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Posts Tagged ‘Maximiliano Kosteki’

El liberalismo y el conflicto social

Por Aritz Recalde 

Por indicación del Poder Ejecutivo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la Policía Metropolitana  reprimió violentamente a un grupo de personas que se oponían a la implementación de una obra en terrenos del Hospital Borda.

La actitud del gobierno porteño, reactualiza los postulados históricos que implementó la derecha liberal argentina. Cuando decimos “actitud” queremos resaltar dos cuestiones:

–       El ACCIONAR VIOLENTO y desmesurado de la Policía Metropolitana.

–       La JUSTIFICACIÓN DEL HECHO VIOLENTO que realizó el gobierno de la Ciudad.

La derecha y el conflicto social

Luego de producidos los hechos, Macri dio una conferencia de prensa y justificó la represión. Su discurso se orientó a persuadir a su electorado, de que la Policía Metropolitana cumplió el mandato de la mano dura que caracteriza a la derecha liberal. La policía actuó respetando el mandato de dicha ideología que:

  • Considera de manera negativa la intervención del Estado en las carteras sociales. En particular, se opone a aquellas instituciones cuya finalidad es mejorar las condiciones de los grupos sociales y culturales más débiles y desfavorecidos.
  • Entiende que el conflicto político es “antisocial” y pernicioso para el sistema de poder establecido.
  • Promueve la aplicación de la fuerza, sobre la potencial concertación y negociación democrática, para resolver los conflictos.
  • Organiza cuerpos institucionales conducentes a ejecutar excesos, violando códigos y leyes procesales.

La Ciudad de Buenos Aires está tranquila, se reprime “solamente” a los “grupos más débiles”

“Hombres que generosamente no quieren consentir que la lucha por la existencia acarree á algunas personas los males que son consecuencia lógica de su incapacidad y mala conducta, son bastante crueles para amargar más la vida de otras personas, infligiéndoles tanto á ellos como á otras familias males artificiales”. Herbert Spencer

La Policía Metropolitana reprimió en un hospital psiquiátrico del Estado, cuya característica fundamental es que se orienta a un grupo social sumamente frágil. En este contexto, se disparó brutalmente contra médicos y pacientes.

Este hecho, debería haber formado parte de una autocrítica en la conferencia de prensa que dio Macri. Por el contrario, ni se lo mencionó. Posiblemente, el Jefe de Gobierno comparta la opinión de Herbert Spencer de que no corresponde al Estado desarrollar políticas sociales sobre los grupos más débiles, ya que eso sería contrariar la “lucha por la existencia”.

Pareciera, que no hay que inquietar a su electorado de clase alta, con temas propios de los pobres que van al hospital público. Incluso, podemos suponer que Macri comparte la preocupación de Spencer que se oponía a la intervención del Estado, ya que ¿no es cruel aumentar el dolor de la mejor parte de la humanidad para ahorrar penas á la parte que menos auxilio merece?.

En definitiva, para el liberalismo los grupos vulnerables no tienen derechos ya que no pueden pagarlos. Tal es así, que el cierre de un taller de un hospital, el mal estado de su infraestructura o la brutal represión sobre su personal, no son cuestiones consideradas “prioritarias” para la dirigencia de la Ciudad de Buenos Aires. Lo más terrible, es que da la sensación de que el electorado de Macri, a quién le dirigió la conferencia de prensa, tampoco se desvela por el asunto.

La Ciudad sin conflictos es PRO

“La pobreza de los incapaces, la angustia de los imprudentes, la miseria de los holgazanes, ese soterramiento de los débiles por los fuertes obedece á los decretos de una benevolencia inmensa y previsora”. Herbert Spencer

Pese a los reclamos de los miembros del hospital Borda, de la comunidad y de la dirigencia política y sindical, el gobierno respondió con una inusitada violencia. Frente a un reclamo por más parcial que sea, la derecha reacciona buscando suprimir cualquier iniciativa de cambio. Para “resolver” un problema, la derecha directamente lo intenta suprimir violentamente.

