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Posts Tagged ‘Hernán Brienza’

¿Inundado o hundido?

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Por Hernán Brienza

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La inundación en la Ciudad de Buenos Aires puso al descubierto, de modo trágico, la ineficiencia del macrismo en la gestión de los problemas en la capital argentina. Pero no solo en el sentido de lo que no se hizo sino, fundamentalmente, en la forma descuidada en la cual el Jefe de Gobierno se dirigió a los damnificados y la opinión pública.

Y un día, un buen día, el relato macrista hizo agua por todos lados. Y no fue el Kirchnerismo el que desarticuló la construcción marketinera del Jefe de Gobierno porteño. Cayó por el propio peso de su ineficacia política –de acumulación de poder en la congruencia entre discurso y realidad- pero sobre todo por su ineficiencia en materia de gestión.

Evidentemente, el caudal de lluvia que cayó en la región bonaerense fue inusual: más de 160 milímetros en CABA, cuando la media es 70 mm por mes, aproximadamente. Por eso no son las causas de la inundación lo que vale la pena analizar en términos políticos, más allá de la imprevisión municipal y de las consecuencias de un negocio inmobiliario descontrolado. Son las respuestas políticas que dio el Jefe de Gobierno de la Ciudad tras la catástrofe.La primera conferencia de prensa que ofreció el intendente fue deficiente desde todo punto de vista: se defendió absurdamente culpando al gobierno nacional, tiró la pelota afuera, se mostró distante, tenso, insensible, y, lo peor, quebró el contrato tácito que tenía con su propia clientela electoral: defraudó a quienes lo habían votado. El relato macrista hizo agua por distintos motivos: 1) prometía equipos técnicos preparados para gobernar la ciudad y no pudo paliar siquiera las inundaciones; 2) acusaba al gobierno nacional por falta de colaboración, pero quedó al desnudo que el propio Macri decidió gastar su presupuesto en el Metrobús y en carreras de autos antes que en la obras del arroyo Vega, por ejemplo; 3) mostró poca o nula sensibilidad como para recorrer los barrios que habían sufrido la inundación; y 4) en un canto a la discriminación a favor de los sectores enriquecidos prometió subsidios solo para aquellos que tuvieran los impuestos pagos, es decir, que para los sectores más pobres con dificultades económicas para pagar los siderales aumentos de ABL por ejemplo.
Inexplicable: Macri quiere subsidiar a los sectores más favorecidos económicamente y dejar sin subsidios a los más pobres.

Solo en el planeta Macri algo así puede ser pensado. Hundido.
La actitud de Macri quedó más destemplada aún en horas de la tarde cuando la Presidenta en persona decidió recorrer las zonas afectadas haciéndose presente tanto en La Plata como en los barrios afectados de la CABA. Podría no haberlo hecho. Podría haber especulado con dejar hundirse solos al gobernador Scioli o al intendente Bruera o Macri en sus propios lodazales. Sin embargo, decidió tener una actitud de contención política para con los damnificados. Y lo hizo, incluso, dejando de lado las diferencias circunstanciales con el mandatario provincial.

Pero los errores de Macri fueron un cine en continuado. No hubo autocrítica en ningún momento por los errores cometidos desde su gestión, tampoco sobre el desdén por las denuncias de los vecinos de Saavedra sobre las inundaciones producidas por el shopping DOT.

Hay tragedias naturales que pueden fortalecer políticamente a un dirigente o debilitarlo, según como actúe antes, durante y después de esa catástrofe. Incluso, hay crisis que ni siquiera las coberturas mediáticas pueden ocultar. El destrato de  Macri con su propia clientela quebró el contrato que había hecho con muchos porteños que hoy reclaman que se vaya desde un lugar visceral. Es la respuesta antipolítica que parte de los electores a un discurso antipolítico.

