volver a la cárcel los que habían sido indultados y se iniciaron decenas de juicios por la Verdad, la Justicia y la Memoria. Hoy hay más de 300 represores con sentencia de prisión y más de 1200 en juicio o a punto de que se les inicie Y además, se han ido agregando los coautores civiles del genocidio (como en los juicios de Nuremberg) en una experiencia de dictado de justicia nunca vista luego de la condena de los jerarcas nazis tras la Segunda Guerra Mundial.
Yo quiero participarles a ustedes (a los que estuvieron y a los que no fueron) mi enorme impresión al observar quiénes eran los protagonistas de las largas y nutridas columnas que llenaron la Plaza y la desbordaron. Las ciudadanas y ciudadanos que no habían nacido cuando la Dictadura civico-militar terminó eran mucho más de la mitad de los concurrentes. Ello me causó una enorme emoción porque me reveló que hay continuidad en la lucha que emprendieron Madres, primero, y Abuelas, después, hoy ya muy avanzadas en edad y que han ido progresivamente cumpliendo su ciclo vital. Esa continuidad generacional asegurada reconforta y da fuerzas para seguir exigiendo Justicia. Los juicios constituyen, de lejos, lo más impactante, emocionante y maravilloso para quienes pasamos los años de plomo y perdimos amigos entrañables.
La Agrentina ha dado, con el esfuerzo denodado de no bajar los brazos de esas dignas mujeres que fueron y son las Madres y más tarde las Abuelas un ejemplo de dignidad a todo el Mundo que no tiene parangón
Este año el 24 de marzo convocó a muchas más voluntades a acompañar a las Mujeres de la Dignidad. Esperemos que ello se siga ampliando con los años y el reclamo que se formuló, a través de la encendida palabra de Estela Carlotto, de Justicia y Memoria siga siendo cada vez más un logro concreto y deje de ser una esperanza posible.

26.03.13

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Carta abierta al Papa

de una Abuela de Plaza de Mayo

Por Sonia Herminia Torres *

Mi muy respetado Francisco:

Mi nombre es Sonia Herminia Torres y soy una de las tantas Abuelas de Plaza de Mayo de la Argentina. Vivo en Córdoba y a esta carta la escribo en esta fecha porque este 26 de marzo, hace 37 años, cambió mi vida en forma intempestiva, abrupta, definitiva. Esa fecha partió mi vida en dos.

Un 26 de marzo, hace exactamente 37 años, los militares de la dictadura más atroz que sufrió nuestro país se llevaron para siempre a mi hija Silvina Mónica Parodi, embarazada de seis meses y medio, y a su esposo Daniel Francisco Orozco. Ella tenía sólo 20 años y él 23. Toda la familia esperaba con amor y alegría la llegada del bebé. Desde esa tarde del 26 de marzo de 1976, los estoy buscando.

Sé con certeza que Silvina tuvo su hijo en cautiverio entre los últimos días de junio y los primeros de julio de aquel año terrible. Supe también que fue varón y que lo separaron de su madre y de toda su familia con posterioridad a su nacimiento.

Como tantos otros hijos de madres cautivas, los militares dispusieron de él como un objeto, dándolo a otra familia y condenándolo a caminar a tientas por la vida, sin saber su origen biológico y sin saber que esta abuela y su familia lo aman y lo han buscado incansablemente. Que lo siguen buscando.

Créame, Excmo. Francisco, que la desaparición forzada de esos seres tan amados se convirtió en un dolor indescriptible que me acompaña desde entonces.

Ya tengo 83 años, y cada día me levanto con la esperanza de encontrar a mi nieto. De que él llame a mi puerta y me diga: “Hola abuela, ¡aquí estoy!”.

No quisiera partir sin poder ver su cara. Sin poder recrear en sus gestos los de sus padres, mis hijos, que, desde esas fotos en blanco y negro que las Abuelas llevamos siempre en nuestras marchas, nos miran. Porque, suspendidas en el tiempo, sus miradas son un ruego, al igual que nuestro andar sin descanso.

Su llegada al Vaticano, Francisco, ha renovado las esperanzas sobre todo lo que puede el inmenso poder de Dios y de su Iglesia. Es por eso que me dirijo a Usted, como máximo representante de la Iglesia, para pedirle que actúe sobre aquellos que tienen un conocimiento directo de dónde están nuestros nietos y nos digan a quiénes se los entregaron y dónde enterraron a sus padres.