A lo largo de la historia, estas corrientes políticas promovieron la conformación de instituciones policiales que operaron fuera de la ley. No es la primera oportunidad en la cual las fuerzas de seguridad reprimen violentamente a la sociedad civil. Solamente por citar algunas situaciones, se debe recordar la tarea del coronel Ramón Falcón que reprimió manifestaciones y asesinó a dirigentes políticos anarquistas. Otra situación, fue la del Jefe de Policía relevado Antonio Navarro, que durante la tercera presidencia de Perón, se movilizó y derribó al gobernador de Córdoba Ricardo Obregón Cano.  Más recientemente, se debería recordar que Alfredo Fanchiotti asesinó a Maximiliano Kosteki y a Darío Santillán, a plena luz del día.

La Policía Metropolitana reitera un comportamiento típico del liberalismo argentino, que intenta suprimir los conflictos surgidos en el seno de la democracia, por intermedio del accionar de la represión y de la violencia.

06.05.13

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Después del 9 de julio

Sin épica no hay patria ni proyecto nacional

La dinámica de los acontecimientos convierte en fundacionales hechos que no lo parecen.

 
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Por Demetrio Iramain

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Los feriados sirven la ocasión para un edificante acto cívico: reflexionar sobre el acontecer del país y el mundo circundante. Tanto más si esa fecha marcada con rojo en el calendario alude al día en que, casi dos siglos atrás, la Argentina alcanzó su independencia formal. De pensar la patria y no únicamente vivirla, se trata. O mejor dicho: pensarla detenida y apasionadamente para vivirla en mayor plenitud. No estamos invocando un ejercicio solemne y superficial, sino vital para un tiempo que es de transición. Todos los tiempos históricos lo son, y este nuestro, entre los fuegos de lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que está alumbrando, aun más.

Desde luego, ese acto de reflexionar sobre la realidad dada y replantearse el mejor modo de seguir interviniendo en ella es todo lo contrario a un trance íntimo, individual, de contrición interna. El desafío es salir a la calle, hallar entre la informe multitud del neoliberalismo los puntos en común, y dar otro paso más en camino de aquel reto planteado en Vélez: unirnos y organizarnos.

Después de mucho tiempo (tanto que para millones de jóvenes es su primera vez en la vida), los argentinos asistimos a la construcción en serio de un país ciertamente distinto al que tuvimos hasta aquí. No es poco. Aquellos patriotas que se animaron a liberarse seguramente no preveían que otros patriotas casi 200 años después atravesarían una situación similar.

Hay quien se queja porque la presidenta Cristina Fernández insiste en situar en blanco sobre negro el actual presente del país, comparándolo con el de nueve años atrás, cuando su esposo asumió el primer mandato del ciclo que ya lleva tres presidencias en continuado. La comparación es, no obstante, atinada. Y a veces, corta. La dinámica de los acontecimientos convierte en fundacionales hechos que no lo parecen. La mirada en perspectiva los resignifica aun más.

Un año antes de que Néstor Kirchner visitara Tucumán y celebrara su primer 9 de Julio como presidente, lo había hecho el ex senador a cargo del Ejecutivo, Eduardo Duhalde. En su único discurso por el Día de la Independencia, el del año 2002, el bonaerense había expresado que “la Argentina está en peligro y al borde de un derrumbe épico jamás conocido”.

El país del que hablaba Duhalde era el del asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, perpetrado por las fuerzas de seguridad conjuntas del Estado 13 días antes. No hay épica posible en la muerte planificada. Menos aún en el crimen por la espalda de un joven militante, que no huye de la cacería policial porque prefiere asistir a su compañero herido de muerte, mientras este yace, inerme, en un andén ferroviario.

La matanza del Puente Pueyrredón dejó desnudo al duhaldismo. La solidaridad en carne viva pudo más que el odio en directo. Similares gestos de humanidad y comprensión, incluso menos dramáticos que dar la vida, son hoy reclamados a voz en cuello por la presidenta.