Es decir, Mauricio Macri se cansó de tanto utilizar el discurso de la antipolítica. Sus argumentos eran que él no pertenecía a esa clase, que era empresario, que era nuevo, del lado de los vecinos y del hombre común, y le sirvieron para generar una empatía con un electorado que descree de la política y se refugia en una antipolítica de corte liberal libertario rayano a la falta de escrúpulos deloutsider. Pero hoy se relato se quebró: para los “vecinos” de Buenos Aires Macri pasó a formar parte de la clase política y cayó bajo el latiguillo de “son todos iguales de corruptos”, frasecilla histérica que sólo favorece a los intereses de los grupos económicos que devastan al Estado en contra, obviamente, de los ciudadanos.

Hoy Mauricio Macri gira en falso con su discurso antipolítico. Intenta reproducirlo y no hacerse cargo de sus propias responsabilidades. Y resulta patético escucharlo vociferar con el agua al cuello. Pero no está en esa situación porque el agua subió, está así, simplemente porque el hombre se hundió solito.

notas relacionadasFuente: Télam, 06.04.13

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EL FESTEJO

BICENTENARIO DE LA ASAMBLEA DEL AÑO XIII

El día en que la Plaza de Mayo fue una fiesta inédita

La Plaza de Mayo ayer albergó en el festejo por la Asamblea del Año XIII tanto a músicos candomberos como a personalidades del mundo académico como el juez Eugenio Zaffaroni. En una serie de stands se representaron los logros de la Asamblea.

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Por Horacio Cecchi

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La Plaza de Mayo estaba rara, nada malo, no, rara por sorprendente, por sintomática, por novedosa, por vitalmente inusual. Ayer uno podía entrar a la Plaza y escuchar a Zaffaroni hablando a decenas de miles de personas al aire libre, mientras la multitud lo escuchaba silenciosa y atenta, hasta que aplaudía a rabiar alguna frase de impacto; o podía atravesar la Plaza a duras penas –porque gente había en todos los rincones y metros cuadrados– para recibir una medalla con la faz acuñada recién y a la vista de la primera moneda, la original de la Asamblea del Año XIII, o cruzarse con un grupo de músicos bolivianos a puro siku, o uruguayos a puro candombe, o afroamericanos; chicos, grandes, Pakapaka y caballitos pony, vendedores de gaseosas en skate y de escarapelas, y los ritmos que se entremezclaban porque, no se crean que había orden, al menos el orden clásico y formal. No, ayer hubo un orden diferente, un orden que daba lugar a todas las voces, todas las músicas, todas las pieles, y hasta llegar a que miles y miles de personas hicieran silencio para escuchar a Zaffaroni decir que “a nuestros próceres les robaron el discurso de las libertades y lo pervitieron para defender la libertad de los poderosos y someter a los débiles”. Aplausos a rabiar. Que no vengan a decir que la historia en el presente no interesa a las multitudes.

Temprano era fácil distinguir los stands distribuidos alrededor de la Pirámide. El calor, que pegaba duro a esa hora (cuatro, cinco de la tarde), podía resolverse con un clásico, los pies en las fuentes de la Plaza. Una extensa fila aguardaba para pasar por el stand de la Casa de la Moneda. Motivo: se podía ver la matriz original de la primera moneda, la acuñada por la Asamblea Constituyente del Año XIII. Y el proceso de acuñado de una moneda, la máquina (“una Schuler”, explicaba un empleado de la Casa de la Moneda) que escupía a la vista medallas acuñadas con una cara de la moneda original y que se perdían como presente en los bolsillos de los visitantes. En el stand del Banco Central, tras pasar por un minibanco para niños se entregaba una, no me acuerdo cómo se llama dijo la chica, una briqueta de fragmentos de billetes en mal estado picados fino. Para el caso, este cronista recibió una de billetes de 20 pesos, es decir, medio kilo de papel picado envuelto en nylon que cargó durante toda la crónica.