Estoy convencida de que Usted, en este momento histórico, irrepetible, puede interpelar sus conciencias para que reparen de alguna manera el daño que han infligido.

Después de años de tristeza y desazón que han dejado marcas profundas en mi alma y en mi espíritu, deposito mi esperanza en Usted, Santo Padre.

Ya no me queda mucho tiempo. Quisiera rogarle que antes de mi viaje final me ayude a reencontrarme con mi nieto para que juntos podamos ponerles una flor a sus padres, contarle su historia, la mía propia, y juntarnos en el abrazo eterno que sólo permite el amor. Enseñarle que el amor crea mundos o los vuelve a refundar hasta de sus ruinas.

Confío en su corazón y en su inteligencia y en el nuevo lugar que Dios ha elegido para su vida. Sé que para Dios no hay cosas imposibles y que de su mano se podría lograr lo que tanto ansiamos las Abuelas de Plaza de Mayo. Es esa certeza la que me ha impulsado a escribirle desde el humilde lugar de madre y abuela.

Con todo mi respeto y con una gran esperanza, le envío mis mejores deseos en su tan trascendente misión.

* Abuelas de Plaza de Mayo-Filial Córdoba.

Fuente: Página 12, 26/03/2013

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Aludiendo y acudiendo a Hessel

Stéphane Hessel en los 50 Studio Harcourt AFP

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Por Roberto Páez González

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Entre las manifestaciones sociales a que dio lugar el rechazo de las últimas evoluciones del capitalismo y de su crisis financiera a partir de las subprimes (2007/2008), todo el mundo tiene presente la de Los indignados. Sus acciones, muy difundidas por los medios periodísticos, particularmente las de España y las de Wall Street, en Estados Unidos, rubricaron el disconformismo de diversos sectores sociales de los países desarrollados respecto de los fenómenos de globalización, financiarización de la economía internacional y de cada uno de los países, así como de los planes de ajuste que se sucedieron, especialmente en Europa, en Grecia, Portugal, etc.

Cuando las repercusiones de esos procesos ya estaban generando resistencias crecientes, apareció el opúsculo de Stéphane Hessel, ¡Indígnense!, que fue traducido inmediatamente a muchos idiomas y se difundió extraordinariamente por todo el mundo. En España, con el título ¡Indignaos!En Francia, Indignez-vous! En inglés, Time for outrage! Y también traducido a estas lenguas (por lo menos): griego, esloveno, vasco, japonés, croata, portugués, hebreo, catalán, italiano, alemán, sueco, coreano, húngaro…

El éxito instantáneo de la publicación simbolizó hasta qué punto una parte muy considerable de los pueblos del mundo tenían una común sensibilidad de rechazo frente a la orientación que lleva la economía mundial bajo la hegemonía de la globalización dominante.

Los Indignados ofrecieron testimonios de resistencia a esta globalización, llamaron mucho la atención en todas partes del mundo, suscitando simpatías, fueron reprimidos en diversas circunstancias -en ocasiones, muy duramente- y hasta hoy no registran un tipo de éxito político como los que suelen esperarse, ya de cambios electorales, ya de revoluciones políticas; aunque estas rebeldías están presentes, en parte, en procesos que la gran prensa internacional recubre bajo motes como La Primavera Arabe, etc. o que oculta o difama -sin ir lejos, procesos suramericanos.

De todas maneras, el malestar existente en las poblaciones de los países desarrollados es inocultable y, en determinados aspectos, puede asimilarse a otras contestaciones surgidas hace pocos años por los alternativistas de Otro mundo es posible, que expresaron una diversidad de movimientos como el Zapatista, el del Foro de San Pablo, y desde luego -antes que ellos- otros y otros.

Las raíces contestatarias se han desarrollado en simultáneo con la evolución y las mutaciones del capitalismo y adquieren formas que son propias de cada momento, pero fuerza es constatar que van a la zaga de los cambios del sistema que las origina.

No obstante, estas luchas crean una cultura de resistencia popular y se eslabonan a través de las generaciones. No son capaces de lograr una victoria sobre el sistema, pero también simbolizan una irreductibilidad y plantean la necesidad de luchar contra ese sistema.