Aquel acontecimiento despiadado de nuestra democracia, quizás el más bajo y cobarde al que haya descendido desde 1983, nunca fue debidamente castigado. Aunque la justicia no haya investigado las responsabilidades políticas, Duhalde está severamente sospechado de culpabilidad, sino con órdenes precisas, cuanto menos por su política de estigmatización a los luchadores sociales y al segmento de la clase trabajadora (sin empleo ni posibilidad alguna de supervivencia digna) que esos militantes representaban, a quienes aquel gobierno interino no buscaba incluir social, cultural ni políticamente, sino, apenas, contener. Domar. Sujetar con sus cadenas de clientelismo y, si resultaban insuficientes, con la lisa y llana represión.

No son pocos los que anhelan construir un escenario análogo en la Argentina de hoy. Sólo con desbordes de todo tipo (en las rutas, en las puertas de las refinerías que proveen combustible, en las comisarías ocupadas por vecinos indignados ante un hecho de violencia delictual) y aun más desbordadas respuestas estatales, será viable intentar de nuevo volver a aquellas apatía política, falta de épica y posibilidad alguna de cambio social, típicamente noventistas, y que el duhaldismo expresó tardíamente.

LA ÉPICA. Construir un proyecto político de desarrollo nacional inclusivo, que enfrente a gruesos intereses particulares, demanda una “épica”. Esa épica lo define y lo expresa. Esa virtud moral del modelo nacional y popular, de la que se burlan algunos, es un mérito distintivo del ciclo abierto en 2003. No es un condimento sobreactuado del “relato”, como le rebajan otros, sino un logro social de nuestra cultura democrática.
La Nación se confunde cuando titula que “por la crisis, Cristina llama a la unidad nacional”. Es al revés. La necesidad de unirnos y organizarnos no es un gesto defensivo, ni un síntoma de debilidad, sino la condición para continuar a la ofensiva y seguir yendo “por todo”. Esa lectura interesada no es un error de forma, sino de concepto. Quieren mostrarla deliberadamente frágil y aislada a la presidenta, para enfrentarla con mejores posibilidades de triunfo. Y ahí sí se equivocan.

Poder invocar fundadamente a la unidad nacional, y arribar a altas marcas en su conquista (el acompañamiento social y político a la recuperación de YPF, al reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas, a la estatización de los fondos de jubilación, a la institucionalización de derechos civiles para minorías sexuales), son signos de fortaleza del ciclo kirchnerista, que ninguna crisis internacional por enérgica que fuera podrá relativizar con facilidad.

Aunque parezca una vulgar puja de poder, lo que está ocurriendo al interior de la CGT es parte de esa inexorable superación histórica, también propia de un tiempo de transición. En un mundo dado vuelta, como dijo Cristina en Tucumán, los hasta ayer aliados estratégicos son superados por los propios acontecimientos. Colisionan contra el alto muro de sus límites ideológicos, traicionando lo que juramentaron ante cientos de miles de trabajadores en la Avenida 9 de Julio, hace poco más de un año.

A algunos sólo parece preocuparles la retórica de la profundización. Las palabras que la enuncien. Pero su concepto es otra cosa. En este momento incierto del mundo y de gran expectativa para la regional Argentina, profundizar es cuidar el trabajo, sostener el consumo, enfrentar en conjunto la crisis global, mejorando la integración continental. Privilegiar lo general por sobre lo particular, y siempre ser solidarios, comprensivos con el otro, especialmente cuanto más abajo se encuentre en la perversa pirámide social que el capitalismo fraguó en estas tierras. Esa y no otra es la condición más natural de los pueblos, su manera de ser en la historia, que el liberalismo que tuvimos que padecer (desde el Rodrigazo de 1975, pasando por el golpe genocida y la grosera década del ’90) quiso desterrar para siempre, con resultado nunca del todo favorable, finalmente esquivo. También hoy.

 Fuente: Tiempo Argentino, 12.07.12

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