El sentido de los stands era que cada uno representara al público una de las gestiones logradas por la Asamblea del Año XIII. Los dos primeros se vinculaban con la primera moneda acuñada en el país no española. Más allá, el stand del Ministerio de Seguridad se ajustaba a otro tema, la eliminación de todo tipo de torturas. En un par de metros se podían deducir en directo las penas que significaba haber caído en aquel momento en el rastro lombrosiano. Un cepo, un rostro marcado con fuego en la frente con la V de voleur, ladrón en francés, o con el cuero cabelludo quemado. “Esta es la frutilla negra”, confían en el stand, y muestran una pesada masa de hierro imposible de levantar, unida a una cadena que se ajustaba al tobillo del preso con un grillete. “Al teléfono le pusieron así, con la idea de que no te lo podés sacar de encima”. “?”. La masa, con el grillete, se llamaba blackberry. La creación por ley, el año pasado, de los Mecanismos de Prevención de la Tortura a nivel nacional, hablan de los pasos positivos que se vienen dando y de que la tortura se mantiene como una de las rémoras de la Asamblea, la eliminación de todo tipo de tortura. También estaba el stand de los afrodescendientes, donde cuatro chiquitos, tres nenas y un nene de entre 3 y 5 años, no más, daban despliegue a su creatividad empastando con acuarelas y pastas las hojas blancas destinadas a que los visitantes opinaran sobre si había o no discriminación racial en el país. Y otro en el que se desplegaban fotos de los caciques araucanos, pampas, ranqueles, estaba Manuel Namuncurá, Inakayal, todos con sus rostros sufridos, miradas indómitas, empobrecidos, prisioneros. La libertad de vientres para los esclavos negros y la eliminación de la mita y el yanaconazgo como métodos de sujeción y explotación, otros de los decretos ordenados por la Asamblea.

La Plaza de Mayo ayer daba para todo, un popurrí de voces y colores. Al otro lado de la carpa de los afrodescendientes, cruzando Rivadavia, un stand, ruidoso por definición, de Pakapaka, donde el aporte era el conocimiento de los próceres. Los chicos en el escenario intentaban adivinar los nombres, completando los espacios vacíos con letras. Gritos, nombres soplados, ruido, gritos, nombres. Cerca, los alumnos de artes de la Universidad de Tres de Febrero avanzaban con la pintura de un enorme escudo argentino. Les había tocado la representación de los símbolos.

Frente al escenario, el vicepresidente Amado Boudou y el ministro de Ciencia y Técnica, Lino Barañao, seguían el ritmo musical. A veinte metros, atravesando una marea que ya se ponía densa, sonaban los redobles de los tambores de la comparsa Bonga. Son unos 25 aunque llegamos, dice Washington, a 75, dándole al tambor. Washington, que vive hace 38 años en Buenos Aires, es de Pocitos, “mi padre era encargado de un edificio. En la esquina había una alcantarilla. Por esa alcantarilla se escaparon los tupas de Punta Carreta”, recordó orgulloso y le dio al tambor. Mientras Washington contaba, Bonga, la murga de Javier “Bonga” Martínez avanzaba con sus mozas moviendo la cintura, sugestivas y fotografiadas con el mismo furor con el que sonaban los tambores.

En el escenario, mientras los uruguayos le daban al parche, sonaba Miss Bolivia en el escenario y las chicas de Desarrollo Social invitaban a firmar en un panel para decirle No a la Trata. Siguió en algún momento Víctor Heredia y mientras se escuchaba en el escenario “todavía cantamos”, abajo, a veinte metros se escuchaba el redoble de otro grupo de uruguayos, los Irala. También los sikus (o samponia, como sugirió el nombre en español uno de los músicos) de un grupo de la organización barrial Tupac Amaru.

Digamos que la presencia hermanada de la afrodescendencia y la de los pueblos originarios estaba a pleno. Alrededor, bah, por todos lados, los vendedores de gaseosas, incluso aquella parejita que llevaba su heladera de telgopor montada sobre un skate, a unos 10 pesos la botella chica. “¿El agua cuanto sale?”. “Lo mismo”. “Pero si es agua”. “Sí, pero también te la tomás”. La explicación no dio otra posibilidad de pregunta. En algunas de las esquinas de las partes verdes de la plaza, vendedores de remeras con los rostros de Cristina y Néstor, leyendas como “Todas somos yeguas”, a cincuenta pesos. Mientras, Víctor Heredia avanzaba con sus canciones.