Hemos conocido a lo largo del siglo veinte luchas anticoloniales, luchas obreras, luchas nacionales, luchas por la democracia y la justicia social y todas esas luchas se enlazan en los anhelos de la inmensa mayoría de los seres humanos de emanciparse de las sociedades que los aherrojan en unas vidas que los individuos tienen la sensación de vivir como si no fueran unas verdaderas vidas, sino unas vidas sin igualdad de oportunidades, condicionadas por los patrimonios familiares al nacer, por el acaparamiento de los medios de producción, distribución y cambio de los productos del trabajo humano.

Después de las denuncias del ¡Indígnense! Stéphane Hessel y Edgar Morin ofrecieron al público las proposiciones de El camino de la esperanza (en francés, Le chemin de l’espérance).

Es un dato contextual de la proeza de estas ediciones el que los autores son dos jóvenes de 95 y 91 años, y que durante 2011 fueron muy solicitados por distintos medios de gran alcance o difusión, en especial por programas de televisión, en los que defendieron con ahínco y argumentaciones impecables sus puntos de vista y proposiciones.

Se trata de personas que han visto y vivido el siglo veinte. Y que se lo tome como el período 1901-2000 o como el siglo corto de Hobsbawm (1914-1991) es un ciclo altamente catastrófico por lo militarista y sus consecuencias, así como ingentemente tecnológico con las novedades del automóvil, la aviación, el armamento nuclear, las computadoras y los hallazgos de miniaturización, etc.

Ambos participaron en la Resistencia francesa y en diversas actividades intelectuales, políticas y diplomáticas y han ofrecido una nutrida obra en libros, artículos y reportajes, pero han sentido la obligación ética de poner de manifiesto sus puntos de vista y sus críticas de la sociedad en que vivimos en estas obras recientes que tienen el carácter de un legado.

Algunas de las ideas expresadas en El camino de la esperanza estaban presentes en La Voie, de Edgar Morin.

Pero el libro que firmaron juntos mantiene un parecido con el ¡Indígnense! de Hessel que es el de la brevedad que aspira a concentrar en pocas palabras algunas que sean decisivas para los lectores y dentro de lo posible para muchos lectores jóvenes.

Hessel y Morin llegan a plantear una opción política innovadora porque reclaman una nueva manera de pensar y para ello la reforma de los sistemas de enseñanza -de la primaria a la secundaria- con la meta de estimular la aparición de un pensamiento complejo entre los jóvenes y/o futuros ciudadanos.

Proponen -pero podría decirse que aconsejan- que entre los alumnos, además de los conocimientos tradicionales se abran paso actividades que conduzcan al conocimiento del Hombre y su lugar en el ecosistema que llamamos tierra, a fin de mejorar la comprensión de la sociedades humanas y la capacidad de participación afectiva de unas personas en las realidades que afectan a otras, una empatía, una posibilidad de ponerse en el lugar de los demás, de los otros.

Ven necesario desarrollar la comprensión de lo que son los conocimientos para que los estudiantes distingan sus límites y los desvíos ideológicos, científicos y epistemológicos.

Los autores de El camino de la esperanza dicen al inicio del libro: “Nuestro propósito es denunciar el curso perverso de una política ciega que nos conduce a los desastres. Consiste en enunciar una nueva política de salvación pública. En anunciar una nueva esperanza” (en francés: Notre propos est de dénoncer le cours pervers d’une politique aveugle qui nous conduit aux désastres. Il est d’énoncer une voie politique de salut public. Il est d’annoncer une nouvelle espérance).

A nadie se le escapa la dificultad del reto. Sin embargo, solamente si las nuevas generaciones disponen de un pensamiento complejo serán capaces de enfrentar los saldos de las crisis actuales y buscar salidas que puedan aportar mejoras y nuevas vías a las sociedades humanas.

Es interesante notar que tanto Indígnense como El camino de la esperanza invocan en sus títulos la necesidad de una capacidad de reacción -de los individuos y de los grupos humanos- para enfrentar así las construcciones sociales que se basan en la evacuación de los derechos del hombre y los ciudadanos mediante la globalización neoliberal y -a la vez- esbozan un camino -un método- para tener y ejercer la esperanza, o sea el horizonte de un posible futuro mejor.

Hessel ha vivido y contribuido. El homenaje ha de ser vivir y contribuir. Y tiene que verse en calles y ciudades, resistiendo y también venciendo a los privilegios que se oponen a la esperanza. Seguro que en París y otras capitales se va a ver que lo queríamos.

Foto: Stéphane Hessel en los 50 – Studio Harcourt AFP

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