Siete y media de la tarde, llegaba ya otro de los aspectos inéditos de un festejo popular en la Plaza de Mayo: un panel arrancado de los ambientes académicos y puesto ahí, en el escenario, para que decenas de miles de personas escucharan silenciosamente lo que querían decirles sobre la Asamblea del Año XIII el juez de la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni, la historiadora Araceli Bellota, y el periodista Hernán Brienza. En la temática y en la perspectiva hubo coincidencias. Hablaron una especie de defensa crítica de lo actuado por la Asamblea. De sus divisiones internas que demoraron e impidieron el dictado de una Constitución que debió aguardar cuarenta años (el nombre de Carlos María de Alvear fue acompañado de chiflidos), a los pasos agigantados que dieron los diputados hace 200 años. Fue el momento en que Zaffaroni dijo: “Pido disculpas porque nunca viví algo así, me siento muy emocionado”. Y habló de los dos modelos de Estado que se pusieron en juego en aquel momento, “el modelo de la explotación y el de la solidaridad”. Entonces dijo que “a nuestros próceres los asaltaron y asesinaron, les robaron el discurso de las libertades y lo pervirtieron para defender las libertades de los poderosos y someter a los débiles”. Durante media hora, insólito, toda la plaza, el pueblo, hizo silencio interesada en que un debate académico se acercara a hablarles.

Después siguieron Rada, Agarrate Catalina bajo la dirección de Yamandú, y Nonpalidece. En ese momento, la Plaza volvió a estallar en música, colores, candombes. Era el festejo bicentenario, de cara al Cabildo donde se había gestado.

 Fuente: Página 12, 01.02.13

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Trenes, 17 intelectuales y ninguna flor

Estoy convencido de que los trenes deben ser manejados por el Estado y brego porque los malvinenses tengan mis mismos derechos como argentinos, que no vivan bajo una monarquía medieval.

Por Hernán Brienza

Quien escribe estas palabras, a pesar de ser un hombre de fe, tiene muy pocos dogmas. Entre ellos hay dos que han permanecido inalterables a lo largo de su vida: YPF debe ser de todos los argentinos y los ferrocarriles deben ser manejados por el Estado, porque son un servicio público económico destinado a los sectores más humildes de la sociedad. Como escribió alguna vez Raúl Scalabrini Ortiz, “los trenes fueron un instrumento del colonialismo inglés, deben ser ahora una herramienta de independencia”. Ese fue mi credo toda la vida. Y este primero de marzo voy a volver a celebrar el día en que los “ferrocarriles volvieron a ser argentinos”, en aquel 1948 bajo el gobierno de Juan Domingo Perón.

La tragedia del martes a la mañana que costó la vida de más de 50 personas fue un mazazo a la política pública del gobierno nacional en este tema por la sencilla razón que pone en crisis –cuestiona el fundamento esencial de su política de subsidios– todo el andamiaje construido desde hace ya varios años. ¿Por qué? Sencillo, porque la política de subsidios pensada para que millones de argentinos humildes puedan viajar a precios irrisorios terminó siendo letal en manos del grupo concesionario que más control y poder tiene sobre los trenes: la familia Cirigliano, que maneja el Sarmiento, el ex Mitre, y como miembros de UGOFE también tienen parte del San Martín y el Roca Sur. Murieron aquellos a los que justamente iba dirigida la política social de abaratar los pasajes. Hoy, por ejemplo, un trabajador paga el boleto de tren un 10% de lo que cuesta el mismo tramo en cualquier capital europea, obviamente con un servicio similar en calidad a ese porcentaje de costo. De todas maneras, la ecuación parecía cerrar momentáneamente –a pesar de los constantes conflictos con pasajeros– siempre y cuando no estuviera en juego la seguridad, porque, como es obvio, la vida no se negocia. A esto se le suma el hecho de que sobre la política de subsidios hubo desde hace muchos años una sospecha permanente de retornos cruzados desde antes de la gestión de Ricardo Jaime. Mal servicio, corrupción, irresponsabilidad empresaria y muertes son un combo que obligan a repensar toda la política pública y a realizar una sintonía gruesa, al menos en materia de transporte.
Me consta personalmente que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner considera que “las cajas” son formas depravadas de hacer política. Por eso creo que, como anunció a sus colaboradores esta semana, será implacable con los responsables y tomará las decisiones más duras que haya que tomar. Creo, también, que su ausencia en el lugar del hecho, en los hospitales, en la falta de una cadena nacional inmediata, dejó desamparados a propios y ajenos en un momento de profundo dolor colectivo. Entre la ausencia de Néstor Kirchner post Cromañón y la acertada presencia de la presidenta en Tartagal, esta última fue la que construyó un estilo contenedor que siempre es bien recibido por las víctimas de cualquier suceso. Total, si es por cálculo político –y no creo que lo sea– la oposición y los medios van a cargar igual contra la mandataria.
La tragedia del martes demuestra que en materias como transportes e infraestructura –medio siglo de desidia– todavía es necesario usar un trazo grueso para las transformaciones que la Argentina necesita. Sin dudas, debería significar el fin del modelo de negocios y de ineptitudes montado por las privatizaciones menemistas y que el kirchnerismo no pudo desarmar hasta el momento. Ahora bien, exigirle a la presidenta de la Nación una resolución inmediata y a los gritos –además de responder a una provocación opositora, a la histeria que nos caracteriza a los sectores TNizados y al dramatismo en sí que tiene la cuestión– significa un desconocimiento de cómo reacciona Cristina Fernández. Seguramente será implacable. Pero es demasiado seria y obsesiva del estudio como para tener una reacción muchachista y demagógica. Desde echar a Juan Pablo Schiavi a rescindir la concesión a TBA, hasta estatizar los ferrocarriles, no lo va a hacer a las apuradas. Porque, además, está bien que así sea. Un político que piensa como estadista no actúa empujado por las circunstancias. Y, sobre todo, porque cualquier determinación que se tome implica una infinidad de variables técnicas, políticas, administrativas, prácticas, de conducción, que requieren de algo más que de un gesto político. Por ejemplo, ¿cómo se resuelve administrativamente el traspaso? ¿De qué manera se cubren los cargos técnicos? ¿Quién conduce las empresas estatizadas? El que escribe esta nota, ¿que sabe menos de trenes que de la “transustanciación del cangrejo”? ¿Fernando Pino Solanas que es un gran cineasta? ¿Ernesto Tenembaum, a quien aprecio, quien tilingamente dijo que otra vez tuvo ganas de decir “qué país de mierda”? ¿Puede el Estado invertir los millones de dólares necesarios para reconvertir en serio la red de trenes de nuestro país en un año de profunda recesión mundial?
Estoy convencido de que los trenes deben ser manejados por el Estado. Y también intuyo que en su fuero íntimo la presidenta de la Nación piensa lo mismo. Los millones de argentinos que fuimos sacudidos por la tragedia de Once podemos darnos el lujo de actuar y hablar en función de nuestras sensaciones y sensibilidades. Ella no. Y no se pueden dar pasos en falsos en este tema. Porque si el día de mañana, con los trenes estatizados se produce una tragedia similar, por ejemplo, los mismos que hoy se rasgan las vestiduras por las concesiones privadas van a pedir la reprivatización de los ferrocarriles.

MALVINAS: TANTO PARA TAN POCO . Diecisiete intelectuales y ninguna flor. Así podría titularse el pobrísimo documento “Malvinas, una mirada alternativa” escrito por los intelectuales con carnet entregados por el diario La Nación. Pero no es paupérrimo porque esta pensado desde la tradición montevideana –aquellos escritores pseudo románticos de mitades del siglo XIX que apoyaron a Gran Bretaña y Francia en sus bloqueos agresivos contra la Confederación Argentina–, a la cual se la podría acusar tontamente de “cipaya”, “tilinga”, “traidora”, epítetos que no voy a usar, no por no ser ciertos, sino porque serían chicaneros y rebajan aun más el pésimo debate propuesto por el Grupo de los 17.
El principio de autodeterminación está pensado para la descolonización de los pueblos sometidos, no para argumentación de las potencias imperiales y los intelectuales oficialistas de Su Majestad, vivan estos en Gran Bretaña o en países latinoamericanos. Sin ir más lejos, no se utilizó ni siquiera en Hong Kong, donde sus habitantes preferían seguir siendo ciudadanos británicos, pero como se trataba de China, el Reino Unido se olvido de ese principio sagrado “sólo para la cuestión Malvinas”. Tener una mirada alternativa es válido; ignorar, no tanto.
Me interesa resaltar dos cosas: a) el grupo de los 17 debería decir: “Señores, nosotros apoyamos abiertamente la estrategia de negociación del menemismo que intentó acercar posiciones con el Reino Unido evitando el tema Malvinas (párrafo tercero)”; y b) debería ser más explícitos en el apoyo a la estrategia actual del gobierno nacional, porque que todos sepamos –me refiero al 80% de la población según las últimas estadísticas y a los líderes de la oposición– hasta ahora el gobierno sólo ha utilizado la vía pacífica e intentado el diálogo.
Por último me quiero referir a la falacia más importante que tiene el documento: “El principio de autodeterminación sobre el que ha sido fundado este país.” ¿Perdón? ¿De qué país hablan, muchachos? ¿De Argirópolis, de Cacodelphia, en qué país imaginario están pensando? ¿O se refieren a la autodeterminación de las provincias sometidas por Buenos Aires con el Ejército mitrista en 1862? ¿O de los pueblos originarios asesinados por Julio Argentino Roca? ¿O por la federalización de Buenos Aires tan bien descripta por Hilda Sábato en sus libros que realizó el Ejército nacional ensangrentando las calles de Buenos Aires? ¿No leen ni sus propios trabajos? Ah… Se deben referir al Preámbulo de la Constitución Nacional… ¿La misma que fue hija del golpe de Estado de Caseros en el que fueron cómplices liberales unitarios argentinos, colorados uruguayos, y las coronas portuguesas e inglesas? ¿Qué visión edulcorada de la historia nos pretenden vender? Con razón se les pusieron los pelos de punta con la creación del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego. Voy entendiendo.
La Argentina es un país federal, no confederado, señores, las provincias y territorios no tienen autodeterminación sino autonomía. Lo prescribieron liberales conservadores como algunos de ustedes en la Constitución del ’53. Y en los anexos de la reforma del ’94 –la única consensuada en nuestra historia– dice claramente que la Argentina no puede renunciar a su soberanía sobre Malvinas. No por una cuestión de “patrioterismo” barato, sino porque están sentados, también, sobre 200 mil millones de dólares en petróleo que nos corresponden. Con eso pagaríamos la deuda externa completa y nos quedaría divisas para divertirnos un buen rato, por ejemplo. ¿El Grupo de los 17 considera que esos recursos deben ser de los ingleses? ¿Y después están en contra de la minería? Contradictorio, ¿no?
Desgraciadamente, la política está atravesada por la fuerza militar. Y el desafío siempre consiste en oponer soluciones pacíficas a imposiciones de facto. La democracia consiste en crear derechos donde hay imposiciones. En mi caso personal brego porque los malvinenses tengan mis mismos derechos como argentinos, que no vivan bajo una monarquía medieval, que tengan derecho al matrimonio igualitario, a transitar libremente por la Argentina, que tengan jubilación del Anses, etcétera.
Entiendo que alguno que otro periodista sin la formación política necesaria –especialistas en secciones como Espectáculos o Deportes–, no estén mucho al tanto de estas cosas, pero que algunos intelectuales respetables, no todos, no lo sepan, me deja sorprendido. Me da mucho menos miedo que sea mala intención que desconocimiento.

Fuente: Tiempo Argentino, 25.02.12

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En la Argentina de hoy no hay lugar

para apresurados ni para retardatarios

Por Hernán Brienza*

La Argentina de hoy está lejos de estar en una situación revolucionaria o prerrevolucionaria. Es posible que ande por senderos más apagados, más equilibrados, con menos marquesinas, inclusive. Pero nadie en su buena fe puede negar que se trata de un proceso de cambios que ‘hace lo posible en beneficio de las masas’

Un mes y medio después de su regreso a la Argentina, el 30 de julio de 1973, Juan Domingo Perón pronunció un discurso en la sede de la CGT donde, de alguna manera, marcó el ritmo de lo que iban a ser las transformaciones en su tercer gobierno, que, como se sabe, quedó trunco a los nueve meses a causa de su muerte. Eran tiempos arrebatados, donde la “revolución social” quedaba a mitad de cuadra y en que “podrían arrancar todas las flores, pero jamás detendrían la primavera”. El viejo General se puso de pie y dijo: “En todos los movimientos revolucionarios existen tres clases de enfoques: de un lado, el de los apresurados que creen que todo anda despacio, que no se hace nada porque no se rompen cosas ni se mata gente. Otro sector está formado por los retardatarios, esos que no quieren que se haga nada, y entonces hacen todo lo posible para que esa revolución no se realice. Entre esos dos extremos perniciosos existe un enfoque de equilibrio y que conforma la acción de una política, que es el arte de hacer lo posible: no ir más allá ni quedarse más acá, pero hacer lo posible en beneficio de las masas, que son las que más merecen y por las que debemos trabajar todos los argentinos.”

La Argentina de hoy está lejos de estar en una situación revolucionaria o prerrevolucionaria. Es posible que ande por senderos más apagados, más equilibrados, con menos marquesinas, inclusive. Pero nadie en su buena fe puede negar que se trata de un proceso de cambios que “hace lo posible en beneficio de las masas” –hoy se dice sectores populares–. Los apresurados –enamorados de su vanguardismo– podrán decir que no alcanza; los retardatarios –sentados sobre sus privilegios– podrán bufar contra las medidas de cambio; e incluso puede haber algunos que en la búsqueda del equilibrio quieran profundizar por otros caminos, con otra intensidad, con mayor despliegue, con reformas estructurales. Se puede discutir cuál es la medida justa y armoniosa, pero nadie puede omitir la posibilidad de una nueva Argentina alumbrada por el Bicentenario.

Ante “lo nuevo” –que incluye, claro, las mejores tradiciones del pasado– se antepone “lo viejo”. ¿Pero qué es exactamente lo nuevo? Sencillo: lo nuevo es pensar la política como un instrumento para mejorar la vida de la gente y no como una herramienta exclusiva para favorecer a los grupos concentrados del país y a las filiales de empresas trasnacionales.

La inclusión de dos millones y medio de personas al sistema jubilatorio estatal, por ejemplo, es lo nuevo. Aun cuando muchos de los beneficiarios de esa medida –trabajadores de clase media, por ejemplo– reproduzcan el discurso de lo viejo, y a pesar de palpar el dinero en la mano, creen que su deber está en cuidar los intereses de la libertad de las empresas periodísticas o en garantizar la renta extraordinaria de los productores de soja.

Otro ejemplo de lo nuevo es la batería de medidas de seguridad que el gobierno acordó a través del Banco Central con las asociaciones bancarias. Por primera vez, a pesar de las dolorosas palabras de Carolina Píparo y su marido, que anunciaron su ida del país, la salida política no pasó por el histérico, ineficiente e inmoral discurso de la mano dura sino por el perfeccionamiento de las medidas de seguridad a costa de los bancos. Son ellos los que deberán ofrecer desde octubre cajas de ahorro gratuitas, reducir, desde noviembre, los costos de las transferencias y aumentar el uso de cheques cancelatorios para disminuir los movimientos de efectivo y evitar así las denominadas salideras. Pierden los bancos, gana el argentino de a pie.

Un proyecto interesante –que obviamente no ocupa la plana mayor de los diarios hegemónicos, excepto para darles voz a los patrones de la UIA y la AEA– es el del diputado Héctor Recalde, quien viene batallando ante el ninguneo de sus pares de la oposición, que no se sientan a tratar el tema de la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas. El proyecto es sencillo: frente a una rentabilidad que a veces supera el 50% por parte de las empresas –en Europa raramente alcanza el 10%–, Recalde quiere que el 10% de esa ganancia sea repartido entre los trabajadores. Pero además plantea la necesidad de que los beneficios de una empresa sean auditados por los trabajadores y el Estado. Claro, no es el control obrero, como querrían los “apresurados”, pero es demasiado para los legisladores “retardatarios”, que se niegan a tratar un tema que figura en el artículo 14 bis de la Constitución Nacional, cuando dice que el trabajador tiene asegurada la “participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección”. ¿Por qué, por ejemplo, Patricia Bullrich y Silvana Giudici –que tanto alardearon con la libertad de prensa como derecho constitucional– no se escandalizan porque no se cumple la institucionalidad en este caso? ¿Y Claudio Lozano y Fernando Pino Solanas? ¿Por qué se oponen? Una vez más, el Estado busca una mejoría para el argentino de a pie. Y se encuentra con retardatarios de todos los colores.

Otro caso de esta reconexión entre el gobierno y los intereses de los menos favorecidos es la reunión que mantuvieron en la Casa Rosada la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y unos 280 editores de diarios pequeños y medianos del interior del país para discutir la regulación del mercado de papel de diario. Tras una primera desconfianza, los empresarios de medios comprendieron y dieron su apoyo a la nueva ley que, como no puede ser de otra manera, la oposición hace dormir el sueño de los justos porque perjudica a Clarín y La Nación. Una vez más.

Lo interesante de este momento político es que pareciera que, mientras la oposición busca su lugar en el mundo, el gobierno nacional ha reconectado con las necesidades de la gente desde el sentido común, y ha logrado que el Estado intervenga en lo cotidiano imponiendo temas con beneficios concretos para los ciudadanos y obligando a la oposición a escaparse del recinto de la Cámara de Diputados, para citar un ejemplo.

Un párrafo aparte merece la grotesca elección de la CTA. No sólo porque votó menos del 15% –según datos parciales– del total de empadronados, sino porque las acusaciones cruzadas de fraude remiten al supuesto sindicalismo del que dicen diferenciarse. Mientras unos –el sector de Pablo Micheli– intentan encerrarse en una visión noventista de la sociedad, con un modelo de acción basado en la lucha y la confrontación contra el gobierno, como si se tratara de Carlos Menem o Fernando de la Rúa, e intentan convertirse en la pata social del Proyecto Sur, otros –el sector de Hugo Yasky– buscan ponerse a tono con los nuevos fenómenos políticos y sociales de esta nueva etapa política, iniciando un diálogo con sectores más amplios como la CGT y el sabbatellismo, por ejemplo.

Una sola cosa más: mientras en la CTA pelean por el recuento de votos y la personería gremial, la CGT discute cara a cara con el poder económico el reparto de las ganancias empresarias. Más allá de la chicana, debería llamar a la reflexión a los dirigentes gremiales de la central alternativa.

No fue vana la cita de Perón en esta nota. Su análisis significa una forma precisa de pensar y actuar la política. Sin dogmas revolucionarios ni reaccionarios y sin idealismos absurdos ni pragmatismos repulsivos. Es interesante la frase del líder del movimiento justicialista. Sugiere preguntas. Por ejemplo: ¿los apresurados y los retardatarios suelen mancomunarse contra los que intentan “hacer lo posible en beneficio de las masas”? Para el argentino de a pie –laburantes, estudiantes, jubilados, amas de casa–, ¿qué es preferible: los beneficios concretos, aun cuando sean medidos, insuficientes, que propone el gobierno, o las grandilocuencias imposibles en las que se refugia la oposición, ya sea desde la derecha retardataria o la supuesta izquierda apresurada?

*Periodista, escritor y politólogo.

Fuente: Tiempo Argentino, 26.09.10

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